La cena había sido perfecta, una mesa para dos instalada frente al mar, velas, la brisa cálida de la noche y el sonido de las olas rompiendo suavemente contra la orilla.
Aurora acababa de terminar un risotto de mariscos mientras yo observaba cómo sus ojos brillaban bajo la luz de las velas.
—Tengo que admitirlo —dijo sonriendo—. El chef se lució.
—Le advertí que estaba cocinando para la mujer más exigente del mundo.
—¡Yo no soy exigente!
—Aurora, rechazaste tres sabores de gelato esta tarde.
—Porque tenía que elegir el correcto.
Solté una carcajada.
—Por supuesto.
Ella tomó una copa de vino.
—Aunque debo admitir que esta cita está siendo perfecta.
—¿Solo perfecta?
—Muy perfecta.
—Eso está mejor.
Aurora sonrió y estiró la mano sobre la mesa para entrelazar sus dedos con los míos.
—Gracias, amor.
—Siempre.
La observé durante unos segundos y una vez más sentí lo mismo que sentía cada vez que la miraba. La sensación de que seguía sin entender cómo había tenido tanta suerte.
Porque la vida me había dado muchas cosas.
Pero ninguna se comparaba con ella.
Cuando terminamos de cenar me puse de pie
—Ven conmigo.
—¿A dónde vamos?
—Confía en mí.
—Esa frase siempre termina costándome algo.
—Esta vez no.
Ella tomó mi mano y comenzamos a caminar por la playa, la luna iluminaba el océano.
El agua parecía plata líquida bajo la noche.
Aurora se quitó las sandalias y enterró los pies en la arena.
—Esto es hermoso.
—Todavía no has visto nada.
Seguimos avanzando y entonces apareció ante nosotros. Un sendero de antorchas iluminaba la playa. Decenas de pequeñas llamas danzaban con el viento formando un círculo frente al mar. Aurora se quedó inmóvil.
—Alessandro...
—¿Te gusta?
—Es precioso.
La tomé de la cintura.
—Baila conmigo.
—¿Aquí?
—Aquí.
—No hay música.
Sonreí.
—Escucha.
Ella guardó silencio.
Las olas.
El viento.
La noche.
Aurora sonrió.
—Tienes razón.
Apoyó una mano sobre mi hombro mientras comenzábamos a movernos lentamente sobre la arena. Durante varios minutos no dijimos nada, simplemente bailamos.
Ella apoyó la cabeza sobre mi pecho y yo cerré los ojos para grabar aquel momento en mi memoria. Porque sabía que lo recordaría toda mi vida.
Finalmente me detuve.
Aurora levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
Respiré profundamente, por primera vez en muchos años estaba nervioso, realmente nervioso.
—Hay algo que quiero decirte.
Ella sonrió.
—Te escucho.
Tomé ambas de sus manos.
—Antes de conocerte creía que tenía una vida perfecta.
Aurora frunció ligeramente el ceño.
—¿Sí?
—Tenía dinero. Poder. Prestigio.
Bajé la mirada unos segundos.
—Y también era un idiota.
Ella soltó una pequeña risa.
—Alessandro...
—No, déjame terminar.
Sus ojos se suavizaron.
—Está bien.
Respiré profundamente.
—Era superficial, creía que podía juzgar a las personas por lo que veía. Pensaba que la belleza era suficiente.
Aurora guardó silencio.
—Y entonces ocurrió el accidente.
La brisa movió suavemente su cabello rojo.
—Perdí la vista.
Por un momento observé el océano.
Recordando.
—Recuerdo que pensé que era lo peor que me había pasado en la vida.
La miré nuevamente.
—Y estaba equivocado.
Aurora tragó saliva.
—Porque fue lo mejor que me pudo pasar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque gracias a ese accidente te conocí.
Su respiración se quebró.
—Si no hubiera ocurrido, probablemente jamás me habría detenido a conocerte de verdad.
Acaricié suavemente su mejilla.
—Nunca habría descubierto tu corazón.
Otra lágrima descendió por su rostro.
—Nunca habría conocido a la mujer más bondadosa, divertida y maravillosa que existe.
Aurora negó con la cabeza.
—No digas eso...
—Es la verdad.
Tomé aire.
—Tú me enseñaste a ver cuando estaba ciego.
Ella comenzó a llorar y yo sentí un nudo en la garganta.
—Me enseñaste que la belleza más importante no es la que observamos con los ojos.
Mi voz se quebró ligeramente.
—Está aquí.
Apoyé una mano sobre mi pecho.
—Y aquí.
Después la apoyé sobre el suyo.
Aurora ya no intentaba contener las lágrimas.
—Te amo tanto...
—Y yo te amo más de lo que pensé que era posible amar a alguien.
Entonces me arrodillé sobre la arena.
Sus manos cubrieron inmediatamente su boca.
—Oh, Dios mío...
Saqué la pequeña caja que llevaba guardada durante toda la noche.
La abrí.
El anillo brilló bajo la luz de las antorchas.
Pero ni siquiera se acercaba al brillo de sus ojos.
—Aurora.
Ella comenzó a llorar aún más.
—Eres mi mejor amiga.
Mi hogar.
Mi paz.
Mi felicidad.
—Alessandro...
—Eres la madre de nuestro hijo.
La mujer que me enseñó a amar.
La mujer que me convirtió en un mejor hombre.
Tomé aire.
—Y quiero pasar el resto de mi vida demostrando cuánto te amo.
Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
—Aurora...
Sonreí.
—¿Quieres casarte conmigo?
Aurora soltó una risa entre lágrimas.
La misma risa que siempre lograba hacerme feliz.
—Sí.
Mi corazón se detuvo.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Sí?
—¡Sí, Alessandro!
Me puse de pie de inmediato.
Ella prácticamente se lanzó a mis brazos.
La besé y luego volví a besarla y otra vez.
Mientras reíamos entre lágrimas.
—Te amo.
—Te amo.
—Te amo más.
—Eso es imposible.
—No para mí.
Aurora apoyó su frente contra la mía.
—Gracias por encontrarme.
Sonreí.
—Gracias por enseñarme a ver.
Y bajo la luz de la luna, rodeados por el mar y las antorchas, comprendí que todos los caminos de mi vida, incluso los más dolorosos, habían conducido exactamente al lugar donde debía estar.
A ella.
Siempre a ella.