Amor Ciego

Introducción

En cuanto dejó su equipaje en la habitación que su tía Adelaida le había asignado, el muchacho se puso el bañador, tomó su tabla de surf y salió de la casa para apresurarse colina abajo, ansioso de llegar a la playa.

Escuchó la voz de su tío Manolo, hermano de su madre, pero no se detuvo.

—¡Oye, Adiel! ¿A dónde vas? ¡Acabas de llegar! ¿Ya acomodaste tus cosas?

Adiel, de unos once años, ni siquiera se volvió, pero sonrió feliz cuando oyó a su tía, quien le gritó:

—¡Está bien, Adiel, ve a surfear! ¡Pero no llegues tarde a la cena!

—Ese niño hace lo que quiere, Adelaida —refunfuñó Manolo, pero su sobrino, al que quería como a un hijo, ya no lo escuchó porque se había alejado de ellos—. Eso sucede porque sus padres no tienen tiempo para él.

—Adiel es un buen chico, Manolo y en cuanto a que sus padres no quieran pasar tiempo con él, sabes que están muy ocupados. Deja que nuestro muchacho disfrute sus vacaciones. Serán sus últimas en Costamarfil. Estás consciente de eso, ¿verdad?

Manolo Quivera frunció el ceño.

—Sí, Adelaida, seguro mi cuñado hará eso para protegerlo.

—Podríamos salir adelante si aceptas la ayuda que tu hermana te ofreció.

—¡Dije que no! Prefiero morir en la pobreza que aceptar algo del esposo de mi hermana.

—Manolo, ella es quien te va a ayudar, no él. ¿No me dijiste que te ofreció su dinero? Con eso podríamos quedarnos con la casa.

—Adelaida, no quiero nada de ninguno de los dos y tú tampoco. Sabes cuánto me detesta mi cuñado, ¿verdad? No pienso causarle problemas a mi hermana con ese sujeto.

—Está bien, Manolo. Respeto tu decisión y no volveré a tocar el tema. Ahora, mejor es que pongamos buena cara para que Adiel no nos vea preocupados.

Entre tanto, ajeno a la conversación de sus tíos, el chico llegó a la playa, se introdujo un poco en el agua y esperó paciente el oleaje perfecto. Cuando la ola llegó, se remontó sobre ésta demostrando que sus reflejos y equilibrio en la tabla eran muy buenos.

El dominio del deporte, sin llegar a ser profesional, se manifestó por todas las veces que Adiel se dejó llevar por las olas, permaneciendo todo el tiempo posible sobre la tabla y cuando se caía, su pericia en la natación lo sacaba de los apuros al ser azotado en el fondo por el impetuoso mar.

Así pasó el tiempo. Cuando decidió dejarlo por esa tarde, se tumbó de espaldas sobre la arena para descansar, pero poco después se sentó al notar la presencia de una niña que lo miraba a pocos pasos. Entrecerró la mirada al observarla. La brisa movía su larga y espesa melena que tenía un color castaño claro.

Adiel pensó de pronto que, si ella fuera un león, así se vería en persona por su cabello y el color de sus ojos, uno miel, tan claro, que casi daba un tono amarillo.

—¿No te da miedo? —le preguntó la niña, acercándose.

—¿Qué cosa?

—El mar.

—No, ¿por qué debería tenerle miedo?

—Porque tiene mucha agua. Es horrible y cuando se enoja, hunde los barcos y ahoga gente, además, en lo profundo está oscuro y hay monstruos.

Adiel sonrió con gracia.

—¡Qué cosas dices! El mar es muy divertido. ¿Quieres subirte conmigo a la tabla para que veas que sí?

—¡No!

En seguida, la niña se retiró y Adiel la miró con curiosidad. Se levantó, tomó su tabla y dijo:

—Así que también los leones le tienen miedo al agua, como los gatos.

—¿Qué?

El niño la señaló con el dedo al continuar:

—Tú, pareces un león con ese greñero y esos ojos.

Ella se ruborizó y estuvo a punto de llorar porque se sintió agredida. Se atragantó al corregirlo:

—Pero soy una niña, no un niño, así que sería una leona y las leonas no tienen melena. ¡Pelón torpe!

—¡Nita!

Los niños se volvieron para ver a la mujer que se había acercado a ellos sin que se dieran cuenta.

—¿Por qué llamas pelón torpe al muchacho, Nita? Discúlpate con él.

—Mamá, él empezó, me dijo que…

—Está bien —interrumpió Adiel poniéndose serio y haciendo una reverencia tanto a la mamá, como a la niña, añadió—: Fui yo el que dijo algo que no debía, Nita... ¿puedo llamarte así?

La niña asintió y él continuó:

—Siento mucho si dije algo que te ofendió.

—Ahora tú, Nita —pidió la mujer.

—Sí, mamá —La niña hizo también una ligera reverencia ante Adiel al decirle—: Yo no debí llamarte pelón torpe, lo siento. Puedes llamarme Nita, si quieres.

El niño se limitó a sonreír.

—Vamos, Nita, tu padre nos espera.

Sin darle la oportunidad de preguntarle a él su nombre, la madre tomó a la niña de la mano y ambas se alejaron de Adiel, quien permaneció en su lugar hasta que ellas desaparecieron de su vista al entrar al área de los bungalows de renta. Así se dio cuenta que ellas se hospedaban en uno de éstos.




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