Amor Ciego

Capítulo 1

Personajes, lugares y vivencias

son imaginación de la autora.

Cualquier semejanza con la

vida real es coincidencia, también se

le pide al lector discreción

y respeto para cualquier creencia.

Por medio de un solo hombre

la muerte entró en el mundo.

Romanos 5:12

1

«No te vayas, Sergio, quédate con nosotros a jugar».

«Sí, ¡quédate! ¡Ya casi no te vemos!».

«Papi se fue y mami se va. ¡Tú no te vayas!».

Así era la despedida de sus dos hermanos todos los días, a lo que él solía responder:

«Vendré antes que mamá».

Sergio Alanís dibujó una sonrisa al pensar en Nat y Ander. Aunque también le dolía dejarlos, era por su familia que debía hacerlo. Apagó la sonrisa e inspeccionó con ojos vivaces a su alrededor para buscar al próximo cliente.

Era triste reconocerlo, pero en esa jornada no le había ido bien. Las propinas que recibió por cargar las compras de las señoras eran tan pocas, que apenas reunía quince pesos. Cuando bien le iba, lograba juntar entre cuarenta y cincuenta.

La hora para volver a su casa había llegado.

Como asistía a la escuela primaria en el turno de la tarde, no podía quedarse más tiempo porque no debía faltar a clases. Si su madre no insistiera mucho en mandarlo a la escuela, él bien podía dedicar toda la tarde para trabajar en otra cosa.

Quería ayudarla más con los gastos que ella tenía. A sus diez años se daba cuenta de todo lo que su madre trabajaba para sacarlos adelante a él, a sus dos hermanos y a la tía Paloma que vivía con ellos.

De los tres hermanos, él era el mayor. Natanael tenía siete y Ander cinco. Ante las necesidades que tenían, su madre se vio obligada a trabajar como sirvienta con una de esas familias ricas y desde que se consiguiera ese trabajo, era muy poco lo que la veían.

En una ocasión, su tía Paloma le dijo que los jefes de su mamá la habían esclavizado por un miserable sueldo que a duras penas le alcanzaba. El tema surgió al ayudarle a hacer una tarea de la escuela acerca de la esclavitud.

Y su tía, finalizando el tema, dijo:

«Según, ahora somos libres, Sergio, pero los pobres seguimos siendo esclavos de los ricos».

Pero en otra ocasión, cuando él se atrevió a cuestionar a su madre por abandonarlos casi todo el día durante seis días de la semana, ella le respondió con una dolorosa verdad que lo hizo estar consciente de que mientras su padre estuvo con ellos, su vida fue muy feliz.

«Sergio, si no trabajo no tendremos techo, ropa, gas, luz, agua, cuidados médicos ni comida, y la escuela tampoco es del todo gratis».

Mientras pensaba en su familia, miró a una señora salir del mercado cargando dos bolsas con mercancía y se apresuró para ayudarle, pero la señora lo rechazó con sequedad:

—No, niño, ya tengo quien me ayude.

Cerca de ellos, Sergio vio detenerse un vehículo y de este bajó un hombre que acudió a ayudar a la mujer, pero antes de tomar las bolsas de las manos de ella, el tipo sacó de uno de sus bolsillos del pantalón una moneda de cincuenta centavos y se la arrojó encima al momento de decirle:

—Ahí tienes para que te compres un chicle.

La moneda golpeó el pecho de Sergio, quien avergonzado, retrocedió unos pasos de la pareja. No pudo evitar sentirse indignado por la forma en la que lo trató el sujeto, porque él no era un limosnero. Sabía la diferencia que había entre la persona que trabajaba para ganarse el sustento y la que sólo se dedicaba a la vagancia, viviendo de lo que podía sacar de otros sin trabajar.

Su padre lo había aleccionado en cuanto al tema con su propio ejemplo, pues él nunca rechazó los trabajos extras de albañilería que le salían algunos sábados por la tarde e incluso los domingos que se suponía era su descanso.

El niño miró un instante la moneda y decidió recogerla.

—Gracias, señor —dijo en tono solemne—, pero con esto no ajusto un chicle.

Y sin esperar la réplica del hombre, el chico se echó a correr para alejarse del lugar.

Al salir del área donde trabajaba, se detuvo.

Tocó el bolsillo que contenía lo que había ganado.

Quince pesos con cincuenta centavos.

Era poco.

Suspiró pensando que el día siguiente traería más oportunidades.

Lo único que en ese instante debía importarle era llegar a tiempo a su casa, pues se le hacía tarde para ir a la escuela, así que mejor era apresurarse. El barrio donde vivía no estaba a la vuelta de la esquina, sino a varias calles de distancia.

De hecho, una de esas calles era una gran avenida que podía ser peligrosa por no tener un puente peatonal, pero él aprovechaba bien el semáforo. Esos artefactos eran de mucha ayuda a la hora de cruzar el bulevar, así que con la práctica cobró confianza y el tráfico no era una dificultad para él. La confianza que fue adquiriendo en su recorrido hasta su hogar, le concedió una ingrata despreocupación.




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