Amor Ciego

Capítulo 2

Paloma Trujillo salió de nuevo por la puerta de la casa y miró a lo largo de la calle, en la dirección en la que su sobrino solía volver, pero ni rastro del niño. Frunció el ceño, nerviosa.

Entró, anduvo de un lado a otro por la estancia y luego se detuvo al mirar el reloj que colgaba de una pared a la que le hacía falta una mano de pintura.

Las tres de la tarde.

Se suponía que a las dos era la entrada a la escuela. ¿Dónde se había metido ese niño? Era la primera vez que se retrasaba de esa manera. Cuando Mariana se enterara que no fue a la escuela, seguro los castigaría a los dos.

La joven, de unos quince años, se dirigió a la cocina para levantar los platos de la pequeña mesa donde comieron sus otros dos sobrinos. Los lavó en el fregador y los dejó en la canasta plástica para que se escurrieran. Limpió la mesa y la estufa, barrió el piso de cemento pulido y mientras hacía todo eso, el mayor de sus sobrinos siguió sin aparecer.

Sintiendo una desconocida ansiedad, Paloma entró al cuarto situado a un lado de la cocina. Ahí, frente a un pequeño y viejo televisor en blanco y negro, Natanael y Ander miraban caricaturas, sentados uno al lado del otro en la cama.

—Niños —les dijo—, voy a salir un momento, así que quiero que se porten bien mientras no estoy, ¿de acuerdo?

—¿Vas a buscar a Sergio? —preguntó Natanael sin retirar su vista de la pantalla.

—Sí, pero no le digan a su mamá que salí. Si ella se entera de que los dejé solos, se molestará mucho conmigo. ¿Verdad que no le dirán nada?

—Sólo si nos traes un dulce de la tienda —anunció Ander, desatendiendo la pantalla para mirar a su tía—, si no, le diremos a mami, ¿verdad, Nat?

Paloma miró al niño, asombrada, luego, gesticulando su desagrado, puso las manos en la cintura y preguntó:

—¿Me están chantajeando?

—¡No! —gritó Ander en tono preocupado—. ¿Qué es eso?

Paloma levantó una ceja sin poder evitar la sonrisa que modificó su semblante. En tono divertido, intentó explicar a su sobrino el significado de sus palabras.

—Se dice que hay chantaje cuando amenazas a alguien con algo para que te de cosas que quieres.

—¿Y eso es malo? —Abrió grande los ojos el pequeño.

—Muy, pero muy malo —asintió con energía la joven.

—¡Yo no quiero ser un chantaje! —exclamó Ander.

—Qué bueno y no se dice así, se dice: yo no quiero ser un chantajista. Además, los bribones sin escrúpulos son los que chantajean a la gente.

—¿Entonces tú eres una bribona sin escrúpulos?

A Paloma casi se le desencajó la quijada al mirar a Nat, quien había desviado su vista de la televisión para enfocarla en ella en el momento en que le hizo la pregunta. De nuevo, el desagrado tiñó la expresión de la chica y este se reflejó en su mirada.

—¿Por qué me preguntas eso?

Natanael se encogió de hombros y dijo con seriedad:

—Tú le pides dinero a Sergio para no decirle a mami que él se escapa al mercado.

—¿Tú cómo sabes eso?

Paloma sintió que sus mejillas ardían por el bochorno. No era grato ser descubierta así, y menos después de haber dado una plática de honradez.

—Yo te he escuchado cuando le dices a Sergio que…

—¡Ya, cállate! —La joven miró al niño con severidad—. Estoy perdiendo el tiempo y debo ir a buscar a Sergio. Los dos tenemos que estar aquí antes de que su mamá regrese.

—¿Pero vas a traernos un dulce? —insistió Ander.

Paloma suspiró, derrotada.

—Está bien, pero pórtense bien, ¿sí?

Los dos chiquillos no pudieron refrenar su júbilo y poniéndose de pie sobre la cama, brincaron dando gritos de alegría.

—¡Dejen de saltar o no les traigo nada! —ordenó ella, fastidiada—. Se pueden caer y lastimarse.

Obedientes, los niños dejaron sus saltos y se sentaron. Sus miradas fueron capturadas otra vez por el televisor. Cuando Paloma salió del cuarto, Ander preguntó, intrigado:

—Nat, ¿tú sabes que son los escrúpulos?

Nat siguió viendo la pantalla, así que Ander esperó paciente la respuesta, pero como no la obtuvo, se bajó de la cama y fue a plantarse frente a su hermano, tapando su visión del aparato.

—¿Qué son los escrúpulos, Nat? —volvió a preguntar.

Nat miró a su hermanito con compasión y muy seguro, respondió:

—Cualquiera sabe lo que son.

Y con eso dio por contestada la pregunta, así que movió a su hermano a un lado para volver a mirar las caricaturas, pero Ander, no contento con la respuesta, volvió a interponerse entre la pantalla y Nat.

—¿Pues qué son?

—¡Ya, Ander! ¡Quítate!

—¿Tú tampoco lo sabes, verdad?

—¡Claro que sí, soy mayor que tú y lo sé todo!

—No, no sabes.

Nat tomó una almohada y con esta le pegó a Ander, quien también tomó otra y le regresó el golpe. Pronto, el cuarto se convirtió en un campo de batalla a almohadazos. La televisión perdió el interés y los niños, entre risas y gritos, retozaron en la cama y jugaron con la almohadas muy felices de la vida, descansando cuando se cansaban, mirando la televisión un rato y volviendo después a la batalla con la almohadas.




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