Mariana entró a la casa y no pudo reprimir un suspiro de alivio al descubrir que Paloma ya había regresado. La muchacha estaba sentada en el sofá mediano, en medio de la penumbra. No había encendido la luz, así que su rostro no era perceptible, pero supo que su hermana lloraba cuando con voz temblorosa, le informó al colocarse frente a ella:
—Mariana, lo siento mucho. No cuidé bien a Sergio y hoy no volvió a casa. Salí a buscarlo, pero no lo encontré.
Mariana derramó las lágrimas. Acostumbrada ya a la tenue luz que entraba por la ventana desde la calle, miró a la joven y tomando su rostro en sus manos, la besó en la frente antes de susurrarle en tono quebrado, así, sin más, sin deseos de ocultárselo.
—Sergio está muerto, Paloma. Lo arroyó un auto.
—¿Qué?
Paloma se levantó, rechazó el abrazo que su hermana le quiso dar y abrazándose a sí misma, sintiendo que no podía con la culpa, caminó inquieta de un lado para otro, aquejada por la cruel noticia. Deseó que las palabras de Mariana fueran una mentira, pero al sentir el profundo dolor de su hermana, lloró desgarradoramente, atragantándose con sus propios sollozos. Cuando Mariana intentó abrazarla de nuevo, retrocedió, se dio la vuelta y se apresuró a la salida.
Afuera, la joven corrió por las calles sintiendo que no merecía el perdón de su hermana.
Por su culpa, su hijo estaba muerto. Ya sabía la razón del porqué no lo había encontrado. Al no hallarlo, estuvo vagando por las calles, sin atreverse a regresar sin su sobrino y tampoco pudo responder las llamadas de Mariana, porque, ¿qué podía decirle? ¿Cómo informarle que no cuidó bien de sus hijos? Mariana confió en ella y le había fallado. Su juventud no era pretexto para no tener responsabilidad.
Paloma sabía que Mariana tenía catorce años cuando su madre murió al nacer ella, así que su hermana era un año menor que ella en ese momento, pero no dudó en ocupar el lugar de su madre para cuidarla y no la abandonó cuando la hermana mayor se casó a los diecisiete años con Sergio I Alanís a pesar de que el hombre era mayor que ella como ocho años.
Sergio Alanís era hijo de una difunta amiga de la familia Trujillo y como Mariana era menor cuando se casó con él, su padre tuvo que dar su consentimiento para que el matrimonio pudiera realizarse. Esa fue la mejor manera de deshacerse de las hijas para vivir la vida como mejor se le acomodaba, porque la realidad era de que un año después de quedar viudo, su padre conoció a otra mujer y se casó de nuevo.
La esposa de su padre las despreciaba, pero Paloma no siempre lo supo, sino que se dio cuenta a medida que crecía y visitaba a su padre. La actitud de la mujer para con ella y Mariana era muy mala.
Descubrió que a la mujer no le gustaba que sus hijas fueran a verlo y por eso lo alejó de ellas. Con el tiempo lo convenció de mudarse a vivir al extranjero, así que hacía unos siete años que no veía a su padre, pero cuando él se fue, no lo extrañó mucho.
Su cuñado había llenado el vacío que su padre dejó y jamás la hizo menos. Sucedió también que, por ese entonces dejaron la provincia y se mudaron a la capital del país. Atrás dejaron recuerdos desagradables. Desde el inicio del matrimonio Alanís, fue como la hija mayor y su cuñado, quien tomó el papel de padre, le enseñó muchas cosas buenas, la instruyó con paciencia, cariño y respeto.
Con frecuencia, su cuñado le recitaba su lema:
«Nunca olvides, Paloma, que carecer de una posición encumbrada en la sociedad, no es motivo y mucho menos una disculpa, para no tener conocimiento de todo cuanto se pueda conocer y desde luego, el mejor aprendizaje comienza desde la casa».
Fiel a su creencia, Sergio Alanís ponía el ejemplo dedicándoles tiempo para estudiar diversos temas con ella y sus hijos porque pensaba que la escuela no era suficiente. Pero lo mejor de su enseñanza era que no existía un tema tabú. El matrimonio Alanís trataba de responder las preguntas difíciles que los niños les hacían, de la mejor manera.
Sergio y Mariana jamás le fallaron, pero ella sí les falló a los dos… no, no sólo a ellos, sino a toda la familia. Si su cuñado pudiera verla, seguro que estaría muy decepcionado de ella. ¡Fue tan irresponsable!
Atormentada por el remordimiento, Paloma corrió sin rumbo, como si así pudiera desprenderse de la espantosa sensación que tenía de haber hecho algo horrible, pero fue en vano. Sus lágrimas rociaron las polvorientas banquetas. Tropezó y cayó de bruces lacerándose las rodillas y brazos. Fue doloroso el aterrizaje. Se sentó, encogió las piernas y las abrazó.
Al estremecerse, notó que la noche había enfriado. Sabía que debía ser valiente y regresar a casa, pues a pesar de que no merecía tampoco volver a ver a su hermana y sobrinos, no tenía a dónde más ir.
—Sergio —susurró, atragantada por el llanto—. Tú no puedes estar muerto. Sergio, regresa.
En la quietud de la noche, unas voces se escucharon no muy lejos de ella, así que levantó el rostro para mirar a su alrededor. Se dio cuenta que estaba en un callejón sin salida, con poca luz, atestado de basura a pesar de que había un enorme contenedor para mantener limpia la calle. Cerca del basurero estaba un viejo auto, arrimado a la pared por el lado del copiloto. Sin querer, había dejado la zona segura del barrio para entrar a la más peligrosa. Reconoció el lugar de inmediato.
Editado: 19.08.2026