Amor Ciego

Capítulo 5

Joel miró a Luis con impaciencia cuando este volvió a regocijarse por su libertad.

Lo cierto era que a él no le agradaba haber sido liberado y si le hubieran dado a escoger, se habría quedado para siempre en prisión. Odió ese momento en el que puso los pies fuera de la celda, obligado por Luis y la guardia de la prisión, a salir de ahí.

¿Qué clase de justicia era la del hombre que lo dejaba libre después de haber asesinado a ese niño? La amargura hizo que le ardiera el estómago al recordar lo que Luis le había explicado de las leyes. Las maldijo de nuevo mientras los dos se dirigían al estacionamiento del edificio de la policía.

—No puedo imaginarme el teatro que sería todo esto si tu padre no hubiera actuado rápido, Joel. En este instante la prensa estaría sobre ti.

Saber que su delito no sería dado a conocer, también le supo mal a Joel. ¿Quién era para salir impune del mal que había hecho? Apretó las manos en un puño.

—¡No es justo, Luis! ¡Quiero volver a la celda!

—¡No digas tonterías! —Miró a su amigo con dureza—. Deja ya de ser tan infantil. ¡Te desconozco!

El dolor que la culpa le producía, se reflejó en la mirada de Joel cuando enfrentó la de Luis.

—Un infante inocente era él y yo le quité la vida. ¿Cómo puedo expiar mi culpa si la justicia del hombre no me ayuda?

Luis no pudo soportar su mirada, de modo que, desviando la suya, dijo:

—No sé cómo convencerte de que tú no tienes la culpa de…

—¡Ya, Luis, no digas más! Involuntario o no, soy culpable.

Con eso, el dolido hombre apresuró el paso y sólo se detuvo al llegar al auto. Luis quitó los seguros de las puertas con el control remoto. Joel se sentó en el asiento del copiloto y unos segundos después, Luis ocupó el del volante. En silencio salieron del lugar y luego de haber recorrido varias calles, Joel habló:

—Dime que ya sabes algo de ese niño.

Luis suspiró con exasperación. Había deseado que el tema sobre quién era la víctima no volviera a presentarse, no porque no le importara la muerte de la criatura, sino porque ya no quería que Joel se inmiscuyera en el asunto.

Sería muy difícil que su amigo se repusiera del trauma si llegaba a conocer más sobre el niño, por eso pensó en ocultar la información que había conseguido, pero no fue capaz porque sabía que Joel no iba a hacer a un lado su deseo de saber quién era el difunto y él mismo se lanzaría a buscar la identidad de la víctima si le ocultaba lo que sabía.

—Ya sé quién es. Se llamaba Sergio Alanís Trujillo. Su padre, quien también se llamaba Sergio, trabajaba en la construcción y cayó de un andamio desde un cuarto piso, muriendo al instante. Eso pasó hace un año y la madre del niño, Mariana Trujillo, trabaja de sirvienta con la familia Mayo.

—¿La familia Mayo? ¿Esa familia Mayo?

—Esa misma, ya sabes, esa familia que cree provenir de la nobleza.

Joel movió la cabeza de un lado para otro al recordar el despotismo de la familia Mayo. Por el desdeñoso comportamiento de sus integrantes para con los demás, la familia Mayo no figuraba entre sus amistades, aunque de vez en cuando se habían encontrado en algún evento social.

—¿Qué más?

—Fue al quedar viuda, que la señora de Alanís se vio en la necesidad de trabajar. De acuerdo a los informes, tiene tres hijos. Sergio era el mayor con diez años. Su hermana, una adolescente de quince años, vive con la familia, pues al parecer, la señora Mariana la crió desde que nació. No le ha ido muy bien, pues hace unos cinco meses, perdió la casa que su esposo había adquirido a crédito. Ya no pudo pagarla y no sólo perdió la vivienda, sino que también todo lo invertido en esta, así que no tuvieron más remedio que mudarse.

Joel sintió que la acidez subía a su garganta formando un nudo que hizo que su tono sonara más grave de lo que era.

—¿Qué hacía ese niño ahí? Y ella, ¿no tiene más familiares que la ayuden?

—Parece que sólo el padre de las hermanas Trujillo, pero por el informe, vive en el extranjero y poco se sabe de él.

—Necesito hacer algo. ¿Tienes la dirección de Mariana Trujillo? Debo ir ahí.

—Joel, ¿qué se te ha ocurrido? En caso de que te presentaras ante ella, ¿qué le vas a decir?

Joel cerró los ojos. ¿Cómo se presentaría a esa dolida madre? ¿Se atrevería a decirle: «Hola, soy Joel Reyes, el asesino de su hijo?».

El pensamiento lo estremeció, pero aun así insistió para que Luis se dirigiera al domicilio de Mariana. Sin decir nada más, anduvieron por diferentes partes de la ciudad. Más tarde, el vehículo entró a una de las zonas que, sin ser de las más pobres de la ciudad, sí podía notarse la carencia por sus pequeñas y deslucidas viviendas.

Luis rompió el silencio al detenerse frente a una casa.

—Joel, piénsalo bien. No puedes llegar así como así ante esa señora.

Joel se sintió inseguro. Con justa razón, esa madre debía odiar al asesino de su hijo, pero quería ayudarla. Como no respondió, Luis insistió:

—Como estás decidido, entonces déjame ir yo. No sé en qué sentido la quieres ayudar, pero si es con dinero, te prometo que le dejaré una considerable suma para que le de a su hijo una digna sepultura.




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