Amor Ciego

Capítulo 6

Paloma se dirigió en camión a la morgue municipal y al llegar al lugar, indagó con el guardia que estaba a cargo sobre su asunto, pero el hombre la despidió casi de inmediato cuando ella no pudo llenar los requisitos para la recuperación de su sobrino, lo que causó la cólera de la joven.

La chica gritó indignada:

—¿Cómo que no me lo pueden entregar a mí? ¡Es mi sobrino!

—Señorita, no te puedes llevar al muchacho —replicó el guardia, áspero—, ya te dije, necesito una fotografía y un documento oficial del occiso para validar que se trata de él, uno tuyo que pruebe que eres su familiar y otro que muestre que eres mayor de edad y si has recurrido a un servicio funerario, entonces los de la funeraria…

—¡Maldito! —lo interrumpió ella fulminándolo con su disgusto—. ¡Odio su sistema! ¡Lo odio a usted que no quiere entregarme a mi sobrino!

—Muchacha, comprende que…

—¡Cállese! ¡Es usted una horrible persona!

El hombre entrecerró los ojos sintiéndose ofendido, mas quiso pasar por alto la falta de respeto de la chica, quien lanzándole una última mirada llena de ira, se dio media vuelta y salió de la estancia para dirigirse a la calle, rumiando su impotencia, tragándose las lágrimas.

La chica no se dio cuenta que detrás de ella, un hombre la seguía.

El tipo la había estado observando sin que ni el guardia ni ella lo notaran y esperó paciente a que ella abandonara el edificio para detenerla.

—¡Oye, muchacha! ¡Espera!

Paloma se detuvo al escucharlo. Se volvió para mirar que a ella se acercaba el desconocido y lo primero que notó de él, es que vestía de una manera elegante y era joven, aunque mayor que ella.

—¿Sí? —La desconfianza brilló en su lagrimosa mirada—. ¿Qué quieres?

Gustavo pasó a su lado sin detenerse para no llamar la atención de los que por ahí estaban. No debía olvidar que la prensa estaba en todos lados. Paloma miró su espalda, fastidiada porque la había detenido para nada, pero entonces él habló:

—Supe lo que le pasó a tu hermanito y alguien quiere ayudarte a recuperarlo de la morgue.

Paloma se quedó perpleja al escucharlo.

—¿No quieres recuperarlo? —preguntó el sujeto, sin detenerse—. Sígueme.

Paloma parpadeó varias veces, secando así sus ojos. Observó que el sujeto se alejaba sin atinar a dar un paso, aunque su mente no se estuvo pasiva pues varias preguntas pasaron por ella. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué le decía eso? ¿Era un secuestrador? ¿Sus palabras eran un señuelo para hacer que lo siguiera? ¿Por qué no se detuvo y habló con ella frente a frente?

«¿No quieres recuperarlo?».

Paloma lanzó un desesperado suspiro. Esas palabras eran muy tentadoras, pero al recordar a los dos hombres que las habían atacado, se estremeció llena de dudas.

—¡Rayos! —gimió.

La única esperanza que se le presentaba, se alejaba de ella, así que se obligó a moverse para seguirlo, pero se mantuvo dos pasos atrás del sujeto. Después de andar varias cuadras, se atrevió a hablarle:

—Oye, ¿cómo te llamas?

Sin volverse, él le respondió con sequedad.

—Gustavo y me disgusta que me tutees.

—¡Huy, qué delicado!

Él no dijo nada y siguió andando.

—¿A dónde vamos, pues? ¿Es una trampa para secuestrarme?

Le llegó la risa de Gustavo. Paloma se detuvo dispuesta a no seguirlo más, no obstante, él también lo hizo y señaló un auto que estaba estacionado bajo la sombra de un frondoso árbol que pertenecía a un parque de juegos infantiles y que no estaba muy concurrido a esa hora del día.

—Ahí está. Uno de esos hombres es el que te quiere ayudar con lo de tu hermanito.

—No es mi hermano, sino mi sobrino.

Y mientras sacaba a Gustavo de su error, Paloma miró bajar del vehículo a un hombre alto, quizás de la edad de su hermana. Su rostro permaneció serio al dirigirse a su encuentro. Gustavo se alejó de ahí para ir a subir al auto, pero la chica ni lo tomó en cuenta, pues sólo podía mantener su atención en el hombre que se paró frente a ella.

—Hola —la saludó el sujeto sin cambiar su expresión.

Paloma lo observó con incertidumbre. El hombre vestía con una elegancia informal, pero lo que la impresionó fueron sus ojos hundidos. En su color gris pudo percibir algo que la hizo sentir incómoda.

—¿Quién es usted? Ese hombre... Gustavo, me dijo que quiere ayudarme.

—Sí, eso quiero hacer.

—¿Por qué? No lo conozco, aunque tengo la impresión de haberlo visto en algún lugar.

—¿Qué importa quien soy? Lo que importa es de qué manera puedo ayudarte. Sé que necesitas recuperar el cuerpo de tu sobrino, también dinero para su funeral. Yo haré eso por ti.

Paloma era muy joven, pero no ingenua. ¿Qué quería en realidad ese hombre? Entrecerró la mirada al tratar de evocar en dónde lo había visto y por fin, un recuerdo resaltó.

Se miró a sí misma unos meses atrás, cuando estudiaba el último año de la secundaria. En un receso de las clases, sus compañeras se habían reunido en torno a otra chica que mantenía una revista de sociales abierta y como sintió curiosidad, se acercó al grupo para mirar lo que veían. No comprendió los suspiros de sus compañeras al ver la fotografía del sujeto que se mostraba en la página.




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