Como la angustia la invadía, Mariana trató de tranquilizarse. Quería evitar que la volvieran a dormir. Aunque no podía ver, sabía que seguía en el hospital, por el olor a desinfectante, alcohol y medicinas que aromatizaban el ambiente. Se sentía ligeramente mareada a pesar de que hacía varios minutos que había despertado, pero a parte de la ceguera, en general se sentía bien.
Con dedos firmes, se tocó la gasa que cubría la herida de la frente. ¡Cuántas cosas tan malas habían sucedido!
—Sergio, hijo mío —musitó dolida.
Le urgía salir de ahí e ir con su hijo, así que decidida, bajó los pies de la cama y al ponerse de pie, sintió miedo.
Era horrible no ver nada. El piso le pareció helado, así que un escalofrío la recorrió. Pero más que el frío físico, comprendió que la frialdad que la envolvió se debía también a su temor al no saber a dónde dirigirse.
Se sintió muy insegura. ¿Cómo podía guiarse si la oscuridad era lo único que podía percibir?
Levantó los brazos ante ella y dio unos pasos, cortos, como si se tratara de un bebé que apenas comienza a caminar.
Sus piernas toparon con algo. Se inclinó y tanteó con las manos lo que resultó ser un pequeño sillón, así que apoyándose en él, lo rodeó, pero entonces, su costado golpeó otro objeto. Escuchó que aquello rodaba, así que lo detuvo para palparlo. Al tacto, descubrió que se trataba del trípode con brazos que servía para colgar los sueros y medicamentos líquidos.
—¡Dios! —exclamó la pobre mujer haciendo a un lado el estorbo, aunque luego pensó que era afornudada por no estar conectada a ese trípode.
Se quedó inmóvil, desorientada, mas no debía darse por vencida.
Puso de nuevo los brazos por delante y emprendió su caminata por aquel lugar desconocido, lanzando casi de inmediato un gemido de dolor, pues aunque los brazos extendidos podían ayudarle a descubrir algún obstáculo, no lo harían si este estaba por debajo de ellos. Su vientre dio contra el borde de una mesa, la que también empujó por el impacto.
—¡Maldición!
Impotente, tocó con dedos temblorosos la cosa que se le había atravesado y reconoció que se trataba de la mesa con ruedas que los pacientes utilizaban para comer. ¡Estúpidas cosas que parecían estar por todos lados! Respiró profundo para detener el llanto que en ese punto, estaba listo para brotar. Jamás se había sentido tan frustrada.
Bien podía dejarse caer, derrotada, pero no lo haría, así que pasó a un lado de la mesa y siguió su camino hacia…
La pared.
Sus manos tocaron con ansiedad una de las paredes y fue guiándose por ésta hasta llegar a una puerta que estaba abierta. La traspasó pensando que era la salida del cuarto, pero supo que no lo era al tocar el lavamanos. Era el baño.
—¡No! —gimió desesperada.
Se giró para volver sobre sus pasos, siguiendo el mismo muro. Así encontró una ventana. Palpó las persianas que estaban cerradas y la pasó de largo. Se detuvo cuando llegó al final del muro. Ahí, sus manos manotearon el aire, tocando el dorso de una puerta que estaba abierta.
Había encontrado la salida. Suspiró de alivio al salir al pasillo, pero entonces, una enfermera la vio.
—¡Señora! ¿Pero qué cree que hace?
Mariana se volvió a la voz de la enfermera y cuando la mujer la tomó del brazo para hacerla volver al cuarto, ella se soltó con violencia. Se sorprendió a sí misma, pues nunca había actuado tan agresiva con las buenas personas como en ese instante.
—¡No! —gritó airada—. ¡Entienda que no puedo seguir aquí.
La paciente se echó a correr por el pasillo sin importarle nada más que salir de ahí.
—¡No se irá! ¡Entienda que no puede ir a ningún lado así de ciega como está!
La enfermera la alcanzó, la sujetó de nuevo y la obligó a volver sobre sus pasos. Mariana forcejeó, así que la mujer no tuvo más remedio que amenazarla cuando algunos que andaban por el corredor, se detuvieron para ver lo que sucedía:
—Señora, ya basta, no me obligue a llamar a seguridad o a darle otro sedante.
La joven madre ya no pudo contra el llanto. Se sintió maniatada e impotente, dejó caer los hombros. Cuando pensó que todo su esfuerzo se había perdido, unas voces la hicieron erguirse al reconocerlas.
—¡Mami, mami!
—¡Mariana!
Se volvió a su familia. No los pudo ver, pero sus hijos y Paloma se acercaban rápido por el pasillo. Nat y Ander se arrojaron contra ella abrazándola y si no la derribaron, fue porque la enfermera evitó que los tres cayeran. La impetuosidad de los niños fue tremenda, pero una vez que la paciente estuvo acompañada, la mujer fue discreta y terminó por dejarla en paz.
Paloma y detrás de ella, Joel, miraron la escena, una muy tierna en donde la madre se inclinó para llenar de besos las cabezas y rostros de los pequeños. Mas Joel no tenía ojos para mirar la ternura que la familia inspiraba, sino que más bien los había enfocado en la mujer. Su cabello largo y alborotado era inconfundible. No necesitó ver el color de sus ojos para saber que se trataba de ella.
La desolación que sintió se superó.
Editado: 08.09.2026