Amor Ciego

Capítulo 8

El auto entró a la propiedad y rodó hasta la entrada de la casa. Gustavo se detuvo y esperó a que Joel bajara, pero el hombre se quedó inmóvil, mirando adelante sin pestañear, o tal vez miraba de qué forma la lluvia golpeaba en el entorno y esperaba a que se detuviera para poder bajar.

—Señor, ya llegamos a su casa.

—Sí.

—¿Necesita que lo lleve a otro lado?

—No, gracias.

Pero siguió sin moverse.

Gustavo retuvo un suspiro de impaciencia y pensó que no iba a mojarse mucho si corría a la entrada. No estaba tan lejos y la lluvia ni era tan fuerte. Sentía simpatía por Joel, pero él lo que quería era volver al despacho. Cosas más interesantes le esperaban allá que estar sentado ahí.

Estaba en proceso de un caso para demostrar la inocencia de un presunto asesino y si lo ganaba, sería un peldaño para ascender en su carrera. En ese instante detestó a Luis Vázquez por haberlo degradado a chófer.

—En ese caso, si no me necesita más, yo voy a…

—Necesito que después me lleves a otro lado, así que no te vayas.

Gustavo se quedó mudo y cuando al fin Joel bajó del auto y corrió para adentrarse a su mansión, el joven le dio unas fuertes palmadas al volante mientras gritaba lleno de frustración.

—¡Me lleva la que me trajo! ¿Estudié para esto, eh? ¡Pues no! ¿Verdad que no?

Su malhumor no tuvo comparación con nada de lo que antes llegó a sentir.

Mientras tanto, Joel fue recibido por su preocupada madre. Clara Quivera de Reyes, se apresuró a abrazarlo, aliviada de verlo en libertad. Se preocupó demasiado al pensar que podía pasar más días en la cárcel.

—¡Joel! ¿Cómo estás?

—Estoy bien, mamá, no te preocupes. ¿Cómo está papá?

—El doctor Pérez lo ha puesto en reposo absoluto. Sigue muy perturbado por lo que te sucedió, así que Pérez tuvo que administrarle un calmante, por lo que duerme ahora.

—Entonces pasaré a verlo cuando vuelva de la oficina.

—¿No es mejor que te quedes en casa el resto del día? Yo llamé avisando que no irás en unos días. Te ves muy cansado, hijo.

Joel sí que se sentía agotado, pero había trabajo qué hacer y no podía posponerlo más tiempo.

—No, mamá, sólo vine a darme una ducha y después iré a la oficina.

—Está bien, pero trata de no agobiarte de más.

Joel sólo asintió porque no podía decirle a la mujer lo mal que estaba en sentido emocional. Su madre ya padecía bastante por la mala salud de su padre.

Sus padres siempre estuvieron juntos desde el primer instante en el que se conocieron. Se casaron y antes de nacer él, se habían involucrado de lleno en la empresa que por ese entonces dirigía su abuelo paterno. El negocio familiar había dado inicio con las recetas de repostería de su bisabuela, heredadas después a su abuelo y posteriormente a su padre, quien en sociedad con su madre, habían convertido la compañía Gayetatl en una franquicia millonaria.

El costo del éxito de la empresa fue que les robó a sus padres todo su tiempo, así que por eso solía pasarla sin ellos. Pero lo que le parecía peor, era que también se había llevado la buena salud de su padre. Cuando tres años atrás tuvo un ataque al corazón, no hizo mucho caso y siguió gastándose en el trabajo, pero cuando un año después le repitió a su padre el infarto, tanto el médico Pérez como su madre, tuvieron que hacer de todo para convencerlo de retirarse.

Fue entonces que aceptó que su hijo lo reemplazara en la presidencia.

Joel se había preparado para tomar su lugar un día, sin embargo, él no era su padre.

Al sentarse en la silla del presidente, lo primero que hizo fue buscar los empleados más competentes dentro de la compañía. Les dio la oportunidad de ascender a los que lo merecían. Se rodeó de gente de confianza, que fueran su mano derecha y estuvieran ahí al frente cuando fuera necesario. Estaba consciente de que, por muy competente que él fuera, siempre iba a necesitar ayuda.

Por eso más tarde, ya en el edificio que contenía sus oficinas, se reunió en el salón de juntas con el personal más allegado a él y felicitó el trabajo que ellos habían hecho en su ausencia.

—Entre otras cosas —dijo una de las asesoras después de que los felicitara, tendiéndole un documento para que lo viera—, la cafetería que está en el ciento cuatro de la quinta avenida de Reforma, tendrá que ser reubicada. El nuevo paso a desnivel la ha afectado y sus ventas han bajado.

—También tenemos un asunto con uno de los inversores en el exterior —dijo otro sujeto—. Está comercializando con otra marca.

Así fue que, entre documentos, propuestas y soluciones, Joel pasó el resto de la tarde. Por la noche, al volver a su casa, visitó a su padre en su habitación. Su padre, a pesar de su condición delicada, siempre quería saber cómo marchaban las cosas en la empresa, así que debía darle informes sí o sí, aunque ya no estuviera su salud para preocuparse por nada más.

¿Pero qué podían hacer? Su padre era un adicto a su empresa.

Esa noche, después de conversar con Joel, el señor Reyes se durmió en cuanto terminó de comer los ligeros alimentos que su madre le llevó.




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