Amor Ciego

Capítulo 9

Aunque no lo había escuchado de toda la vida, Mariana pudo reconocer la voz del hombre, así que quitó el seguro y abrió.

Joel la miró sorprendido, pues no esperaba que alguien le abriera a esa hora. Él había decidido visitarla antes de ir a la oficina, así que era muy temprano.

—Buenos días —la saludó en tono cordial—. ¿Pudiste descansar?

Él examinó su rostro notando las ojeras de sus ojos.

—Buenos días, Nic. La verdad, no logré dormir mucho y cuando lo hice, tuve una horrible pesadilla.

Joel se estremeció al recordar la suya, pero sin decir nada sobre eso, entró al ser invitado a hacerlo.

—¿Quieres un café?

—Sí, gracias.

Él la siguió a la cocina y aunque para Mariana no fue difícil ubicarla, sí se desorientó por un momento, pues desde que comenzara a trabajar, era Paloma la que hacía uso de ella, así que no estaba segura si las cosas seguían en donde las recordaba. Su hermana tenía el mal hábito de arrojar las cosas a las alacenas sin ningún orden.

—Déjame ayudarte —le dijo él pidiendo permiso para revisar los cajones y mientras lo hacía, notó el sonrojo que cubrió las mejillas de ella.

No pudo evitar recordar a la niña que fue, cuando en la playa, se ponía de ese color por la exposición al sol.

—Lo siento —susurró, sofocada por la vergüenza de su inutilidad—. Desde que dejé a Paloma a cargo de la casa, no sé dónde guarda las cosas, un día las pone en un lado y otro las cambia.

—Está bien, Mariana, no te preocupes —dijo él con voz suave, sintiendo su pesar—. ¿Por qué no te sientas mientras yo lo preparo?

Mariana, incapaz de negarse, asintió. Se sentó ante la mesa y guardó silencio. Joel la miró apreciando sus facciones limpias de maquillaje. El desordenado cabello le recordó de nuevo a la niña y pensó que seguía igual, sin embargo, al notar sus formas debajo del pijama de dos piezas, se dio cuenta que se había convertido en una mujer muy bonita.

—Nic —habló ella sintiéndose de pronto incómoda, como si sintiera el peso de su mirada—. ¿Me estás mirando?

Descubierto, Joel dejó de observarla. Debía concentrarse en el asunto que lo había llevado hasta ahí. No debería ni siquiera mirarla, pues sus ojos eran indignos de su imagen. Apretó la mandíbula y cuando hubo dominado la amargura que sintió, anunció con voz firme:

—Mariana, me gustaría ofrecerte trabajo.

—¿Ofrecerme trabajo?

—Sí. Tengo una hacienda algo retirada de esta ciudad, aunque hay una población cercana a la propiedad además de otras haciendas. La gente que trabaja ahí en las siembras, cosechas y atendiendo el ganado es muy buena, pero ahora necesito a alguien que cuide de la casa principal. Pensé en ti y si aceptas, te mudarías a vivir allá.

Mariana sintió un nudo en la garganta.

—¿Y por qué no le pides a alguien que ya trabaja ahí para que lo haga, además, qué puedo hacer así como estoy? ¡Ni siquiera sé si algún día volveré a ver!

—Las personas ya están muy ocupadas. En la hacienda hay muchos caballos, Mariana, sé que va a gustarte mucho el lugar.

Mariana frunció el ceño y de inmediato él se dio cuenta que había dicho algo inapropiado.

—Qué curioso, Nic, lo has dicho como si supieras que los caballos me encantan. De niña soñaba con tener uno.

—¿De veras? ¿Cómo podría saberlo? Lo dije porque sí hay caballos ahí —Y a continuación añadió para desviar el tema—. Con respecto a tu ceguera, me gustaría que te sometieras a esa operación de la que habló el especialista. Él dejó claro que debe ser pronto.

Sin poder más con la ansiedad, ella se levantó y preguntó:

—¿Por qué haces esto por nosotros, Nic? El hecho de que seas primo de mi difunto esposo no te obliga a hacerte cargo de esta familia. ¿Por qué lo haces?

—Porque deseo hacerlo —Fue a su lado—. Déjate cuidar, por favor, permite que yo los cuide.

—¡No! ¿Cómo puedo permitir que en ti caiga semejante carga? Seguro tendrás tu propia familia...

—¡No! Ustedes nunca serán una carga para mí, al contrario, serán... serán…

«Serán mi liberación», quiso gritar, pero guardó silencio. ¿Cómo informarle que necesitaba de ella para ser salvado de su calvario? Sabía que su perdón conseguiría calmar su penuria, pero ¿cómo pedirlo? No podía, no, porque entró a su vida con engaños.

—¡Oiga! ¿Por qué está usted aquí?

Parada en la puerta de la cocina, Paloma miró a Joel con desconfianza, olvidándose de tutearlo.

—Estoy aquí porque quiero que…

—¿Ya tan pronto vino a cobrarnos? —lo interrumpió la joven, molesta.

—¡No! Vine…

—Lo sabía, que gente como usted no…

—¡Paloma! —objetó Mariana sin entender la actitud de la chica—. ¿Por qué le hablas así a Nic?

—Tranquila, Mariana —intervino el hombre lanzando a la chica una mirada de advertencia—, no pasa nada.

Paloma refunfuñó algo para sí misma, pero luego, ya calmada, se dirigió a preparar el café que ninguno había hecho. Por poco revelaba la identidad de Joel y al notar que eso lo había preocupado, sintió curiosidad por saber el motivo que tenía el hombre para ocultar quién era. La incertidumbre que sintió al pensar de pronto que él les ocultaba algo, la hizo sentir mal, así que para distraerse, se concentró en hacer el café y servirles después.




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