Amor Ciego

Capítulo 10

—¡Oh, guao! —exclamó Nat mirando en la revista, la ilustración de una araña—. Ahora que sé que su telaraña es fantástica, ya no les tendré miedo.

Paloma sonrió, pero la sonrisa no iluminó sus ojos. Observó a Mariana, sentada en medio de sus hijos y sintió el escozor de las lágrimas. Su hermana había permanecido callada durante todo el estudio familiar, así que ella tuvo que dirigir la enseñanza de sus sobrinos haciendo preguntas, dando respuestas y explicando de forma sencilla lo que los niños no comprendían.

Estaban los cuatro ante la mesa, la que contenía un diccionario y varias revistas sobre arácnidos. Los niños querían aprender más de las arañas porque algunas veces compartían vivienda con estas, así que su interés estaba puesto en la araña común de casa.

Las arañas rubias y de patas largas Nat las repudiaba, pero al conocer su complejidad, dijo admirado:

—Ya no las mataré cuando las vea. Ellas tejen sus telarañas para que sean muy fuertes.

—El adhesivo que utiliza en los puntos de fijación es el que es fuerte o débil —dijo Mariana saliendo de su silente actitud—. Un adhesivo fuerte para pegar la telaraña a la pared o el techo y pegamento débil para la telaraña que utiliza para atrapar presas en el suelo, por eso puede desprender a la víctima y llevársela.

—Entonces, cuando atrapa a su presa...—Nat apuntó arriba con el índice derecho—, allá en lo alto, utiliza el pegamento fuerte.

—Entendiste bien, cariño.

—¡Yo aprendí que hacen parches de seda! —intervino Ander señalando la imagen de una telaraña.

Mariana tocó la cabeza de Ander y revolviendo con ternura su cabello, dijo:

—Así es, corazón, esos parches de seda se llaman discos de anclaje y son potentes adhesivos.

—Le ponen más puntos a la tela cuando está arriba —añadió Nat con entusiasmo—, por eso aguantan el golpe de un insecto que va volando, pero en el piso le ponen menos puntos y por eso la despegan fácil.

Paloma aplaudió y antes de dar por terminado el estudio, añadió:

—Muy bien, niños, entonces no olviden que el detalle de su pegamento depende de la cantidad de puntos que le ponen. Más puntos significa un adhesivo más potente, con menos puntos, será más débil. ¿Alguna otra pregunta?

Miró a los niños y Ander opinó:

—Las arañas que viven con nosotros no son malas.

—Nos ayudan con otros insectos que sí son malos —asintió Nat mientras buscaba en el techo una araña.

—Bueno, eso es todo por hoy. ¿Mariana?

La madre estuvo de acuerdo y fue la primera en levantarse. Su seria expresión pretendió modificarse con una sonrisa, pero no fue más que un falso esbozo.

—Estaré en mi habitación —anunció y se retiró con los brazos extendidos.

No la vio, pero la sintió, la preocupación de su familia. Por el momento no podía hacer nada para aparentar lo que no sentía. Era muy difícil pretender que no sucedía nada. Su dolor no le permitía fingir que todo estaba bien. Además de perder a su hijo, se había quedado ciega para siempre.

El médico, incrédulo ante su ceguera después de la operación, la había examinado de nuevo, incapaz de comprender por qué seguía sin poder ver si la operación había resultado exitosa en términos médicos. Sus retinas estaban donde debían estar, entonces, ¿qué estaba ocasionando su ceguera?

Sin que el especialista saliera de su asombro e incluso con escepticismo, le había sugerido a ella que debía visitar a un psicólogo, porque su conclusión, aunque le costara creerlo, era que ella no quería ver. Su daño no estaba ya en sus ojos, sino en su mente.

Así, pensando en su situación, entró a la habitación. Se sentó en la cama y tomó del buró un delgado libro llamado El Cantar de los Cantares. Al abrazarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas, porque recordó cómo se lo leía a su difunto marido, pero ahora no podía leerlo ni para sí misma.

—Sergio —susurró, no a su hijo, sino a su esposo—. Nada ha estado bien desde que te fuiste.

Las lágrimas rodaron sin que hiciera nada por detenerlas.

—Mis Sergios, ¿qué voy a hacer?

—Seguir adelante —dijo Paloma desde la puerta, mirándola con mortificación.

Mariana no se movió. Abrazada del libro, continuó con su penuria. Paloma entró y fue a sentarse a su lado. No sabía qué decirle porque ella misma necesitaba que alguien le dijera algo, cosas buenas. La joven se sentía perdida, tensa, culpable y le preocupaba mucho el futuro de todos ellos. Deseaba aislarse y no saber de nada más.

—Mariana, perdóname. Por mi culpa fue que…

—¡No, Paloma! —Mariana dejó el libro en su regazo para abrazarla—. No tienes la culpa. Estas son cosas que suceden. En todo caso, la responsabilidad era mía.

Mariana intentó parar sus lágrimas, pero no pudo. Paloma se separó de los brazos, miró el libro, lo tomó y lo abrió en una parte que tenía un separador. Leyó:

—“Mi amado ha respondido y me ha dicho: Levántate, compañera mía, mi hermosa y vente. Pues, ¡mira!, la estación lluviosa misma ha pasado, el aguacero mismo ha terminado, se ha ido”.




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