La ciudad de Seattle no lloraba, simplemente se deshacía en una llovizna gris y perpetua que calaba hasta los huesos. En lo alto de un rascacielos de cristal, **Edward Cullen** observaba las luces de los autos avanzar como hormigas luminosas. En su mano derecha, un vaso de cristal tallado contenía un whisky que quemaba, pero no lo suficiente como para adormecer el vacío en su pecho.
Él lo tenía todo: el apellido, la fortuna, la belleza que hacía que las mujeres se detuvieran al verlo pasar. Y sin embargo, no tenía nada. Su corazón era un campo de batalla lleno de cicatrices de un amor pasado que lo dejó creyendo que el afecto era una mercancía intercambiable.
—"Cásate, Edward, o despídete de todo lo que tu madre construyó"— la voz de su abuela, Elizabeth, resonaba en su mente como un látigo. Esa mujer fría, que lo miraba con un odio inexplicable, le había puesto un ultimátum. Ella quería encadenarlo a una mujer de su elección, una marioneta para sus juegos de poder. Pero Edward preferiría arder en el infierno antes que darle ese gusto.
A kilómetros de allí, en una pequeña casa donde el papel tapiz se despegaba por la humedad, **Bella Swan** cerraba los ojos con fuerza, tratando de no quebrarse. Sus manos, ásperas de tanto trabajar, sostenían una carta de la prisión estatal.
—"Lo hice por ti, Bella. No dejes que la culpa te consuma"— decía la caligrafía temblorosa de su padre, Charlie.
Él estaba tras las rejas por defenderla de un hombre que quiso arrebatarle su dignidad. Ahora, el sistema exigía una fianza imposible, una cifra que Bella no podría reunir ni en tres vidas de trabajo duro. Ella era independiente, obstinada, orgullosa... pero estaba acorralada. El amor incondicional que le tenía a su padre era la única razón por la que sus pies no cedían ante el cansancio.
Esa noche, el destino movió sus hilos con una crueldad poética.
Edward, ebrio de rabia y alcohol, tomó su computadora y redactó un anuncio que cambiaría su existencia. No buscaba amor; buscaba una socia, una esposa de papel, un escudo contra su abuela.
Bella, con los ojos rojos de tanto llorar, abrió el periódico local en la sección de empleos desesperados, buscando una salida, una luz, lo que fuera.
Dos personas heridas por el pasado. Dos almas que habían jurado no volver a entregarse. Esa noche, entre las sombras de la desesperación y el brillo falso de la riqueza, se firmó una sentencia que ninguno de los dos vio venir. Una noche donde las ilusiones se encontrarían con la cruda realidad, y donde el odio y el amor comenzarían a tejer una red de la que ninguno saldría ileso.
El juego estaba por comenzar. Y el precio a pagar... sería el corazón.