La mansión de los Cullen se alzaba en las colinas de Seattle como un monumento a la frialdad. Era una estructura de vidrio, acero y mármol blanco que parecía no tener rincones para esconderse. Cuando el auto negro de Edward se detuvo frente a la escalinata, Bella apretó su pequeña maleta de lona contra su pecho. Sus pertenencias cabían en una sola bolsa; el mundo de Edward, en cambio, no cabía ni en cien vidas como la suya.
—Bienvenida a tu jaula de oro, Isabella —dijo Edward con una ironía amarga mientras bajaba del auto. No se molestó en abrirle la puerta; su caballerosidad parecía haberse quedado en el fondo de la botella de whisky que vació antes de salir de la oficina.
—Es una casa, no una jaula —replicó Bella, bajando por su cuenta y mirando la imponente fachada—. Aunque dudo que alguien sea realmente feliz aquí.
Edward se detuvo en seco y la miró por encima del hombro. Sus ojos verdes estaban oscuros, casi negros bajo la luz de la luna.
—La felicidad es un concepto para gente que no tiene que preocuparse por conservar un imperio. Aquí solo hay deber y supervivencia. Recuérdalo.
### El Primer Encuentro con el Servicio
Al entrar, un hombre de aspecto impecable y mirada amable los recibió. Era **Cullen**, el mayordomo jefe (un hombre que Edward trataba casi como a un padre, aunque nunca lo admitiría).
—Señor Edward, su habitación está lista. Y para la señora... —el hombre miró a Bella con curiosidad y respeto.
—Dormirá en la habitación contigua a la mía —interrumpió Edward con brusquedad—. Hay una puerta comunicante. Mi abuela tiene espías hasta en las paredes; si no parecemos un matrimonio real desde el primer segundo, todo esto habrá sido en vano.
Bella sintió que la sangre se le subía al rostro.
—¿Puerta comunicante? Eso no estaba en el contrato, Edward.
—El contrato decía que harías lo necesario —siseó él, acercándose tanto que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Mi abuela vendrá a desayunar mañana sin avisar. Querrá ver ropa tuya en mi armario, tus cepillo de dientes junto al mío. Si quieres los millones para tu padre, vas a tener que actuar mejor que una debutante asustada.
### Una Noche de Confesiones Involuntarias
Horas más tarde, Bella no podía dormir. La cama era demasiado suave, las sábanas de seda le daban escalofríos y el silencio de la mansión era ensordecedor. Se levantó y salió al balcón que conectaba ambas habitaciones.
Allí encontró a Edward. Estaba sentado en una silla de diseño, con la mirada perdida en el bosque que rodeaba la propiedad. No tenía un vaso en la mano por primera vez en el día, pero sus manos temblaban levemente.
—¿No puedes dormir, "esposa"? —preguntó él sin mirarla. Su tono ya no era agresivo, sino cansado.
—No estoy acostumbrada a... tanto espacio —admitió ella, apoyándose en la barandilla—. ¿Por qué la odias tanto? A tu abuela.
Edward soltó una risa seca.
—Ella mató a mi madre. No físicamente, pero sí de espíritu. La obligó a casarse con un hombre que no amaba, la alejó de sus sueños y cuando mi madre intentó escapar... ella se encargó de que no tuviera a donde ir. Mi madre murió con el corazón roto. Y ahora quiere hacer lo mismo conmigo.
Bella sintió una punzada de empatía que no quería sentir. Vio al niño herido detrás de la máscara de arrogante.
—Mi padre fue a la cárcel por protegerme de algo parecido. De un hombre que creía que podía comprarme. Supongo que ambos estamos huyendo de monstruos diferentes.
Edward finalmente la miró. Por un segundo, la hostilidad desapareció y hubo una conexión eléctrica, pura y peligrosa. Sus ojos bajaron a los labios de Bella y ella contuvo el aliento.
—No me mires así, Isabella —susurró él, recuperando su tono frío—. No soy el héroe de tu historia. Soy el hombre que te compró por un año. No lo olvides.
Se levantó y entró en su habitación, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el pecho de Bella. Ella se quedó sola bajo la luna, dándose cuenta de que el odio de Edward era solo una armadura, y que enamorarse de él sería mucho más difícil de evitar que cualquier intriga de su abuela.