La noche tras el enfrentamiento con Jacob dejó la mansión sumida en un silencio sepulcral. Edward no había vuelto a dirigirle la palabra a Bella desde su discusión. Sin embargo, el destino —o mejor dicho, la mano negra de Elizabeth— no les daría tregua.
A las once de la noche, Emmett entró en la biblioteca con un rostro inusualmente serio.
—Edward, tenemos un problema. La trabajadora social enviada por el comité del fideicomiso, la señora Cope, acaba de llamar. Está en la puerta. Elizabeth denunció que este matrimonio es una transacción económica y han enviado a una inspectora para una "verificación de convivencia nocturna".
Edward estrelló su vaso contra la mesa.
—¡Esa mujer no descansa! Si nos encuentran en habitaciones separadas, el contrato se invalida y el fideicomiso se congela permanentemente.
Bella, que estaba sentada en un rincón tratando de asimilar la traición de Jacob, se puso en pie.
—¿Qué tenemos que hacer?
Edward la miró con una mezcla de resentimiento y urgencia.
—Tienes que dormir en mi cama. Ahora.
### Una Intimidad Forzada
La habitación de Edward era un reflejo de su dueño: amplia, lujosa, pero fría. El olor a colonia cara y un rastro de tabaco flotaba en el aire. Bella se sentó en el borde de la inmensa cama de sábanas de seda negra, sintiéndose como una intrusa en un templo de soledad.
—Ponte esto —dijo Edward, lanzándole una de sus camisas blancas de algodón—. Tu pijama de algodón con dibujitos no convencerá a nadie de que somos una pareja apasionada.
Bella se cambió en el baño, con las manos temblando. Al salir, Edward ya estaba acostado, con el torso desnudo y la mirada fija en el techo. Ella se deslizó bajo las mantas, manteniendo la mayor distancia posible.
—Más cerca —susurró Edward—. Puedo escuchar a la señora Cope hablando con Cullen en el pasillo. Si no siente calor humano cuando entre a "verificar", estamos acabados.
Bella se arrastró centímetros hacia él. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Edward. Era como estar cerca de un volcán a punto de entrar en erupción. De repente, Edward pasó un brazo por su cintura y la atrajo hacia su pecho de un tirón.
—No te muevas —le ordenó al oído. Su aliento rozó el cuello de Bella, provocándole un escalofrío que nada tenía que ver con el miedo.
### El Golpe al Corazón
La puerta se abrió apenas unos centímetros. La luz del pasillo iluminó brevemente la habitación. La señora Cope observó la escena: el heredero Cullen abrazando protectoramente a su esposa, las ropas de ambos mezcladas en el suelo. Satisfecha, cerró la puerta.
Pero Edward no la soltó de inmediato. El silencio cambió de tono. Ya no era un silencio de actuación, sino uno cargado de una tensión eléctrica que les dificultaba respirar.
—Me mentiste, Isabella —susurró él en la oscuridad, con la voz rota—. Me hiciste creer que eras pura, que eras la víctima.
—Nunca dije que fuera perfecta, Edward —respondió ella, girándose en sus brazos para quedar cara a cara. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra—. Solo dije que amaba a mi padre. ¿Acaso tú no has hecho cosas horribles para sobrevivir a tu abuela?
Edward acercó su rostro al de ella. Sus labios estaban a milímetros.
—Yo soy un monstruo, Bella. Ya te lo advertí. Pero tú... tú eres peligrosa porque me haces querer creer que todavía queda algo de luz en este mundo.
Justo cuando el beso parecía inevitable, el teléfono de Edward, sobre la mesa de noche, se iluminó con una llamada entrante. Él se tensó y se separó de ella bruscamente.
Al ver la pantalla, su rostro se descompuso. No era Elizabeth. No era Emmett. Era un número que Edward reconoció de un pasado que creía enterrado bajo tierra.
—¿Quién es? —preguntó Bella, notando su palidez.
—Alguien que se supone que murió hace cinco años —respondió Edward con voz hueca—. Mi abuela no solo trajo a tu pasado, Isabella. Acaba de resucitar al mío.
Edward se levantó y salió al balcón, dejando a Bella sola en la inmensa cama, dándose cuenta de que la guerra no solo se libraba en los tribunales, sino en los secretos que ambos todavía se negaban a confesar.
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