La mañana de la audiencia judicial de Charlie Swan amaneció con una tensión eléctrica. Era el día en que los cargos de "asalto con agravantes" podrían ser reducidos definitivamente gracias a las nuevas pruebas que los abogados de Edward habían recopilado. Para Bella, era el día más importante de su vida; para Edward, era la oportunidad de demostrarle que, a pesar de sus sombras, cumplía su palabra.
—Estaré allí, Isabella. En primera fila —le prometió Edward mientras terminaba de anudarse la corbata frente al espejo. Sus ojos se veían cansados, pero por primera vez en mucho tiempo, estaban limpios de alcohol.
—Significa mucho para él, Edward. Y para mí —respondió ella, acercándose para arreglarle el cuello de la camisa. El contacto fue breve, pero cargado de una ternura que ambos temían reconocer.
Sin embargo, el destino tenía otros planes, y su nombre era Victoria.
### El Grito en el Ala Oeste
Justo cuando se disponían a salir hacia el juzgado, un grito desgarrador de una de las mucamas rompió el silencio de la mansión. Edward y Bella corrieron hacia el ala oeste, la zona que Edward había designado para Victoria.
Al abrir la puerta, la escena era dantesca. Victoria estaba tendida en el suelo del baño, con un frasco de pastillas vacío a su lado y una nota temblorosa sobre el mármol: *"No puedo vivir en un mundo donde me miras como a una extraña"*.
—¡Victoria! —Edward se lanzó al suelo, tomándola en sus brazos. Ella estaba pálida, con la respiración superficial, pero sus ojos se abrieron un milímetro al sentir el contacto de Edward.
—Déjame ir, Edward... —susurró ella con una voz agónica—. Si no puedo tenerte, prefiero la oscuridad.
Bella se quedó en el umbral, sintiendo un frío gélido. Como hija de policía, había visto escenas de crisis antes, y algo en la disposición de los objetos le pareció extrañamente... perfecto. Demasiado teatral.
### La Decisión Imposible
—Tengo que llevarla al hospital —dijo Edward, con el pánico nublando su juicio. La culpa de los últimos cinco años regresó de golpe, golpeándolo como un mazo—. Isabella, no puedo dejarla así.
Bella miró su reloj. La audiencia empezaba en cuarenta minutos. Si Edward no se presentaba con los documentos legales que solo él, como garante, podía firmar ante el juez, la fianza de Charlie sería revocada y volvería a la celda de inmediato.
—Edward, escucha —dijo Bella, arrodillándose a su lado—. Llama a la ambulancia, ella estará bien atendida. Pero mi padre te necesita en el juzgado. Si no vas, Elizabeth ganará. ¡Esto es lo que ella quería!
En ese momento, Victoria soltó un quejido lastimero y se aferró a la mano de Edward con una fuerza sorprendente para alguien supuestamente agonizante.
—No me dejes... por favor... tengo miedo de volver a morir —sollozó Victoria.
Edward miró a Bella, y luego a Victoria. En sus ojos se libraba una batalla brutal. La lealtad hacia la mujer que creía muerta por su culpa contra la promesa hecha a la mujer que estaba empezando a amar.
—Lo siento, Isabella —susurró Edward, con los ojos llenos de angustia—. No puedo cargar con otra muerte en mi conciencia. Tengo que ir con ella.
### La Soledad del Deber
Bella sintió como si le hubieran dado una bofetada. El hombre que la había defendido frente a todos ahora la abandonaba por un fantasma manipulador.
—Si cruzas esa puerta con ella y no vas al juzgado, Edward... —la voz de Bella se volvió de acero, a pesar del dolor que le partía el pecho—, nuestro contrato se termina. No por el dinero, ni por la herencia, sino porque no puedo estar con un hombre que no sabe distinguir la verdad de una actuación.
Edward no respondió. Levantó a Victoria en sus brazos y salió de la habitación sin mirar atrás.
Bella se quedó sola en el pasillo, con las lágrimas rodando por sus mejillas. Pero no se dejó vencer. Se limpió el rostro con furia, tomó las llaves de su propio auto y salió hacia el juzgado. Si Edward Cullen no iba a salvar a su padre, ella lo haría sola, aunque eso significara enfrentarse a la justicia y a la abuela Elizabeth sin un centavo en el bolsillo.
Lo que Bella no sabía era que, en el jardín, Elizabeth Masen observaba la partida de la ambulancia con una sonrisa macabra. El plan había funcionado: Edward había elegido el pasado, y Bella estaba a punto de ser destruida en el tribunal.