El Pacto de los DespechadLa Catedral de la Inmaculada se alzaba hacia el cielo gris de Seattle como un gigante de piedra. Flores blancas y velas infinitas decoraban el pasillo central, creando una atmósfera de pureza que contrastaba con la guerra que se libraba en las sombras. Afuera, cientos de reporteros y curiosos se agolpaban tras las vallas, esperando el evento que la prensa había bautizado como "El Milagro de los Cullen".
En la sacristía, Bella se miraba al espejo. Esta vez no había estilistas impuestos por Edward; ella misma había elegido un vestido de encaje sencillo pero elegante, que evocaba una honestidad que nadie en esa familia poseía.
—Estás hermosa, Bella —dijo Charlie, entrando en la habitación. Su rostro se veía más joven, lleno de una paz que solo la libertad otorga. Pero sus ojos de policía notaron algo—. ¿Estás segura de esto? Si ese hombre te está obligando...
—No me obliga nadie, papá —respondió ella, y para su propia sorpresa, se dio cuenta de que era verdad—. Edward tiene sus demonios, pero me ha demostrado que está dispuesto a quemar su mundo por salvar el mío.
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Mientras tanto, en una furgoneta negra aparcada a dos manzanas de la iglesia, el ambiente era tóxico. **Jacob Black** golpeaba el volante con frustración mientras **Victoria** se retocaba los labios frente al espejo.
—Esto es una locura, Jacob. Si entramos allí sin pruebas contundentes, Edward nos destruirá —dijo Victoria, aunque sus ojos brillaban con maldad.
—Tengo lo que necesito —respondió Jacob, sacando un sobre amarillo—. Son los registros de las transferencias bancarias que Edward hizo a la cuenta de la fianza antes de que se firmara cualquier acuerdo legal de matrimonio. Es la prueba de que el "amor" fue una transacción. Pero más que eso... tengo la grabación de la confesión del abogado de Edward admitiendo que el matrimonio es una farsa para engañar al fideicomiso. Eso se llama fraude federal.
—Si él no puede ser mío, no será de nadie —susurró Victoria—. Vamos. Es hora de detener esta farsa.
### El "Sí" ante el Peligro
La música del órgano comenzó a sonar. Edward esperaba en el altar, con las manos entrelazadas en la espalda. Al ver a Bella aparecer al fondo del pasillo, sintió un golpe en el estómago que nada tenía que ver con los nervios. Era una claridad absoluta: no quería el dinero de su madre si no tenía a esa mujer obstinada y valiente a su lado para gastarlo.
Bella caminó hacia él, sus ojos fijos en los de Edward. Por un momento, el mundo desapareció. No había abuela Elizabeth observando con odio desde la primera fila, ni cámaras, ni escándalos. Solo eran ellos.
Cuando llegaron al momento de los votos, Edward tomó la mano de Bella.
—Yo, Edward Cullen, te tomo a ti, Isabella Swan, no como un contrato, sino como mi destino. Prometo protegerte de mis propias sombras y ser el hombre que mereces, no el que el mundo construyó.
Justo cuando Bella iba a responder, las puertas de la catedral se abrieron de par en par. El viento frío entró en el recinto, apagando varias velas.
—¡Detengan esta boda! —el grito de Jacob resonó en las bóvedas de piedra.
La prensa se volvió loca. Los flashes estallaron. Jacob y Victoria avanzaron por el pasillo central como ángeles vengadores.
—Edward Cullen está cometiendo un delito ante sus ojos —declaró Jacob, levantando el sobre—. Este matrimonio es un fraude financiero. ¡Tengo las pruebas de que compró a esta mujer!
Elizabeth Masen se levantó, ocultando una sonrisa de triunfo tras su velo negro. Todo iba según su plan. Pero Edward no retrocedió. No se puso pálido. Simplemente soltó la mano de Bella, caminó tres pasos hacia Jacob y, con una calma aterradora, le arrebató el sobre.
—Llegas tarde, Jacob —dijo Edward con una voz que se escuchó en toda la catedral—. Esos registros que tienes... ya los entregué yo mismo a la oficina del fiscal esta mañana, junto con una declaración jurada donde admito que el contrato inicial existió, pero que ha sido revocado. He renunciado formalmente a la herencia de mi madre.
Un jadeo colectivo recorrió la iglesia. Bella sintió que el corazón se le detenía. ¿Había renunciado a todo?
—Me casaré con Isabella sin un centavo a mi nombre —continuó Edward, mirando a su abuela, quien se quedó lívida—. El fideicomiso ahora pasará a obras de caridad. Así que, si quieres denunciarme por fraude, tendrás que explicarle al juez por qué me casé con ella a pesar de perderlo todo.
Victoria retrocedió, dándose cuenta de que su moneda de cambio ya no valía nada. Jacob miró a Bella, esperando ver arrepentimiento, pero solo encontró decepción.
—Vete, Jacob —dijo Bella con firmeza—. El hombre que yo amaba en el pasado nunca habría intentado destruir la felicidad de alguien para alimentarse de su propia amargura.
Con la cabeza baja, los intrusos fueron escoltados fuera por la seguridad de Emmett. Edward regresó al altar y tomó de nuevo las manos de Bella.
—Lo siento —susurró él—. Ahora soy un hombre pobre, Isabella. ¿Todavía quieres ser mi esposa?
Bella sonrió, con las lágrimas asomando por fin.
—Nunca me importó tu dinero, Edward. Me importas tú.
—Entonces —dijo el sacerdote, conmovido—, los declaro marido y mujer.
Edward la besó con una pasión que rompió cualquier duda. Pero mientras el templo celebraba, en el fondo de la iglesia, Elizabeth Masen apretaba sus manos hasta que sus uñas sangraron. Había perdido el dinero, pero aún tenía el pasado... un secreto sobre el verdadero origen de Bella que ni siquiera Charlie sabía, y que estaba a punto de soltar como una bomba atómica.