La primera noche como esposos reales no fue en una suite de lujo en París, sino en una cabaña privada a orillas del Lago Crescent, un refugio que Edward había comprado años atrás con su propio esfuerzo, lejos del alcance de los Cullen.
El fuego chisporroteaba en la chimenea, bañando la estancia con una luz cálida y anaranjada. Edward observaba a Bella desde la cocina mientras servía dos copas de vino. Ella se había quitado el pesado vestido de novia y ahora vestía una sencilla bata de seda. Parecía, por primera vez, estar en paz.
—¿En qué piensas? —preguntó Edward, acercándose y entregándole la copa.
—En que ayer era una camarera con un padre en prisión, y hoy soy la esposa de un hombre que renunció a un imperio por mí —respondió ella, mirándolo a los ojos—. Todavía parece un sueño, Edward. Pero tengo miedo de que el despertar sea doloroso.
Edward la rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el cuello de ella.
—He pasado toda mi vida huyendo de las expectativas de los demás. Hoy, por primera vez, me siento libre. No importa lo que pase mañana, Isabella. Esta noche somos solo nosotros.
Se besaron con una entrega absoluta, una mezcla de alivio y deseo que finalmente encontraba su cauce. En ese rincón del mundo, el odio de Elizabeth y la locura de Victoria parecían haber quedado a siglos de distancia.
### La Entrega Inesperada
A la mañana siguiente, el idilio se rompió antes de que saliera el sol. Un mensajero en motocicleta llegó a la cabaña con un sobre de color crema, lacrado con el sello de la familia Masen.
Edward, que aún estaba a medio vestir, lo recogió con un mal presentimiento. Bella salió de la habitación al escuchar el ruido.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, notando la palidez en el rostro de su esposo.
—Es de mi abuela. "Un regalo de bodas para la nueva señora Cullen", dice la nota —Edward abrió el sobre con manos temblorosas.
Dentro no había amenazas legales ni demandas. Había un documento de una clínica de fertilidad con fecha de hace veinticinco años y una prueba de ADN comparativa realizada recientemente.
### El Mundo al Revés
Bella tomó los papeles de las manos de Edward. Sus ojos recorrieron las líneas técnicas, las tablas de porcentajes y los nombres. El aire se escapó de sus pulmones.
—Esto no puede ser verdad... —susurró Bella, dejándose caer en el sofá.
—¿Qué dice, Bella? —preguntó Edward, angustiado.
—Dice que mi madre... Reneé... no me concibió con Charlie —Bella levantó la vista, con los ojos llenos de terror—. Dice que ella fue parte de un tratamiento experimental de fertilidad en una clínica financiada por los Masen. Edward... según esto, mi padre biológico era el hijo de Elizabeth. Tu tío, el que murió joven.
Edward se quedó mudo. Si ese documento era real, Bella no era una extraña que se cruzó en su camino por azar. Bella era, técnicamente, su prima biológica por parte de la familia Masen. Pero lo peor no era el lazo sanguíneo, sino el motivo de la abuela para ocultarlo.
—Ella lo sabía —dijo Edward con una rabia creciente—. Sabía que eras una Masen. Por eso te odiaba tanto. Eres el recordatorio vivo de la infidelidad de su hijo favorito y del engaño de tu madre.
—¡No! —gritó Bella—. ¡Charlie es mi padre! ¡Él me crió! Si esto es cierto, Charlie vivió toda su vida engañado... y mi vida entera es una mentira diseñada por tu abuela para humillarnos a ambos.
### La Trampa Maestra
Debajo de los documentos, había una última nota de Elizabeth, escrita a mano con una caligrafía perfecta y cruel:
> *"Querido Edward: No solo te has casado con una mujer que no está a tu altura, sino que has cometido un pecado que la sociedad nunca te perdonará. Ella lleva mi sangre, aunque sea de forma bastarda. Ahora, dime... ¿qué dirá el mundo cuando sepa que los 'enamorados' Cullen son, en realidad, familia? Disfruta de tu matrimonio. Yo disfrutaré de tu ruina moral."*
Bella comenzó a temblar. El golpe era perfecto. Si la noticia se filtraba, no solo serían el hazmerreír de Seattle, sino que la reputación de Charlie quedaría destruida al revelarse el secreto de su difunta esposa. El amor que acababan de jurarse en el altar ahora se sentía como una cadena de espinas.
Edward tomó el documento y lo arrojó al fuego, pero ambos sabían que las cenizas no borrarían la verdad.
—Ella no ganará, Bella —dijo Edward, tomándola de los hombros con fuerza—. Esto es una prueba de laboratorio, no un destino. Charlie es tu padre porque él te eligió. Y yo soy tu esposo porque yo te elegí.
—Pero el mundo no lo verá así, Edward —sollozó ella—. Ella tiene el poder de hacernos sentir sucios.
En ese momento, el teléfono de la cabaña sonó. Era Emmett. Su voz sonaba desesperada.
—Edward, no enciendas la televisión. La abuela acaba de convocar a una rueda de prensa en las escalinatas de la mansión. Va a soltar la bomba ahora mismo.
La luna de miel había terminado. La verdadera guerra por la identidad y la verdad acababa de empezar.