La vida en el lago había comenzado a tener un ritmo propio. Edward ya no despertaba buscando el alcohol, sino el calor de Bella. Había empezado a trabajar de forma remota, asesorando de forma anónima a pequeñas empresas locales, mientras Bella ayudaba a su padre a reabrir una pequeña consultoría de seguridad. Eran felices en la austeridad, pero la sombra de Elizabeth Masen era alargada y no conocía el olvido.
Una mañana de martes, un alguacil llegó a la cabaña. No traía una carta, sino una citación judicial de urgencia.
—"Demanda por Incapacidad Civil y Tutela de Bienes" —leyó Edward, y su rostro se transformó en una máscara de incredulidad—. Mi abuela ha solicitado mi incapacidad mental. Alega que el trauma de la muerte de Victoria, mi alcoholismo pasado y el "delirio" de renunciar a mi fortuna son pruebas de que no puedo cuidar de mí mismo.
—¿Qué? —exclamó Bella, arrebatándole el papel—. ¡Eso es absurdo! Estás mejor que nunca.
—Para el mundo legal, Bella, un multimillonario que renuncia a todo por una chica de pueblo no está "enamorado", está "enajenado". Ella quiere que un juez me declare incapaz para que el control de lo que queda de los Cullen vuelva a sus manos. Y si lo logra... ella podrá anular nuestro matrimonio legalmente.
### El Examen de Conciencia
La audiencia se fijó para tres días después. El abogado de Elizabeth, un hombre despiadado llamado Aro, no perdió tiempo. Envió a un psiquiatra forense a la cabaña para evaluar la "calidad de vida" de Edward.
El médico observó la leña cortada, la cocina modesta y la falta de lujos con un aire de superioridad.
—Dígame, señor Cullen —preguntó el psiquiatra mientras tomaba notas—, ¿realmente prefiere fregar sus propios platos a dirigir un imperio? ¿No siente que estas voces en su cabeza, estas... "necesidades de redención", son en realidad una forma de autocastigo patológico?
Edward miró a Bella, que lo observaba desde la cocina con el corazón en un puño.
—No es un castigo, doctor. Es la primera vez que escucho mi propia voz en lugar de los gritos de mi abuela. Si la cordura consiste en ser un esclavo del dinero y el odio, entonces prefiero estar loco.
### El Desmayo
La tensión de la evaluación y la inminente batalla legal empezaron a pasarle factura a Bella. Mientras preparaba un té para los invitados, el mundo empezó a dar vueltas. El sonido del bosque se volvió sordo y las luces de la cocina se desvanecieron en un blanco cegador.
—¡Bella! —el grito de Edward fue lo último que escuchó antes de que su cuerpo colapsara contra el suelo de madera.
Edward corrió hacia ella, seguido por el psiquiatra. La llevaron de urgencia al pequeño centro de salud del pueblo cercano. Edward caminaba de un lado a otro en la sala de espera, sintiendo que el pánico lo consumía. Si algo le pasaba a Bella, Elizabeth ganaría sin necesidad de jueces; él se hundiría de verdad.
Después de lo que parecieron horas, el médico salió. No tenía una expresión de gravedad, sino una sonrisa contenida.
—Señor Cullen, su esposa está bien. Ha sido un cuadro de agotamiento y una bajada de tensión severa. Pero hay una razón para ello.
Edward se detuvo en seco. —¿Qué razón?
—Isabella tiene aproximadamente seis semanas de embarazo. Los mareos y el desmayo son normales en esta etapa, especialmente bajo tanto estrés.
### El Nuevo Tablero
Edward entró en la habitación de Bella. Ella ya estaba despierta, con el rostro pálido pero los ojos brillantes. Él se arrodilló al lado de la camilla y le tomó la mano, apoyando su frente contra la de ella.
—¿Lo escuchaste? —susurró Bella, con una voz llena de asombro.
—Sí —respondió Edward, y una lágrima solitaria corrió por su mejilla—. Vamos a tener un hijo, Bella. Un Cullen que no nacerá en una mansión de cristal, sino en una casa llena de verdad.
Sin embargo, Edward sabía que esta noticia era un arma de doble filo. Si Elizabeth se enteraba del embarazo, sus ataques se volverían más feroces. Un heredero directo era lo que ella siempre había querido para perpetuar su linaje, y no se detendría ante nada para arrebatárselo.
—Mañana en el juzgado, no solo lucharé por mi libertad, Bella —dijo Edward, su voz volviéndose de acero—. Lucharé por nuestro hijo. Elizabeth Masen no sabe lo que es enfrentarse a un hombre que tiene algo real que perder.