—¡No puedo ver nada! —Gritó el padre aferrando con fuerza el volante mientras la lluvia golpeaba con violencia el parabrisas.
—¡Baja la velocidad! —Pidió su esposa. En el asiento trasero se encontraba su hija abrazando a su peluche con fuerza.
El viaje de regreso había sido una mala decisión. Las alertas meteorológicas anunciaban tormentas severas pero Martín insistió en que llegarían a casa antes de que la situación empeorara y vaya que se equivocó.
Las luces de la carretera apenas eran visibles bajo el diluvio. El viento sacudía el auto y la sensación de estar atrapados en la nada se intensificaba.
—¡No veo las líneas del camino! —Gritó frenando de golpe cuando la figura de un árbol caído apareció de repente frente a ellos.
El auto patinó sobre el asfalto mojado. Un estruendo los sacudió cuando golpearon algo y se salieron del camino.
—¿Están bien? —preguntó el marido observando a su esposa e hija.
—Mamá... —susurró la niña asustada.
—Tranquila cariño —Dice la madre con el corazón en la boca, observa a su hija y se siente aliviada al ver que está sin lesiones. Su marido tiene un corte en la cabeza y ella se da cuenta del dolor en el brazo.
El padre intenta abrir la puerta del auto y lo hace luego de mucho esfuerzo, como la lluvia es muy densa no logra ver su camino y se hunde al bajar del auto. No lo había notado pero el vehículo ahora se encontraba hundiéndose en el fango. Intenta abrir de nuevo la puerta que se cerro al bajar pero es imposible, las corrientes de agua que bajan por el camino que trazo el auto hacen que se inunde mas rápido... si no hace algo no se quiere imaginar que podría pasar.
En eso oye el sonido de un auto y corre hacia la carretera para pedir ayuda.