Amor de padre

Salvando ángeles: Capítulo XV

Ya como una familia de cinco, caminamos en fila hacia el cementerio para visitar a nuestros muertos, en especial a María Constanza, ya que hoy se cumple un año más de su partida. Como avanzan los lobos, el más pequeño de todos, Ernesto, marca el paso al ir primero. A sus siete años camina rápido, debe ser porque nació y crece en estas tierras, en el campo. Avelino lo sigue. Ya con nueve años, mi sucesor sabe que debe cuidar a sus hermanos, por lo que camina cerca de Ernesto y cada cierto tiempo voltea a ver a Rosaura, quien es la que sigue en la fila. Mi Rosaura, que ya no es pequeñita, tiene diez años. Cada día, al compararla con las fotos de María Constanza, no me queda duda alguna de que mi hermana pidió regresar siendo mi hija.

Rosalía, mi bonita, camina delante de mí y sigue con la mirada, bien atenta, a nuestros hijos. Aunque ella también nació en el campo, en el poblado de Alegría, en Madre de Dios, aún no se acostumbra a ver a sus hijos corriendo por caminos accidentados y cayéndose de vez en cuando. Ella siempre se desespera, se asusta y corre para auxiliarlos, pero ninguno de los tres llora cuando cae, más bien se ríen, se levantan solos mientras sacuden el polvo de sus ropas y corren hacia su madre para decirle que están bien y que les permita continuar con el juego.

Al llegar a la puerta del cementerio, todos detienen su paso y esperan a que yo abra la enorme reja negra. Tras invitarles a pasar con una sonrisa y un movimiento de manos, los niños, quienes cargan arreglos florales tan grandes según sus fuerzas y tamaño permiten, ingresan apurados porque les gusta observar las estatuas de los mausoleos y leer los nombres de los ancestros que descansan aquí. El lugar siempre luce limpio y bien cuidado porque los empleados que tienen a cargo el mantenimiento del cementerio hacen un muy buen trabajo.

Después de saludarlos a todos los ancestros y repartir entre sus tumbas las flores que Rosalía y yo traemos, nos despedimos de los antepasados remotos para ir a visitar a los más cercanos. Las flores que carga Ernesto las dejo sobre la tumba de mis abuelos, ya que ellos yacen juntos. Las que trae Avelino son para mi padre, un Avelino anterior al último que ya nació. Y las flores que la misma Rosaura, que para mí siempre será pequeñita, eligió y preparó en un lindo ramo colorido son para añadir calidez a los blancos rosales que rodean la tumba de mi hermana.

—Un año más sin ti, María Constanza —digo, y aunque duele, ya no es como hace diez años, cuando regresé a estas tierras.

Mis hijos siempre lloran enfrente de la tumba de mi hermana. Por más que Rosalía y yo les decimos que no hay motivos para estar tristes porque María Constanza dejó este mundo para convertirse en un hermoso ángel, igual lloran. Ellos ya conocen la historia —me guardé los detalles escabrosos por sus edades— que marcó la muerte de mi hermana y mi desaparición, y eso es lo que en verdad les apena.

—Papá ya es muy fuerte y nos cuida bien, tía —dice Avelino, quien siempre toma la iniciativa a la hora de hablar en representación de sus hermanos.

—Tú no te preocupes por nosotros, todos somos felices —añade Ernesto.

—Solo goza de la presencia de Dios, querida tía María Constanza —completa Rosaura, mi pequeñita.

—Ahora, recemos un Padre Nuestro y tres Ave María por nuestros muertos —indica Rosalía, y los cinco adoptamos una postura respetuosa.

Tras el amén de la última oración, nos despedimos de los que duermen el sueño eterno y vamos de regreso a la hacienda. Solo este día del año hacemos el recorrido hacia el cementerio a pie, uno que nos toma un poco más de una hora en el ida y vuelta, pero que disfrutamos porque vamos en familia. Después de contar alguna anécdota de mis días al lado de mi hermana, mis hijos caminan tomados de la mano delante de Rosalía y de mí. En medio va Rosaura, mi pequeñita, a la derecha está Avelino y a la izquierda Ernesto. Ellos van conversando de sus cosas mientras que sus padres los observamos agradecidos por verlos crecer sanos de cuerpo y alma.

Rosaura, mi pequeñita, sin ser mi hija biológica, comparte conmigo varios rasgos que hacen que nadie dude de mi paternidad. Avelino es mi copia, pero con algunas diferencias. Su cabello no es tan claro como el mío, es de un rubio algo más oscuro; su piel se torna de un bronceado envidiable cuando pasa mucho tiempo bajo el sol, cosa que no sucede conmigo, ya que yo termino rojo y adolorido, y el color de sus ojos es miel, como el de mi bonita, su madre. En cambio, Ernesto es muy parecido a Rosalía, salvo por un pequeño detalle. El menor de mis hijos, a quien le llamé como el hombre que considero mi segundo padre, tiene el cabello negro chivillo con sutiles ondas y una piel clarita, pero que no duda en broncearse facilito con el sol. Las largas pestañas son igualitas a las de mi bonita, y ni qué decir de su perfil y forma de labios, pero lo que yo le heredé, y por eso nadie duda que sea mi hijo, es el azul cielo de sus ojos.

Al llegar a la hacienda, nos damos con la sorpresa de la llegada de mis tíos Abelardo y Pilar. Ambos eligieron pasar sus años de vejez en Perú, decisión que cuestionaron mis primos por la distancia y lo inseguro que muchas veces resulta para una pareja de ancianos vivir en Lima, pero mis tíos argumentaron que quieren gozar del dinero que amasaron en juventud teniendo una vida de lujo en el país donde nacieron y quieren que sus restos descansen cuando la muerte llegue. Y aunque la residencia oficial de esta amorosa pareja es la casa de Miraflores, son muy frecuentes sus visitas a la hacienda.

Mis hijos corren para llegar antes a los brazos de sus tíos abuelos, quienes felices los reciben. De alguna manera, la presencia de mis hijos compensa la ausencia de los nietos que extrañan.




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