Emma
Estoy acostada en el sofá mientras Steisy me mira indignada por mi quinto rechazo.
—Emma, por favor, te lo pido. Me arrodillo si es necesario.
No respondo.
Sigo mirando el techo como si allí estuviera escrita la solución a todos mis problemas.
Aunque, siendo sincera, mi problema tiene nombre.
Mateo.
Desde hace una semana, Steisy está empeñada en que vayamos a un resort cerca de la playa. El lugar pertenece a su padrastro, así que, obviamente, no tenemos que pagar absolutamente nada.
Y quiero ir.
Dios, claro que quiero ir.
Un mes entero cerca de la playa, todo incluido, margaritas, piscinas, fiestas nocturnas, sol, arena y probablemente suficiente comida como para engordar cinco kilos sin sentir la menor culpa.
Suena perfecto.
Entonces, ¿por qué demonios me niego?
Porque su hermano va a ir.
Con su novia.
Mateo ha sido mi crush desde secundaria. Mi amor platónico. El chico por el que hice cosas de las que prefiero no hablar demasiado.
Incluso intenté conquistarlo.
De verdad que lo intenté.
No funcionó.
Nunca le llamé la atención.
Él prefería otro tipo de chicas. Rubias, con curvas por todos lados y ese aire de modelo de revista que yo, evidentemente, no tenía.
En algún momento de mi desesperación incluso terminé en el gimnasio.
Sí.
Yo.
En un gimnasio.
Todo por Mateo.
Y obtuve resultados, debo admitirlo. Pero al muy idiota le dio exactamente igual.
Se hizo el ciego.
—Ya hablé con los tíos y ellos están de acuerdo con que vayas —insiste Steisy.
Giro la cabeza para mirarla.
—Claro. Mamá y papá jamás dejarían que me quedara encerrada en esta enorme casa durante un mes.
—Exactamente.
—No es necesario que te arrodilles.
—Le pediré a Omar que nos dé la habitación más alejada de Mateo.
Suelto un suspiro.
—Sabes que ese no es el problema.
Steisy pone los ojos en blanco.
—Sí, ya sé cuál es. Pero no puedes estar toda la vida detrás de ese extraterrestre. No sé qué le viste. Si, además, es feo.
La miro horrorizada.
—¿Feo?
—Feísimo.
—Estás ciega.
—Y tú estás enamorada.
Abro la boca, pero no encuentro ningún argumento para defenderme.
Steisy sonríe al notar mi derrota.
—Además, habrá muchos chicos.
Entrecierro los ojos.
—¿Muchos?
—Muchísimos.
—¿Guapísimos?
—De revista.
Sonrío lentamente.
—Me convenciste con los muchos chicos guapísimos.
Steisy abre los ojos.
—Entonces vas a ir.
—No.
Su sonrisa desaparece.
—¿Cómo que no?
—Ya decidí que me voy al bosque. Quizás tenga suerte y consiga un lobo.
—No seas tonta.
Steisy toma su bolso y se pone de pie.
La observo mientras se dirige hacia la puerta.
—Steisy...
Se gira y me mira muy seria.
—Si mañana no estás en mi casa con tus maletas, te olvidas de lo nuestro.
Me quedo mirándola unos segundos.
Y entonces empiezo a reírme a carcajadas.
—No serías capaz de terminar nuestra amistad por esto.
—Lo haré.
Toma un cojín del sofá y me lo lanza directo a la cara.
—¡Lleva bikinis pequeños! De esos que no dejan nada a la imaginación. Quiero que ese extraterrestre se dé cuenta de lo que se está perdiendo.
—¡Steisy!
Pero ella ya está saliendo.
La puerta se cierra de un portazo.
Me quedo mirando hacia ella, todavía riéndome.
No puedo creer que me haya dado un ultimátum tan infantil.
—Señorita Emma, ¿todo está bien?
Giro la cabeza.
Ofelia está de pie junto a la entrada de la sala, sosteniendo una bandeja.
—Sí, Ofelia. Es solo Steisy. Está enojada porque no quiero irme de vacaciones con ella.
Ofelia deja la bandeja sobre la mesa y me observa con esa expresión de quien está a punto de dar un consejo que nadie le pidió.
—Debería ir.
Frunzo el ceño.
—¿Tú también?
—No importa si el joven estará allí o no. Debería divertirse. ¿O piensa esperarlo toda la vida?
Hago una mueca.
—No voy a esperarlo toda la vida.
Por supuesto que no, también tengo dignidad. Más o menos.
—Entonces vaya.
La miro durante unos segundos.
—¿Sabes qué, Ofelia?
—¿Sí?
Me incorporo del sofá y sonrío.
—Vamos de compras.
Sus ojos brillan.
—¿Para las vacaciones?
—Sí.
Me pongo de pie.
—Pero no le diré nada a Steisy todavía.
Ofelia sonríe.
—Eso le encantará.
—Muchísimo.
Tomo mi bolso y camino hacia las escaleras.
Quizás unas vacaciones no sean tan mala idea.
Después de todo, ¿qué podría salir mal?
No tenía idea de que aquella sería la peor pregunta que podía haberme hecho.