Amor de Verano

EPISODIO 2: Muchos bikinis

Emma

Entramos a una boutique y salí de allí convencida de que acababa de comprar media tienda.

En mi defensa, nadie me detuvo a tiempo.

Vestidos.

Shorts.

Sandalias.

Gafas de sol.

Un sombrero que probablemente jamás usaría, pero que se veía tan bien en el maniquí que sentí la obligación moral de comprarlo.

Y, por supuesto, bikinis.

Muchos bikinis.

Tantos que en algún momento Ofelia me miró como si estuviera intentando descifrar qué clase de vacaciones pensaba tener.

—Señorita Emma, solo estará un mes.

—Exactamente.

—Tiene ocho bikinis.

—Nueve.

Ofelia arqueó una ceja.

—Nueve.

—Uno puede ensuciarse.

—¿Y los otros ocho?

—Ofelia, por favor. No me juzgues.

Sin embargo, la respuesta real era otra: si Mateo va a estar allí con su novia de anuncio de protector solar, yo pienso tener un bikini distinto para cada día que decida arruinarme la existencia.

No dije eso en voz alta. Tengo algo de dignidad.

Ella soltó una pequeña risa.

Al final, después de revisar mentalmente todo lo que necesitaba —y de convencerme a mí misma de que absolutamente todo era indispensable—, decidí que ya estaba lista.

O eso creía.

Regresamos a casa por la tarde y, durante la cena, mis padres no tardaron demasiado en preguntarme qué había decidido.

Mamá dejó los cubiertos sobre el plato y me miró con una sonrisa sospechosa.

—Entonces, ¿vas a ir con Steisy?

Suspiro.

—Sí.

Papá levantó la mirada.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

Los miro a ambos, calculando si vale la pena contar toda la verdad o solo la versión resumida. Decido que la resumida es más digna.

—Steisy me amenazó.

Mamá se lleva una mano a la boca para ocultar una sonrisa.

—¿Te amenazó?

—Dijo que si no iba, se terminaba nuestra amistad.

Papá baja la cabeza intentando disimular la risa.

—Una situación muy seria.

—Gravísima.

Mamá ya no puede contenerse. Empieza a reír y, al verla, termino riéndome yo también, aunque una parte de mí sigue pensando que técnicamente Steisy sí era capaz de cumplir su amenaza. La conozco.

—No se rían. Nuestra sociedad está en juego.

—¿Nuestra sociedad? —pregunta papá.

—Nuestra amistad, papá.

—Ah.

Asiente muy serio.

—Eso cambia las cosas.

Los tres terminamos riendo.

Después de la cena subo a mi habitación y comienzo a organizar la maleta.

Bueno...

Intento organizarla.

Porque una cosa es decidir qué llevar y otra muy distinta es lograr que quepa en un espacio que, evidentemente, fue diseñado por alguien que nunca tuvo que empacar nueve bikinis, cinco pares de sandalias y un sombrero decorativo.

Ofelia termina siendo quien hace la mayor parte del trabajo mientras yo me siento sobre la cama y le digo dónde quiero cada cosa. Es un sistema que funciona: yo doy órdenes, ella hace magia.

—Eso no va ahí.

—¿Dónde entonces?

—A la derecha.

—Señorita Emma, todavía tenemos espacio.

—Perfecto. Mete otro bikini.

Ofelia me mira.

—Ya tiene nueve.

—Diez es un número bonito.

Ella niega con la cabeza, divertida.

Cuando finalmente cerramos la maleta, la miro satisfecha. Como quien acaba de terminar una obra de ingeniería.

Todo estaba listo.

Ropa.

Zapatos.

Productos para el cabello.

Protector solar.

Perfume.

Maquillaje.

Y una cantidad completamente razonable de bikinis.

Razonable según mis propios estándares, que admito no son los de nadie más.

Me dejo caer sobre la cama.

No sé, pero desde que Steisy me había hablado de las vacaciones, siento algo parecido a emoción. Algo que llevaba tiempo sin sentir, la verdad. Entre los exámenes, el gimnasio, y años enteros invertidos en un chico que ni siquiera notaba cuando cambiaba de peinado, se me había olvidado lo que era simplemente tener ganas de algo.

Quizás Steisy tenía razón.

Quizás necesitaba dejar de pensar en Mateo.

Es curioso cómo un nombre puede ocupar tanto espacio en la cabeza de alguien. Como si llevara años sin pagar la renta pero sigue ahí ocupando ese espacio.

Quizás este verano podía ser diferente.

Tal vez incluso podía conocer a alguien.

Alguien que me mirara a mí.

No a una rubia de revista.

A mí.

Por primera vez, esa idea no me da tristeza. Me da curiosidad. Y la curiosidad, en mi experiencia, siempre termina metiéndome en problemas.

Sonrío.

—Va a ser un buen verano.

Ofelia, que está saliendo de la habitación, se detiene en la puerta.

—Eso espero, señorita Emma.

La miro.

—¿Por qué lo dices de esa manera?

Ella sonríe.

—Por nada.

Y se marcha.

Frunzo el ceño.

Definitivamente, los mayores tienen una extraña manera de hablar. Como si supieran algo que uno todavía no.

No le doy más importancia.

Después de todo, mañana comienzan mis vacaciones.

¿Qué es lo peor que podría pasar?




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