Emma
Entramos a una boutique y salí de allí convencida de que acababa de comprar media tienda.
Vestidos.
Shorts.
Sandalias.
Gafas de sol.
Un sombrero que probablemente jamás usaría.
Y, por supuesto, bikinis.
Muchos bikinis.
Tantos que en algún momento Ofelia me miró como si estuviera intentando descifrar qué clase de vacaciones pensaba tener.
—Señorita Emma, solo estará un mes.
—Exactamente.
—Tiene ocho bikinis.
—Nueve.
Ofelia arqueó una ceja.
—Nueve.
—Uno puede ensuciarse.
—¿Y los otros ocho?
—Ofelia, por favor. No me juzgues.
Ella soltó una pequeña risa.
Al final, después de revisar mentalmente todo lo que necesitaba, decidí que ya estaba lista.
O eso creía.
Regresamos a casa por la tarde y, durante la cena, mis padres no tardaron demasiado en preguntarme qué había decidido.
Mamá dejó los cubiertos sobre el plato y me miró con una sonrisa sospechosa.
—Entonces, ¿vas a ir con Steisy?
Suspiro.
—Sí.
Papá levantó la mirada.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?
Los miro a ambos.
—Steisy me amenazó.
Mamá se lleva una mano a la boca para ocultar una sonrisa.
—¿Te amenazó?
—Dijo que si no iba, se terminaba nuestra amistad.
Papá baja la cabeza intentando disimular la risa.
—Una situación muy seria.
—Gravísima.
Mamá ya no puede contenerse.
Empieza a reír y, al verla, termino riéndome yo también.
—No se rían. Nuestra sociedad está en juego.
—¿Nuestra sociedad? —pregunta papá.
—Nuestra amistad, papá.
—Ah.
Asiente muy serio.
—Eso cambia las cosas.
Los tres terminamos riendo.
Después de la cena subo a mi habitación y comienzo a organizar la maleta.
Bueno...
Intento organizarla.
Ofelia termina siendo quien hace la mayor parte del trabajo mientras yo me siento sobre la cama y le digo dónde quiero cada cosa.
—Eso no va ahí.
—¿Dónde entonces?
—A la derecha.
—Señorita Emma, todavía tenemos espacio.
—Perfecto. Mete otro bikini.
Ofelia me mira.
—Ya tiene nueve.
—Diez es un número bonito.
Ella niega con la cabeza, divertida.
Cuando finalmente cerramos la maleta, la miro satisfecha.
Todo estaba listo.
Ropa.
Zapatos.
Productos para el cabello.
Protector solar.
Perfume.
Maquillaje.
Y una cantidad completamente razonable de bikinis.
Me dejo caer sobre la cama.
No sé pero desde que Steisy me había hablado de las vacaciones, siento algo parecido a emoción.
Quizás ella tenía razón.
Quizás necesitaba dejar de pensar en Mateo.
Quizás aquel verano podía ser diferente.
Tal vez incluso podía conocer a alguien.
Alguien que me mirara a mí.
No a una rubia de revista.
A mí.
Sonrío.
—Va a ser un buen verano.
Ofelia, que está saliendo de la habitación, se detiene en la puerta.
—Eso espero, señorita Emma.
La miro.
—¿Por qué lo dices de esa manera?
Ella sonríe.
—Por nada.
Y se marcha.
Frunzo el ceño.
Definitivamente, los mayores tienen una extraña manera de hablar.
No le doy más importancia.
Después de todo, mañana comienzan mis vacaciones.