Emma
Nos quedamos en la piscina un buen rato más.
Steisy insiste en hacer competencias de quién aguanta más tiempo bajo el agua (las pierdo todas, con dignidad), y en algún momento un grupo de chicos nos invita a jugar algo parecido al vóley acuático, con reglas que nadie parece conocer y que, sospecho, se inventan sobre la marcha.
No vuelvo a ver a Nico.
No es que lo esté buscando.
Claro que no. Para nada. Solo... noto su ausencia. Que es distinto.
Cuando el sol empieza a bajar un poco y el hambre se vuelve imposible de ignorar, Steisy sale del agua sacudiéndose el cabello como un perro mojado.
—Playa —anuncia.
—Pensé que la playa era mañana.
—La playa es hoy, mañana y todos los días. Vinimos a un resort junto al mar, Emma. Sería un crimen no pisar la arena el primer día.
No puedo discutir con eso.
Recogemos nuestras cosas, nos envolvemos en las toallas y caminamos por un sendero de piedra que serpentea entre las palmeras hasta que, de pronto, el jardín termina y aparece la playa.
Es exactamente como se ve en las postales. Arena blanca, agua turquesa, un par de kayaks apilados cerca de la orilla y sombrillas de paja repartidas como si fueran hongos gigantes.
—Esto —dice Steisy, extendiendo los brazos como si estuviera reclamando el lugar en nombre de la humanidad— es perfección.
—Es bonito.
—Es perfección, Emma. Aprende a apreciar las cosas.
Extendemos nuestras toallas cerca de la orilla y nos dejamos caer sobre la arena todavía tibia por el sol. Cierro los ojos un momento, dejando que el sonido de las olas haga ese trabajo que solo el mar sabe hacer: borrar, aunque sea por un rato, todo lo demás.
Cuando los abro de nuevo, lo veo.
Nico está unos metros más adelante, cerca del agua, riendo con un par de chicos que reconozco vagamente de la piscina. Trae puesta una camiseta blanca que contrasta con lo bronceado de su piel, y en algún momento, como si sintiera que lo estoy mirando, gira la cabeza hacia mí.
Nuestras miradas se cruzan.
Ay, no.
No sonrío. No aparto la mirada de inmediato, tampoco. Nos quedamos así, un segundo, dos, tres, en una especie de silencio compartido que no necesita palabras.
Y entonces él sonríe. Apenas. Lo suficiente para que yo sienta que el estómago me da un vuelco pequeño y completamente inoportuno.
No hace ademán de acercarse.
Yo tampoco.
Bien. Perfecto. Que se quede allá, disfrutando de su tarde de chico-perfecto-de-anuncio, y yo aquí, disfrutando de la mía.
Termino apartando la mirada primero, fingiendo un interés repentino en la textura de la arena bajo mis dedos.
—Tengo sed —anuncio, poniéndome de pie.
Steisy, tumbada boca abajo con los ojos cerrados, apenas mueve la cabeza.
—Hay un señor por allá que vende agua de pipa.
—¿Quieres una?
—Mmm. Sí.
Camino descalza por la arena caliente hacia un pequeño puesto improvisado, donde un señor mayor, con un sombrero de paja gastado por el sol, va abriendo cocos con un machete y clavando una pajilla directo en cada uno.
—Dos, por favor.
—Enseguida, señorita.
Mientras espero, escucho una voz demasiado conocida detrás de mí.
—No sabía que te gustaba el agua de coco.
Me giro.
Mateo.
Solo. Sin su novia cerca, por una vez.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Mateo.
Lo digo sin pensarlo demasiado, y me sorprende lo natural que suena. Ni un rastro de nervios, ni ese calor incómodo subiéndome por el cuello que antes era automático solo con escuchar su voz.
Vaya. Progreso.
—Supongo que sí —dice, y por un segundo parece que va a añadir algo más, pero el señor del puesto me interrumpe.
—Aquí tiene, señorita. Dos pipas.
—Gracias.
Tomo los dos cocos, sostengo uno en cada mano, y cuando me giro para regresar hacia Steisy, prácticamente le doy la espalda a Mateo sin proponérmelo del todo.
O tal vez sí me lo propuse. Un poco.
—Emma…
—Sí —digo deteniendo mis pasos pero sin girar.
—Porque no se unen a nosotros —lo miró sobre mis hombros.
—No queremos interrumpir, ustedes deben tener sus planes.
Nosotros. Tan fácil que sale esa palabra ahora, refiriéndose a Steisy y a mí, y no a él y a mí, como hubiera deseado hace apenas unas semanas.
No espero respuesta y sigo avanzando.
Camino de regreso, cargando los dos cocos con cuidado de no derramar nada.
—¿Tienes de las grandes? —pregunta una voz que reconozco de inmediato.
Nico.
Esta en el mismo puesto que acabo de abandonar.
Me detengo, sin poder evitarlo. Él está pidiendo su propia pipa, con las manos en los bolsillos y esa misma sonrisa fácil de antes, como si sonreír no le costara ningún esfuerzo.
Me mira.
Yo lo miro.
¿Qué se supone que debo hacer? ¿Saludar? ¿Fingir que no lo vi? ¿Por qué esto es tan complicado si solo es un chico comprando coco?
El señor del puesto le entrega su bebida y él le paga, sin apartar del todo la mirada de mí, como si estuviera evaluando si decir algo o no.
Al final, no dice nada.
Yo tampoco.
Me doy la vuelta, decidida a que esta va a ser la interacción más anticlimática del verano, y empiezo a caminar de regreso hacia mi toalla.
No llego muy lejos.
—Oye.
Me detengo y giro la cabeza.
Nico está a unos pasos, con su pipa en la mano y una expresión que intenta parecer seria y no lo logra del todo.
—¿Sí?
—Ten cuidado por aquí.
Frunzo el ceño.
—¿Con qué?
—Con las conchas.
—¿Las conchas?
—Sí. Esas cositas que hay en la arena. —Hace un gesto vago con la mano libre, como si estuviera dibujando una concha imaginaria en el aire—. Son traicioneras. Casi tan traicioneras como los charcos de piscina.