Amor de Verano

EPISODIO 8: No cometeré ese error

Emma

La tarde cae sin previo aviso.

Me quedo observando cómo el sol se hunde lentamente en el mar, pintando el cielo de naranjas y rosados que parecen sacados de un filtro demasiado perfecto para ser real.

A unos metros, Steisy sigue hablando con los dos chicos que se acercaron hace un rato. Se ríe de algo que uno de ellos dice, echando el cabello hacia atrás con ese gesto suyo tan estudiado que, curiosamente, nunca deja de funcionar.

Después de todo, el bikini rojo sí sirvió.

Sonrío sola.

Me levanto y recojo mis cosas: la toalla, las gafas de sol, el coco ya vacío que sostuve durante toda la tarde sin darme cuenta de que ya no tenía nada dentro.

Steisy se despide de los chicos con una promesa vaga de "tal vez nos vemos en la fiesta" y se acerca hasta mí sacudiéndose la arena de las piernas.

—Vamos a cambiarnos. Para ir a cenar.

Asiento.

—Y ya conquistaste alguno.

—No es seguro aún —responde, con una sonrisa que sugiere exactamente lo contrario.

Subimos a la habitación, nos turnamos para ducharnos y, entre risas y quejas por el poco espacio en el espejo, terminamos bajando al restaurante justo a tiempo.

En la mesa ya están Omar y Claudia, los padres de Steisy. Omar, con esa calma de hombre que ha resuelto todos sus problemas hace mucho tiempo, revisa algo en su teléfono. Claudia nos recibe con esa sonrisa cálida que ya empiezo a asociar con sentirse bienvenida en un lugar que no es mi casa.

Poco después llegan Mateo y Karla.

Ella lleva un vestido blanco que parece recién sacado de una revista de bodas en la playa. Él, una camisa clara con las mangas dobladas hasta el codo, informal pero, como siempre, sin ningún esfuerzo visible.

Cómo puede alguien lucir tan bien sin intentarlo. Es casi ofensivo.

Se sientan frente a nosotras. Mateo me mira un segundo, como si fuera a decir algo sobre el comentario de la tarde, pero no lo hace. Mejor así.

Durante la cena, Claudia pregunta, mientras corta su pescado con delicadeza:

—¿Y qué planes tienen para esta noche?

Steisy y yo respondemos exactamente al mismo tiempo.

—¡Fiesta!

Claudia se ríe. Omar levanta la vista de su teléfono el tiempo justo para decir:

—Deberían ir con Mateo, no me gustaría que terminarán con un desconocido aprovechado.

Me quedo callada.

Genial. Justo lo que necesitaba. Pasar mi primera noche de fiesta con Mateo y su novia de anuncio como acompañantes oficiales.

No digo nada. Simplemente sigo comiendo, esperando que alguien más cambie el tema.

Steisy, por suerte, lo hace.

—Tenemos nuestros propios planes, papá.

Omar se encoge de hombros y vuelve a su teléfono, sin darle más importancia. Claudia sonríe como si supiera exactamente lo que está pasando por mi cabeza, aunque no dice absolutamente nada al respecto.

Después de la cena, subimos a la habitación a cambiarnos.

Steisy se pone ese vestido dorado y ajustado que me enseñó cuando llegamos —el mismo del que le dije que no iba a sobrevivir la noche— y, viéndolo puesto, confirmo que tenía toda la razón.

Yo elijo un vestido corto azul marino, con la espalda descubierta y un pequeño nudo en el cuello. Nada exagerado. O eso me digo mientras me miro al espejo por tercera vez, ajustándome el cabello suelto sobre los hombros.

—Estás preciosa —dice Steisy, aplicándose el último toque de labial frente al espejo.

—Tú también.

—Lo sé.

Bajamos hacia uno de los establecimientos del resort, un bar-discoteca junto a la playa donde la música ya retumba desde la entrada, mezclándose con el sonido de las olas.

Dentro, las luces cambian de color, la gente baila apretada entre sí, y el calor de tantos cuerpos juntos hace que el aire se sienta distinto, más denso, más vivo.

Steisy y yo nos dejamos llevar rápido por el ambiente. Bailamos, reímos, pedimos algo de tomar en la barra. Por un rato, todo se siente ligero.

Los chicos de la playa nos encuentran a las pocas horas y se unen a nuestra mesa. Steisy, por supuesto, se convierte rápidamente en el centro de atención de todos ellos, riendo, coqueteando, disfrutando exactamente del tipo de verano que prometió que tendríamos.

Yo, en cambio, empiezo a sentirme incómoda.

No sé si es por la música demasiado fuerte, por ver a Mateo sentado un poco más allá, con Karla acomodada sobre su regazo, o por ver a Steisy tan absorta en su propio momento que ya casi ni repara en mí.

Probablemente todo junto.

Me levanto de la mesa sin decir nada, con la excusa silenciosa de necesitar aire, y me abro paso entre la gente que baila sin ningún sentido de espacio personal.

Y entonces choco con alguien.

Fuerte.

Unas manos me sujetan de la cintura antes de que pueda perder el equilibrio del todo.

—Otra vez tú.

Levanto la mirada.

Nico.

Lleva una camisa de lino azul, con los primeros botones desabrochados, y el cabello igual de revuelto que la primera vez que lo vi, como si ese fuera su estado natural imposible de domar. Sonríe, divertido, sin ninguna prisa por soltarme.

—Deberíamos dejar de chocar así —dice—. O va a empezar a parecer que buscas mi atención.

Perdón, ¿qué?

Me aparto de inmediato, dando un paso atrás.

—No te estoy buscando.

—No estoy diciendo que lo hagas a propósito.

—Entonces no lo digas.

Se ríe, como si mi molestia fuera parte del entretenimiento de la noche.

—Tranquila. Solo bromeaba.

—Pues no es gracioso.

Nico levanta las manos, en un gesto de rendición que no logra borrar del todo esa sonrisa torcida.

—Vaya. No sabía que eras tan sensible.

Sensible. Genial. Ahora encima soy sensible.

—No soy sensible. Simplemente no me gusta que crean que ando detrás de alguien solo porque el destino tiene un pésimo sentido del humor y me hace tropezar contigo dos veces en un mismo día.




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