Amor de Verano

EPISODIO 9: Caminata y besos

Emma

Afuera, el aire fresco de la noche se siente como un alivio inmediato. Caminamos por la arena, cerca de donde las olas rompen suavemente, ninguno de los dos dice nada durante un buen rato.

Es un silencio cómodo. Extrañamente cómodo, considerando que hace apenas unas horas este mismo chico estaba sacándome de quicio a propósito.

—¿Y a qué te dedicas? —preguntamos los dos al mismo tiempo.

Nos reímos.

—Pregunta tú primero —dice él.

—Pregunta tú.

—¿Segura?

—Sí.

—Bien. —Sonríe—. ¿A qué te dedicas, además de tropezar con charcos?

—No me tropecé con el charco. El charco se me atravesó.

—Ah. Mis disculpas al charco. Fue una víctima inocente.

Pongo los ojos en blanco, aunque no puedo evitar sonreír.

—Bueno. Todavía estudio. Acabo de terminar el primer año de la carrera que escogí.

—¿Y cuál es?

Esa es una historia para otro día.

—Esa es información clasificada por ahora. ¿Y tú?

—Estoy en mi tercer año.

—¿De qué?

Se queda callado un segundo, mirando hacia el mar, como si estuviera decidiendo cuánto quiere contarme.

—Medicina.

—¿En serio?

—En serio. Aunque, viéndote caminar por esta playa, empiezo a pensar que necesitaré especializarme en traumatología si seguimos viéndonos tan seguido.

—Qué gracioso.

—Lo sé. Es uno de mis muchos talentos.

Me río, y el sonido se pierde entre el viento y las olas.

Médico.

Interesante.

No le doy más importancia al dato en este momento. Por ahora, solo quiero disfrutar de esta caminata, de este silencio compartido, de este chico que, sin proponérselo, ha logrado hacerme olvidar por completo que hace apenas unas horas estaba evitando mirar hacia cierta mesa.

Caminamos un poco más, dejando que las olas nos mojen los pies de vez en cuando.

—¿Y cuántos años tienes? —pregunto.

—Aún soy adolescente.

Lo miro, sin saber si tomarlo en serio.

—Bueno tengo 21. ¿Y tú?

—19.

Ah. Interesante dato. Guárdalo, Emma, por si acaso.

No le doy más vueltas al asunto. Dos años no es nada, y ahora mismo lo que menos me interesa es ponerme a hacer cuentas.

Seguimos caminando hasta que encontramos una palmera caída, inclinada de una forma extraña, como si hiciera una u, casi paralela al suelo, como si alguna tormenta antigua hubiera decidido doblarla sin llegar a derribarla del todo. Nos sentamos ahí, uno junto al otro, con la arena todavía tibia bajo nosotros.

Empiezo a jugar distraídamente con la arena entre los dedos.

—Te puedo hacer una pregunta seria —dice Nico, después de un momento de silencio.

Lo miro de reojo.

—Depende de qué tan seria sea.

—¿Tienes novio? No es que me importe, pero no quiero tener problemas.

Ajá. Claro que no le importa, solo es curiosidad.

Sonrío y me llevo una mano al cabello, apartándolo de la cara.

—¿Por qué lo preguntas? Además de no querer tener problemas.

—Por nada. Solo quiero saber a qué atenerme.

—No. No tengo de esos bichos raros.

Empiezo a reír al ver su expresión, una mezcla de sorpresa y falsa ofensa.

—Así que somos bichos raros.

—Depende de cómo quieras que te trate.

—Eres cruel.

—Soy sincera, que es distinto. —Hago una pausa—. No tengo novio. ¿Y tú?

Nico se queda callado un segundo, como si estuviera decidiendo si contestar en broma o en serio. Al final, elige lo segundo.

—Con sinceridad, no había conocido a ninguna chica que captara tanto mi atención.

Levanto una ceja.

—¿Qué quiere decir eso?

—Que ninguna había logrado distraerme como tú lo has hecho hoy. Siempre me dediqué a estudiar, a sacar las mejores calificaciones. No tenía tiempo para... esto.

—No te creo.

—Tengo testigos.

Hago una mueca, fingiendo pensarlo.

—Está bien. Creeré en tu palabra. Por ahora.

Nico se queda mirándome un momento, con una expresión distinta a las anteriores. Más quieta. Más honesta.

—Te puedo pedir permiso para hacer algo.

Frunzo el ceño.

—¿Hacer qué?

—Besarte.

Me quedo completamente estática.

¡Emma por Dios! Mis labios sobre los suyos. Sus labios sobre los míos.

Bajo la mirada hacia su boca sin poder evitarlo, y el corazón me da un vuelco que no sé si clasificarlo como pánico o como anticipación. Probablemente ambas cosas al mismo tiempo.

—¿Por qué me pides permiso? —pregunto, casi en un susurro.

—Porque quiero ser civilizado. No voy a besarte sin tu consentimiento. —Sonríe, apenas—. Además, el verano es corto, y quiero aprovecharlo al máximo.

Civilizado y directo. Qué combinación tan peligrosa.

—Tienes mi consentimiento. Y mi aprobación.

No termino de decir la última palabra cuando Nico me toma el rostro con ambas manos y me besa.

Despacio.

Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, aunque los dos sabemos perfectamente que no es así.

Siento el roce suave de sus labios, el sabor ligeramente salado de la brisa mezclado con algo dulce, el calor de sus manos sosteniéndome como si fuera algo frágil que debe tratarse con cuidado.

Esto. Esto es justo lo que no sabía que necesitaba.

Por un instante, no hay resort, ni Mateo, ni Karla, ni años enteros persiguiendo a alguien que nunca me miró de esta forma.

Solo está esto.

Nico, la playa, y un beso que, de alguna manera, se siente como el comienzo de algo que todavía no tengo nombre para describir.

Subo las manos hasta su cabello, hundiendo los dedos en él. Es suave, mucho más de lo que esperaba, y se siente como la confirmación perfecta de que este chico, efectivamente, no tiene ningún derecho a ser tan perfecto.

El beso termina despacio, como empezó.

Nos separamos apenas un poco, todavía cerca, todavía envueltos en esa burbuja que parece haberse formado solo para nosotros dos en medio de la playa vacía.




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