Emma
La habitación está a oscuras, solo iluminada por un hilo de luz de luna que se cuela entre las cortinas.
Abrazo la almohada contra mi pecho, como si eso pudiera contener de alguna manera todo lo que siento en este momento. Tengo los ojos cerrados, pero no porque tenga sueño. Es solo que, si los cierro, puedo repetir el beso en mi cabeza con todo lujo de detalle, una y otra vez, como si fuera una película que me niego a dejar de ver.
El roce de sus labios. Sus manos en mi rostro. "No me equivoqué."
Sonrío sola, en medio de la oscuridad, sintiéndome ridícula y completamente despreocupada por sentirme así.
—Emma.
La voz de Steisy llega desde el otro lado de la habitación, medio adormilada.
—¿Dónde te perdiste?
En ningún lugar que vaya a contarte a estas horas de la noche.
—Ya duérmete, Steisy.
—Pero...
—Duérmete.
Escucho un suspiro resignado, seguido de un murmullo que suena sospechosamente a "mañana me vas a contar todo", y después, silencio.
Sigo abrazada a la almohada, con esa sonrisa todavía instalada en la cara, hasta que finalmente el sueño me vence.
❃ ❃
A la mañana siguiente, el sol entra sin pedir permiso a través de las cortinas, y Steisy ya está despierta, sentada sobre su cama con el cabello hecho un nido y mirándome fijamente.
—Buenos días —digo, estirándome.
—No. Buenos días no. Vas a contarme absolutamente todo lo que pasó anoche.
—Primero el desayuno.
—Emma.
—Después te cuento. Lo prometo.
Steisy entrecierra los ojos, evaluando si confiar en mí o no, y finalmente se rinde con un resoplido.
—Bien. Pero más te vale que sea un buen relato.
Nos arreglamos rápido. Elijo un bikini blanco y, encima, un short corto de lino, pensando ya en la excursión de hoy. Steisy, por su parte, se decide por un conjunto verde esmeralda que, estoy segura, fue calculado hasta el último detalle para la ocasión.
—¿Lista para el yate? —pregunta, recogiéndose el cabello en una trenza.
—¿No era lancha?
—Lo que sea que mi padrastro tenga guardado por ahí —responde ella misma, riéndose de su propia broma.
Bajamos a desayunar. La mesa está servida con fruta fresca, pan recién horneado y jugos de todos los colores imaginables. Omar y Claudia ya están sentados, hablando tranquilamente, y poco después se unen Mateo y Karla, ella todavía con cara de haber dormido demasiado poco.
Como la noche anterior.
Me pregunto por qué.
No digo nada, aunque la idea me provoca una sonrisa que disimulo detrás de mi vaso de jugo.
Terminamos de desayunar entre conversaciones ligeras sobre el itinerario del día, y finalmente bajamos hacia el muelle, donde un yate blanco, elegante, nos espera meciéndose suavemente sobre el agua.
—Esto —dice Steisy— no es un yate cualquiera.
—Definitivamente no —digo boquiabierta.
Subimos a bordo, y el personal nos recibe con bebidas frías y toallas dobladas con una precisión casi militar. Nos acomodamos en la parte delantera, donde hay cojines blancos repartidos sobre una especie de terraza al aire libre.
Y entonces lo veo.
Nico está subiendo por la rampa en ese momento, con el cabello todavía húmedo, una camiseta sin mangas y esa sonrisa que, al parecer, decidió instalarse permanentemente en mi memoria desde anoche.
Nuestras miradas se cruzan.
Ahí está.
El estómago me da ese vuelco tan familiar ya, y siento cómo el calor me sube por las mejillas, aunque el sol todavía no ha salido con toda su fuerza.
—Buenos días —dice, acercándose, con un tono que suena mucho más íntimo de lo que debería, considerando que hay al menos diez personas más a bordo.
—Buenos días.
Steisy, a mi lado, alterna la mirada entre los dos como si estuviera presenciando un partido de tenis particularmente interesante.
—Nico —dice, con una sonrisa que no augura nada bueno—. He escuchado mucho de ti.
—¿En serio? —Nico me mira, divertido—. Qué interesante.
—No le hagas caso —intervengo rápidamente—. Exagera.
—Para nada —replica Steisy—. Apenas estoy empezando.
Antes de que la conversación avance más en una dirección que definitivamente no quiero, dos chicos suben también al yate, riendo entre ellos.
—¡Ahí están! —grita uno de ellos, agitando la mano hacia Steisy.
Son los mismos de la playa. Steisy se ilumina de inmediato.
—Martín. Esteban.
—Reportándonos —dice Martín, el más alto de los dos, con el cabello rubio despeinado por el viento—. Como prometimos.
Esteban, más bajito y con una sonrisa fácil, levanta una bolsa.
—Trajimos provisiones. Por si el yate se queda sin nada que valga la pena.
Steisy se ríe y camina hacia ellos sin perder un segundo, dejándome a solas —relativamente— con Nico.
Mateo y Karla se acomodan del otro lado de la cubierta. Karla, apoyada en su hombro, ya parece estar buscando la posición perfecta para dormir otra siesta, y Mateo, por un instante, nos mira a Nico y a mí con una expresión que no logro interpretar del todo antes de apartar la vista.
No importa.
Nico se sienta a mi lado, lo suficientemente cerca como para que nuestros hombros casi se rocen.
—¿Dormiste bien? —pregunta, con una sonrisa que deja claro que sabe perfectamente la respuesta.
—Mejor de lo que esperaba.
—Yo también.
El yate empieza a moverse lentamente, alejándose del muelle, y el viento salado me despeina el cabello mientras la costa se va haciendo más pequeña detrás de nosotros.
Un día entero en altamar. Con él al lado.
Esto promete ser interesante.
El yate avanza mar adentro, dejando atrás la costa hasta que el resort se convierte en apenas una línea borrosa de blanco y verde sobre el horizonte.
Steisy, Martín y Esteban se han apoderado de la parte trasera, donde hay una especie de barra improvisada, y desde allí llegan risas constantes que confirman que, efectivamente, mi mejor amiga ya tiene a dos candidatos peleándose por su atención.