Amor e morte

CAPÍTULO 1: EL SUICIDIO

La Frialdad del Mármol

Aurora no sentía el invierno de París, y esa era la mayor de sus tragedias.

A sus veintiún años, cuando la vida debería ser un incendio de sensaciones, ella habitaba el centro de una parálisis absoluta. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, de pie ante el abismo; los minutos se habían diluido en una sustancia espesa y gris que la mantenía fuera del reloj del mundo.

A través de la ventana abierta, el aire gélido entraba como una jauría de cuchillos, desgarrando las cortinas de terciopelo que colgaban pesadas, como sudarios. Afuera, una luna eléctrica bañaba los tejados de pizarra, proyectando sombras que parecían tajos de tinta china sobre las paredes.

Era una luz que lo revelaba todo, pero no calentaba nada. Inquietantemente, la escarcha que cubría los cristales de la ventana parecía retroceder ante su proximidad, alejándose de ella como si el vacío que Aurora emanaba fuera un veneno para el invierno mismo.

Aquel vendaval se ensañaba con su melena, agitando sus cabellos rojos hasta convertirlos en lenguas de fuego danzando en la penumbra; un incendio de cobre que contrastaba con la quietud mineral de su rostro.

El viento golpeaba su tez blanca como la leche, una piel que solía arder con el rubor de la juventud y que ahora se mantenía tan imperturbable como el mármol de una fosa olvidada. Incluso la única vela que quedaba encendida en el estudio se inclinaba en la dirección opuesta a su cuerpo, huyendo de su aliento gélido.

Frente a ella, el cuerpo de Tristán ocupaba el sillón de orejas con una inercia definitiva. Su belleza atlética se había congelado en una escultura de hielo, pero era una perfección rota: una mancha oscura de láudano, como una sombra líquida, ensuciaba la comisura de sus labios, recordándole al mundo que aquello no era una obra de arte, sino un cadáver.

No quedaba rastro de la energía animal que solía ensanchar sus hombros; la vitalidad se había evaporado, dejando atrás una carcasa de una elegancia macabra.

Tenía la cabeza vencida hacia atrás. Sus ojos verdes, antes pozos de tormenta capaces de reducir a Aurora a cenizas, permanecían fijos en un punto ciego del techo. El brillo esmeralda se había extinguido, sustituido por dos cristales opacos.

A sus pies, el frasco de láudano seguía rindiendo su última gota: ploc, ploc, ploc. El sonido marcaba el pulso de una habitación donde el tiempo se había suicidado junto al artista.

Aurora estiró una mano y rozó la mejilla de él. Debería haber gritado. Debería haber caído de rodillas, desgarrándose la garganta por el hombre que fue su norte. Pero al tocarlo, el horror no fue el frío de Tristán, sino el suyo propio.

Sus dedos no buscaron el calor; parecieron succionar el último rastro de temperatura que el cadáver aún retenía. No hubo el choque de dos pieles, sino el contacto del mineral contra la nada. Sus propios ojos azules permanecían secos, despojados de la humedad punzante que el invierno suele arrancar a los vivos.

¿Por qué no puedo llorar?, se preguntó.

Aurora se quedó allí, envuelta en su propio incendio de cabello rojo, preguntándose en qué momento exacto su corazón se había convertido en un reloj parado dentro de una casa abandonada.

El Espejo de la Desolación

La memoria de aquel calor la arrastró tres días atrás, de vuelta al estudio cuando todavía no era un mausoleo de silencio, sino un campo de batalla saturado de vapores de trementina y rabia.

Tristán no era entonces una estatua de hielo. Era un animal acorralado por su propio genio, una fuerza de la naturaleza en plena combustión. Aurora lo observaba desde el umbral, con el corazón encogido por una mezcla de terror y fascinación, mientras él arremetía contra su propio reflejo.

Su belleza atlética parecía una armadura que deseaba arrancarse a jirones. Con un rugido de asco, sus manos largas se cerraron sobre su camisa de seda aristocrática, desgarrándola con una violencia que hizo saltar los botones como proyectiles contra el suelo.

—¡Mírame! —había gritado él, volviéndose hacia el gran espejo—. ¡No soy un artista, Aurora! ¡Soy un farsante de buena cuna! Mi pulso es demasiado rápido, mi sangre hace demasiado ruido. ¡La vida es un error que ensucia el lienzo!

Él no buscaba la fama, sino la inmovilidad. Odiaba el parpadeo de sus propios ojos y el calor de sus manos; envidiaba la perfección gélida de las estatuas que no necesitan respirar para ser eternas.

—Solo la muerte es perfecta, Aurora —susurró él, con una fijeza letal en su mirada verde—. Solo en el final no hay rastro de mentira. Pero no puedo irme vacío. Necesito que algo de este mundo me sostenga mientras cruzo al silencio.

Aurora, movida por un idealismo que rozaba la ceguera, no pudo soportar ver a su ídolo desmoronarse entre los escombros de su creación. Ella lo amaba no a pesar de su tormento, sino por él.

Sin medir las consecuencias, la muchacha atravesó el caos de cristales rotos y telas rasgadas. Sus pies, aunque ella no lo notara, rozaban los fragmentos de vidrio mientras se acercaba a él por la espalda. Lo rodeó con sus brazos, hundiendo los dedos en la piel ardiente de sus hombros.

—Tristán, detente —susurró contra su nuca—. No estás vacío. Si sientes que el lienzo te pide una vida que no tienes, toma la mía. Úsala para comprar tu paz.




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