Amor e morte

CAPÍTULO 2: El funeral

La Metamorfosis del Luto

Aurora se materializó frente al espejo del armario, el mismo cristal que tres días antes había devuelto la imagen de una mujer encendida por el propósito. Ahora, el reflejo le devolvía una extraña de una blancura mineral.

El vestido de luto, un denso diseño de crepé negro con cuello de encaje, la envolvía con la rigidez de una mortaja de seda.

El contraste era violento, casi obsceno: el azabache absoluto de la tela hacía que su piel pareciera traslúcida, adquiriendo una cualidad fosforescente en la penumbra de la habitación. No era la palidez de una enferma; era la luminiscencia de la porcelana bajo la luna.

Con movimientos calculados y mecánicos, intentó abotonarse los puños. Fue entonces cuando la primera grieta en su realidad física se hizo evidente. Sus yemas rozaron el metal y la seda, pero la sensación llegó a su cerebro como un eco distorsionado, un telegrama enviado desde una costa lejana.

Era como si una capa de aire invisible, densa como el agua, se hubiera interpuesto entre su carne y el mundo. No había suavidad en el tejido, ni dureza en el botón; solo una presión sorda, un contacto despojado de toda textura.

Se acercó al espejo y tomó el frasco de carmín. Con la memoria muscular de quien imita un gesto antiguo, intentó encender sus labios para ocultar esa blancura de cera que empezaba a asfixiarla. Pero al aplicar el pigmento, el rojo resbaló sobre su piel sin adherirse, como si su boca fuera de cristal pulido.

Frustrada, Aurora se mordió el labio inferior con una saña desesperada, buscando el dolor, implorando ese pinchazo de agonía que la hiciera sentirse, al menos por un segundo, humana.

No hubo nada.

Sus dientes se hundieron en la carne, pero la señal de alarma nunca alcanzó su mente. Al soltarse, no brotó sangre, ni siquiera un rubor de protesta; solo quedó una marca blanca y limpia que tardó una eternidad en desvanecerse.

Se llevó una mano al cuello, buscando el pulso, y lo encontró: un latido lento, rítmico y desprovisto de urgencia. Era el latido de una máquina que funciona por inercia en una fábrica abandonada.

Su melena, otrora un incendio, parecía haber perdido su temperatura. Al peinarlo, el cabello no chisporroteó con la vitalidad eléctrica de siempre; caía pesado, lacio y muerto, como hilos de cobre oxidado que ya no podían conducir el calor.

—Sigo aquí —susurró hacia su reflejo.

Pero al mirarse a los ojos, a esos iris que ahora eran de un gris ceniza impenetrable, supo que mentía. No estaba allí. O al menos, no la Aurora que París conocía. Lo que permanecía en la habitación era solo la vasija, una escultura de porcelana que empezaba a agrietarse bajo el peso de un vacío que no lograba comprender.

Tomó el velo de encaje negro y lo dejó caer sobre su rostro. El mundo, a través de la malla, se volvió distante, un teatro de sombras. Estaba lista para el teatro del dolor; lista para ir al cementerio a enterrar al hombre que, al buscar su propia paz, le había arrebatado incluso el derecho a sentir el roce de su propio vestido.

El Teatro del Dolor

El cementerio de Père-Lachaise se extendía ante Aurora como una necrópolis de piedra devorada por la bruma. Bajo un cielo de color plomo, la lluvia de París caía fina y persistente, una cortina de hilos fríos que empapaba los hombros de la aristocracia reunida.

La joven avanzaba entre los mausoleos góticos y las cruces de hierro, sintiendo cómo el agua resbalaba por su piel de porcelana sin que un solo poro de su cuerpo se estremeciera ante la humedad.

A su alrededor, el aire debería haber apestado a tierra removida, a flores muertas y al incienso que el sacerdote agitaba con un ritmo hipnótico. Pero para Aurora, el mundo se había vuelto estéril.

Aspiró profundamente, buscando el aroma denso de las azucenas o el perfume pesado de los abrigos de piel mojada, pero no encontró nada. Su sentido del olfato se había extinguido, dejando su respiración llena de un vacío neutro. El mundo ya no tenía olor; era una imagen munda y fría.

—Pobre criatura... está en shock —susurró una voz a sus espaldas, oculta tras un abanico de encaje.

—Es la fortaleza de la tragedia —respondió otra, con esa falsa compasión que Tristán tanto despreciaba—. Mírenla, ni una sola lágrima. El dolor la ha convertido en piedra.

Aurora escuchaba los murmullos como si vinieran del fondo de un pozo. Miró a los padres de Tristán, figuras rígidas y distantes que la observaban con una sospecha que bordeaba el odio. Para ellos, ella era el material inflamable que había consumido a su hijo. No lloró cuando el ataúd comenzó su descenso.

Observó la caja de madera hundirse en la fosa con una curiosidad puramente física, registrando el sonido seco de la tierra golpeando la tapa: clac, clac. El sonido no le produjo agonía, solo una confirmación mecánica del final.

Se dio cuenta de que su propia voz, al susurrar el "amén" reglamentario, ya no poseía su antiguo matiz musical. Era una nota plana, una vibración desprovista de armónicos que no lograba conmover ni al viento que agitaba su velo.

La ceremonia terminó y la multitud comenzó a dispersarse hacia los carruajes, huyendo de la humedad que empezaba a calarles los huesos. Los padres de Tristán se marcharon sin dirigirle la palabra, dejándola sola frente al montículo de tierra fresca.




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