El Banquete de las Sombras
Arantha acortó la distancia, fracturando el círculo de bruma que los aislaba del mundo. El aire, que hasta hacía un segundo era una sustancia estéril y muda, se cargó de una estática pesada que erizó el vello invisible en los brazos de Aurora.
Él la observó con una fijeza extraña; no era la mirada de un cazador, sino la de un hombre que contempla una ruina hermosa con un pesar que parecía genuino.
—Estás tan vacía, Aurora —murmuró él, y su voz no solo resonó en sus oídos, sino que vibró en la base de su cráneo con una nota de profunda tristeza—. Eres una partitura sin notas. Un invierno que ha olvidado la nieve. ¿No extrañas el peso de tu propia sangre? ¿No te asfixia este silencio de mármol?
Antes de que ella pudiera retroceder, Arantha extendió un dedo largo y traslúcido. No hubo violencia en su gesto, sino una vacilación casi humana antes de rozar la frente de la joven. El contacto no fue frío ni cálido; fue una invasión de luz.
De pronto, el cementerio de Père-Lachaise se disolvió. El vacío de Aurora fue profanado por una marea de sensaciones que la golpearon como una tormenta largamente contenida.
Primero, el sonido: su propia carcajada. Un estallido de alegría pura de cuando tenía seis años; sintió el látigo de las espigas de trigo en las pantorrillas y el aire dulce de la libertad inflándole los pulmones hasta casi estallar. Luego, la luz cambió. El trigo se convirtió en sábanas de lino y la risa en un jadeo.
La invadió la memoria de su primer orgasmo; una descarga de voltaje que le astilló la columna, un calor líquido que le incendió el vientre y la hizo buscar desesperadamente el cuerpo de Tristán.
Fue una explosión carmesí detrás de sus párpados, un grito de vida que se quedó encallado en una garganta que ya no sabía gritar.
Pero Arantha no la dejó descansar en el placer.
La marea se volvió negra y amarga en un parpadeo. Sintió el peso de la tristeza desconsolada por la muerte de su padre. El frío hiriente del hospital, el olor a desinfectante y aquel nudo de hierro que le cerraba la garganta mientras el mundo se desmoronaba.
Fue un dolor tan real, tan denso, que sus conductos lagrimales se estremecieron, intentando parir una lágrima que su nueva naturaleza ya no sabía fabricar.
Tan rápido como llegó, el espejismo cesó.
Aurora se tambaleó y cayó de rodillas sobre la tierra fresca de la tumba. El silencio regresó, pero ahora era mil veces más pesado. El vacío en su pecho se sentía como una herida abierta. Había probado la vida por un segundo, y la sed que le dejó era una tortura insoportable.
Arantha se arrodilló frente a ella, quedando a su misma altura. No la miraba con triunfo, sino con una compasión sombría, como si le doliera ser el portador de tales noticias.
—Eso —susurró, y su mano rozó el hombro de ella con una suavidad protectora— es lo que eres. O lo que solías ser. Solo son ecos, Aurora, y los ecos no pueden sostener a una mujer de piedra. Pero yo puedo ayudarte. Puedo hacer que el eco sea el camino de regreso.
Ella levantó la vista, con sus ojos gris ceniza suplicantes, todavía sintiendo el fantasma del calor en su piel.
—Devuélvemelo —logró articular, y su voz plana vibró con una desesperación desgarradora—. Haz que vuelva a doler. Haz que vuelva a sentir. No me dejes en este silencio.
Arantha suspiró, un sonido cargado de una fatiga milenaria. Se acercó más, hasta que su aroma a violetas secas envolvió a la joven.
—Entiéndeme, pequeña porcelana —susurró, y su mano rozó el aire cerca de la mejilla de ella, como si no se atreviera a profanar su frialdad—. En este mundo de sombras, nada se recupera sin dejar algo a cambio, pero no lo veas como una pérdida. Es un intercambio de esencias.
Para que yo pueda guiarte hacia ese fuego que él te arrebató, necesito que confíes en mí. Necesito que me permitas beber de tu luz, no por egoísmo, sino para guardarla en un lugar donde el olvido no pueda tocarla. Yo cargaré con lo que a ti hoy te lastima; déjame ser el guardián de lo que tu alma ya no puede sostener.
El Primer Sacrificio
Arantha no se limitó a observar su caída. Con una delicadeza que desarmó la poca resistencia que le quedaba a la joven, se arrodilló sobre el lodo del cementerio, ignorando cómo su impecable abrigo de noche se manchaba con la tierra de la tumba. Extendió sus manos y acunó el rostro de Aurora entre sus palmas.
No estaban frías, como ella temía; desprendían un calor magnético y reconfortante, el tipo de calor que promete refugio en el centro de una tormenta de nieve.
—Mírame, pequeña porcelana —murmuró, y su voz fue un roce de terciopelo contra sus oídos—. Sé que duele. Sé que este vacío te pesa más que el hierro de tus propios huesos. Pero yo estoy aquí para aligerar esa carga. No pienses en esto como una pérdida, Aurora; es una poda necesaria para que tu esencia pueda volver a florecer junto a él.
Aurora, con los ojos empañados por una confusión que aún no llegaba a ser dolor, se dejó sostener. La presencia de Arantha actuaba como un bálsamo anestésico. En aquel mundo de vivos que la juzgaba por su silencio, él parecía ser el único capaz de leer las grietas de su espíritu.