Amor e morte

CAPÍTULO 4: ÁNGEL CAÍDO

El Bosque de Madera Muerta

Aurora caminaba entre los miles de caballetes, aferrada al brazo de Arantha con una firmeza que ahora le resultaba extrañamente necesaria. El taller infinito se desplegaba ante ellos como un laberinto de madera muerta y telas blancas que se perdía en una perspectiva imposible.

El calor no nacía de las llamas, sino de un esfuerzo físico inhumano y febril; el aire vibraba con un hedor a pigmentos y trementina tan denso que parecía poder masticarse.

A medida que avanzaban, Aurora notó algo perturbador en los cuadros descartados que jalonaban el sendero de serrín y óleo. No eran intentos fallidos de capturar su belleza; eran disecciones anatómicas de su espíritu.

Miles de bocetos donde Tristán había intentado desollar su luz, midiendo su peso, su refracción y su pureza con la minuciosidad de un carnicero. No había rastro de amor en esos trazos, sino la precisión quirúrgica de un tasador calculando el valor de una joya robada.

—¿Por qué hay tantos? —susurró Aurora. Su voz sonó más metálica, despojada ya de la calidez que su primera carcajada solía otorgarle—. Parece que estuviera buscando... un precio.

Arantha no respondió de inmediato. La guió con una elegancia felina, sorteando con desdén los restos de marcos rotos que crujían bajo sus pies.

—Un artista siempre conoce el valor de sus materiales, pequeña porcelana —dijo él, y sus ojos negros brillaron con una luz ambigua y antigua—. Pero un hombre acorralado sabe, además, qué puertas puede abrir con ellos si la ofrenda es lo suficientemente pura.

Aurora se detuvo frente a un lienzo que mostraba su propio corazón envuelto en pesadas cadenas de oro, conectadas a una puerta celestial que se vislumbraba entre nubes de incienso al fondo.

El contraste era obsceno: la Aurora de la pintura agonizaba en sombras, mientras el entorno prometía una gloria que claramente no era para ella.

Un escalofrío que no nació del frío le recorrió la espalda traslúcida. Comprendió entonces que el suicidio de Tristán no había sido un acto de desesperación romántica, sino una maniobra de apertura.

Él sabía que el abismo lo reclamaría por quitarse la vida, pero también sabía que nadie permanece en los dominios del castigo si entrega el alma pura de otra persona como fianza.

—Él no me está esperando para terminar nuestra historia —murmuró ella, con sus ojos gris ceniza fijos en la figura de Tristán, que ya se divisaba al fondo, trabajando en el centro del vacío—. Me está usando como su salvoconducto.

Arantha apretó su brazo con una presión que fue casi una advertencia.

—En este lugar, Aurora, la verdad es el pigmento más corrosivo de todos. ¿Todavía deseas llegar hasta él, sabiendo que no eres su musa, sino la moneda con la que piensa comprar su entrada al paraíso?

Aurora no vaciló, pero su motivación había mutado. Ya no era el amor lo que movía sus pasos de porcelana, sino una necesidad mecánica y fría de recuperar lo que le pertenecía antes de que él la entregara en el altar de su propia ambición.

El Tasador de Esencias

Aurora se zafó del abrazo de Arantha y corrió hacia el epicentro del taller, sorteando caballetes que se alzaban como osarios de madera en la penumbra. El calor allí era una masa sólida y sofocante, cargada de un sudor metálico y el siseo violento de las pinceladas de Tristán contra el lienzo, un sonido que recordaba al de una herida siendo cauterizada.

—¡Tristán! —gritó ella. Su voz, despojada de su antigua musicalidad, sonó como la colisión de dos piedras secas.

Él no se detuvo. Permanecía de espaldas, con el torso desnudo y los músculos vibrando por un esfuerzo que parecía más mecánico que creativo. Al acercarse, Aurora comprendió el horror de la técnica: Tristán no empleaba pigmentos.

Su pincel, hecho de cerdas que recordaban sospechosamente al cabello humano, arrancaba jirones de un azul eléctrico directamente del aire, hilos de luz que ella reconoció con un espasmo de agonía: era su propia esencia, siendo succionada y esclavizada sobre la tela.

—Tristán, mírame —suplicó ella, invadiendo su espacio—. He vuelto por ti. He venido a reclamar lo que me pertenece.

Él se detuvo en seco. No hubo el giro romántico que su memoria aún intentaba fabricar, ni el alivio del reencuentro. Tristán dejó caer el pincel y se volvió con una parsimonia que heló la poca sangre que le quedaba a Aurora.

Sus ojos verdes, antes pozos de tormento poético, estaban ahora inyectados en una luz dorada, fría y ambiciosa. No la miró con el hambre de un amante, sino con la fijeza de un tasador que examina una gema que creía extraviada.

—Llegas a tiempo para el cierre, Aurora —dijo él. Su voz era firme, cargada de una arrogancia aristocrática que ya no necesitaba fingir—. El cuadro está casi terminado. El alma que me entregaste resultó ser más valiosa de lo que calculé; los Guardianes del Umbral están gratamente impresionados con la oferta.

Aurora retrocedió, con sus ojos gris ceniza dilatados por el shock.

—¿Oferta? ¿De qué estás hablando? Yo te di mi luz para que pudieras sentir, para que tu arte tuviera verdad...

Tristán soltó una risa seca, un sonido que cortó el aire denso del taller como un escalpelo. Se acercó a ella, invadiendo su refugio personal, y la tomó del mentón con dedos manchados de una luminiscencia plateada y gélida.




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