Amor e morte

CAPÍTULO 5: AGONÍA

El Desgarro de la Realidad

Aurora contempló sus manos. La obsidiana de sus dedos parecía haber sido forjada en el núcleo de una estrella muerta; un negro absoluto que no reflejaba la luz dorada del taller, sino que la devoraba con un hambre silenciosa.

Ya no sentía el peso del hierro en sus huesos, sino una ligereza depredadora, una urgencia de movimiento que antes le era ajena. Al cerrar los puños, el roce de sus garras produjo un chirrido metálico, un eco gélido de la voz que acababa de entregar al vacío.

—Hazlo —susurró Arantha a sus espaldas, con una voz que fue una caricia de seda sobre su nuca—. Reclama lo que es tuyo.

Aurora se lanzó hacia el caballete. Esta vez, cuando el lienzo dio un espasmo para expulsarla, ella no retrocedió. Sus manos de obsidiana cortaron el aire con un siseo de guadaña y se hundieron en el marco dorado.

El impacto no fue seco; el cuadro emitió un gemido orgánico, un estertor de carne desgarrada que hizo que los miles de caballetes a su alrededor vibraran con un temblor de agonía.

Tristán soltó un alarido de horror, pero su mirada no buscó a Aurora, sino la herida en el lienzo.

—¡Detente, animal! —gritó él, blandiendo su pincel como si fuera un estilete ensangrentado—. ¡Estás profanando la perfección! ¡Ese cuadro es mi salvoconducto al paraíso!

Aurora lo ignoró. Hundió sus dedos de sombra en el centro del pecho de la figura pintada y tiró con una fuerza nacida de su vacío absoluto. El óleo, que hasta entonces simulaba ser una superficie sólida, comenzó a comportarse como carne viva.

Bajo sus garras, la pintura se desgarró en jirones, revelando una brecha de luz azul eléctrica que comenzó a supurar sobre el suelo de madera.

No era pintura. Era esencia pura, caliente y vibrante, que salpicó la tez blanca de Aurora y sus manos de piedra negra. Donde la luz tocaba su piel, ella sentía un dolor exquisito, una "santa agonía" que le devolvía, por microsegundos, la conciencia de estar viva.

Era como beber fuego helado; una descarga de realidad que la quemaba y la redimía al mismo tiempo.

El taller entero comenzó a deformarse. Las paredes de lienzo se curvaron como piel bajo una fiebre y los colores de los cuadros descartados empezaron a sangrar hacia el centro de la estancia, atraídos gravitacionalmente por la brecha que ella estaba abriendo.

Tristán intentó abalanzarse sobre ella, pero Aurora, sin dignarse a mirarlo, lanzó un zarpazo que cortó el aire a milímetros de sus ojos. Él retrocedió tambaleándose, viendo con pavor cómo el azul de su obra maestra se desparramaba por el suelo, perdiendo su forma de mujer para convertirse en un charco de alma herida.

—No la estás salvando —jadeó Tristán, buscando refugio en las sombras del umbral—. La estás deshaciendo. Un alma fuera de su envase no es más que luz que se extingue.

Aurora no lo escuchó. Sus dedos seguían ensanchando la grieta, y a través de los jirones de óleo, vio por fin el rostro de su alma. Pero no era la joven radiante de veintiún años que recordaba; era una máscara de terror absoluto que la observaba con ojos que ya no pedían rescate, sino un final definitivo.

Los Guardianes del Umbral

El desgarro del lienzo provocó un sonido que no pertenecía al plano físico: un tañido de campana rota que sacudió los cimientos del taller infinito. Al ver que el azul eléctrico de su salvoconducto se derramaba inútilmente, Tristán cayó de rodillas, pero no por arrepentimiento. Su rostro, antes bello y atlético, se crispó en una mueca de fanatismo desesperado.

—¡Reclamo el pacto! —aulló Tristán, golpeando el suelo con sus palmas manchadas de esencia—. ¡Guardianes del Umbral, vuestra moneda se desangra! ¡Venid por el festín!

El aire del taller, antes sofocante por el óleo, se volvió gélido de golpe. De los rincones más oscuros, allí donde los caballetes se amontonaban como osarios, emergieron tres figuras que parecían forjadas en pergamino quemado y tinta seca.

Eran altas, carentes de rostro, vestidas con túnicas de un gris ceniza que se agitaban con un hambre propia. No tenían ojos, pero sus presencias se sentían como el acecho de depredadores alfa olfateando sangre caliente.

Los Guardianes del Umbral. Los carniceros de esencias del abismo.

Aurora se irguió frente al cuadro profanado, con sus manos de obsidiana goteando la luz azul que la quemaba. Los seres no se deslizaron; se abalanzaron hacia ella con la precisión de cazadores expertos.

Uno de ellos extendió un brazo que terminaba en una garra de hierro y, con un movimiento violento, trazó un círculo en el aire. De inmediato, el suelo de madera se convirtió en una trampa de grafito viscoso que atrapó los pies de Aurora.

Unas cadenas de sombras vivas, pesadas y punzantes, brotaron del vacío para rodear sus muñecas, hundiéndose en su piel de porcelana con la intención de succionar lo que quedaba de su calor.

—La luz ha sido prometida —rugieron los Guardianes, una voz que sonaba como el crujir de mil huesos rompiéndose en una fosa común—. La vasija está llena de miedos y memorias... un banquete que ya ha sido marcado.

Tristán se puso en pie tras ellos, con una mirada de regocijo sádico.




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