Amor en ascenso

El campo de batalla está listo

Irene Loaiza detesta la idea de odiar a otra persona. Ha llegado a cruzarse con gente desagradable a lo largo de sus treinta años, pero nunca gastó su tiempo en odiarlas. Lo considera eso, una pérdida de tiempo. Para ella, odiar es pensar constantemente en alguien, torturarse con cada paso que da, con cada palabra que dice o no dice, con si respira o no. En fin, es dedicarle tiempo, tiempo que podría invertir en otras cosas, en otras personas, en lo verdaderamente importante.

Sin embargo, en contra de sus propios principios, cree sentir algo cercano al odio por Benjamín Urriarte.

Han pasado siete años desde que tuvo la mala suerte de conocerlo, y entre esos largos siete años, esa sensación de infinidad de cada día laboral —y algunos no laborales— es por él. A que la noción de la existencia de aquel hombre la persiga. Gracias a él ha desperdiciado mucho de su tiempo, y detesta haberlo hecho. Pero Benjamín no colaboraba: era simplemente insoportable.

Se acomodó en su asiento, intentando alejarse un poco del hombre a su lado. Con los brazos cruzados, miró hacia la puerta que pronto tendrían que atravesar.

—¿Nerviosa, Loaiza?

Era el pesado de siempre, Benjamín Urriarte, asomándose a su costado e invadiendo el espacio que Irene había intentado cuidar hasta hace un instante.

—Solo tengo prisa, Urriarte. Hay trabajo por hacer.

Se mantuvo todavía con la mirada en la puerta, no quería voltear a verlo ni darle espacio para ampliar la conversación. Tenía suficiente con soportarlo en el escritorio de enfrente y tener que intercambiar con él datos de cada proyecto que desarrollaran, ya fuera juntos o separados.

Hace siete años entraron a esa empresa luego de realizar la entrevista juntos, no por voluntad, sino por azar. Fueron por el mismo puesto, el mismo área, y contra todo pronóstico, quedaron ambos. Ese día, o más bien, el momento antes de recibir cada uno la llamada de la empresa, ella lo había considerado brevemente alguien agradable.

La entrevista había terminado y ambos estaban convencidos de que no quedarían en el puesto, el aire frío de la tarde los empujó hacia el carrito de hamburguesas que se levantaba en la esquina, con su toldo rojo descolorido y el humo impregnando la vereda. Se sentaron en el césped, cada uno con una hamburguesa completa en la mano, y dejaron que las migas se acumularan sobre sus trajes impecables.

El pan estaba tibio, la carne chorreaba jugo y la mostaza se escapaba por los costados. Irene, que apenas había probado la tostada que su hermana le obligó a comer esa mañana, devoraba cada bocado como si fuera un premio. Benjamín la miró de reojo y sonrió, con esa sonrisa que más tarde Irene aprendería a detestar.

—Esta fue mi quinta entrevista —dijo él, con la boca medio llena.

Irene levantó las cejas, sorprendida de que confesara algo tan personal.

—Esta es mi sexta —respondió, bajando la voz como si fuera un secreto. No solía admitirlo fuera de su casa—. Pero es la cuarta en este puesto. También apliqué para secretaria administrativa dos veces y no quedé.

Se rió de sí misma, con un gesto que mezclaba vergüenza y alivio.

—Creo que se imaginaron que querría hacer otras cosas —agregó, mordiendo su hamburguesa—. Estaba sobrecalificada, supongo.

Benjamín soltó una risa breve, sincera.

—Qué tontos.

Por un instante, Irene también rió con él. El humo del carrito, el sabor salado de las papas compartidas, la complicidad de dos desconocidos que creían estar derrotados: todo eso parecía un momento ligero, casi amable. Nada parecido a los años siguiente a ese, mucho menos al ahora.

Un soplo de aire caliente en su oído la devolvió al presente. Se estremeció y giró apenas la cabeza: Benjamín estaba demasiado cerca.

—¿Tiene hambre, Irene? —preguntó con esa voz que siempre sonaba a provocación—. Estaba hablándote.

Como si su cuerpo la traicionara, el estómago rugió en respuesta. Irene apretó los labios, furiosa por la coincidencia. No lo había escuchado llamarla antes, y ahora él tenía la ventaja de haber captado su atención.

Iba a contestarle, pero escucharon la puerta al fondo del pasillo abrirse y ambos se pusieron de pie de inmediato.

—Buen día, jefe.

Saludaron en sincronía.

—Pasen, por favor —les indicó el señor Valterra.

Caminaron lado a lado hacia la oficina por la que desapareció su jefe, cuando llegaron a la puerta, Benjamín hizo un ademán exagerado para cederle el paso a Irene. Ella rodó los ojos y entró inmediatamente, se acercó al escritorio de su jefe y tomó asiento cuando él se lo indicó al verla.

—¿Algún nuevo y gran proyecto, señor Valterra? —consultó Benjamín al llegar con ellos y tomar asiento también.

La mujer a su lado sentía las primeras migrañas con solo pensar que tenían que hacer algún otro proyecto juntos, se masajeó las sienes y volvió la mirada a su jefe con una expresion un poco suplicante.

—Así es, Urriarte —contestó el mayor en aquella oficina, asintiendo—. Pero será diferente.

Se levantó de su silla y caminó rodeando su escritorio hasta encontrarse parado detras de sus dos empleados.




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