(Vestido ideal)
Chimbote, 10 de marzo de 2020.
Emma
El centro comercial de Chimbote está repleto de personas, como todos los viernes. Camino entre la muchedumbre con mi amiga Isabella. Me siento decidida, como si fuera la líder de una expedición y no solo por la búsqueda del vestido más importante de mi vida.
La gente se mueve con normalidad; es como si no les importara lo que el mundo está viviendo. El coronavirus se originó en China en el 2019 y ha cobrado miles de vidas. En Europa muchas personas han muerto debido a un virus contagioso parecido a la gripe. No entiendo por qué la gente no usa cubrebocas sabiendo que ya tenemos varios casos de covid-19 aquí en el Perú; gracias a Dios, los casos están siendo controlados. Las noticias en Europa son aterradoras. Si no nos cuidamos, pronto seremos las víctimas.
—No entiendo por qué la gente es tan irresponsable. ¿Acaso no ven las noticias de Europa? —dice Isa, molesta—. Si supieran que hay más casos de lo que se ha informado aquí en Perú.
—¿De qué hablas? —cuestiono, acomodando mi mascarilla—. Que yo sepa, los casos están siendo controlados.
—Ah, nada. Solo decía —se apresura en decir.
—Bueno, vayamos por mi vestido —digo.
—Te prometo que hoy sí encontraremos el vestido de novia más hermoso —anuncia Isa, levantando las manos en el aire —. Serás la novia más hermosa del mundo.
—Dios te oiga —me río.
Decidimos ingresar a una tienda de vestidos de novia. Una joven nos recibe con una sonrisa al entrar y el aroma a rosas me envuelve por completo.
—Wooo. —Todo se ve increíble —expresa Isabella—. Mira ese.
Mis ojos van a la dirección que me señala mi amiga y veo un vestido blanco repleto de perlas plateadas. Siento en el estómago formarse un terremoto.
—Te gusta —dice Isabella, como si pudiera leerme la mente—. Vamos, pruébate ese.
—Ok, está bien —me dirijo al probador.
Isabella empieza a revisar los vestidos como toda una experta. Saca los vestidos, los mira y los vuelve a colgar. Dos minutos más tarde regreso puesto el vestido. Ella abre los ojos con exageración como si hubiera descubierto un tesoro.
—¡Increíble! —exclama, aplaudiendo—. Ese vestido parece hecho para ti.
—Parece hecho para quedarme pobre —replico al ver el precio.
Mi amiga deja salir una carcajada. Amo el vestido, pero el precio es exagerado.
—¡Este! —grita Isa, levantando un vestido con una obertura en la pierna—. Con este captarás la mirada de todos.
—No. Es muy revelador —digo.
Ese vestido no es mi estilo. Aun así, aceptó probármelo por darle gusto a mi amiga. Trato de subirme el vestido sin enredarme. Cuando lo logro, respiro hondo y miro el espejo.
No es mi estilo.
—¿Terminaste? —pregunta Isa desde afuera.
Abro apenas la cortina.
Los ojos de mi amiga se iluminan.
—Te queda muy sexy.
Ruedo los ojos ante su comentario. Me miro en el espejo una vez más. El vestido está hermoso, pero no es mi estilo. Me gustan los vestidos más casuales. Continúo vistiéndome vestido tras vestido; sin embargo, ninguno llena mis expectativas. Observó el vestido que me probé primero y siento una calidez en el pecho. Desde que entré a la tienda lo sentí especial. Su enorme cola es fascinante.
—Tendré que elegir ese —digo señalándole.
—Aprovecha el regalo de tu futuro esposo —recomienda Isa—. Una no se caza dos veces en la vida.
—Tienes razón —concuerdo.
—Ahora los tacones
—Estos estarán bien.
Después de pagar el vestido. Salimos del lugar con la bolsa más importante de mi vida.
—Ok, ya casi estás lista para tu boda —declara Isa—. Ahora solo falta la fiesta y los invitados.
—Y el novio.
—El traje para el novio —me corrige—. De eso se encargará Gael.
—Pues sí, pero él se pone muy nervioso por estas cosas.
—Más tarde le diré a Sebastián para que lo acompañe.
—Buena idea —digo.
En estos momentos tener a Isa a mi lado es gratificante. Me hace bien que alguien me dé un empujón. Sin ella probablemente todo sería un desastre.
Cuando estamos cerca de la escalera mecánica, agarró la bolsa contra mí.
—¿Te imaginas si suelto el vestido y va a parar a otro lado?
—Eso sería fatal —dice Isa —. Estás demasiado negativa.
—Es que tengo un mal presentimiento.
—Nada va a pasar, Emma.
Esta vez rio al verla hacer muecas un tanto exageradas. No sé si estoy nerviosa por la boda o por mi trabajo en el hospital.
Ya en la salida del centro veo a dos chicos caminando hacia nosotras. Cojo del brazo a Isa y casi la arrastro a un costado para que no nos puedan ver. Siento como si mi corazón latiera en mi garganta.
—¿Qué pasa…? —Isa también los ve—. —Escondámonos detrás de ese coche —recomienda.
Como sea, nos escondemos sin que mi futuro esposo y su amigo nos vean. Con Gael nos conocimos en la universidad; un día tropezamos en la cafetería y ese fue el principio de nuestra historia. Ese momento fue muy cliché.