Amor en Emergencias

Capítulo 2

(Anillo)

Gael

—Algo ocultan las chicas —dice Sebastián.

Me enfoco en los trajes de esmoquin. Uno de color azul llama mi atención. La textura y la elegancia conforman el traje traído desde Madrid.

—Son cosas de chicas —suelto con simpleza.

Mi amigo se planta frente a mí. Un tic aparece en su ojo derecho, mientras me observa con cautela. Lleva un polo del Barcelona y un short azul marino. Su cabello castaño y sus facciones marcadas llaman la atención de la señorita que está atendiéndonos.

—¿Y si tienen un amante?

Ruedo los ojos.

Ya sé a dónde va todo este dramatismo. A mi amigo le gusta Isa; aunque no lo quiera admitir en voz alta, sus acciones lo demuestran. Su fama de casanova es algo que no va a dejar tan fácil.

—¿Y si Isabella está saliendo con alguien?

—Pues es lo normal —expreso—. ¿Ella te gusta?

—No.

Suelto una carcajada. Me pregunto si actué igual que él cuando conocí a Emma. A veces somos un poco cabezotas para aceptar nuestros sentimientos. Y eso me preocupa, ya que puede dejar ir a Isabella por su arrogancia.

—Bueno, campeón. Vamos a comprarte el traje —dice, cambiando el tema.

Me meto en el probador con el traje negro y la camisa blanca. Minutos después salgo envuelto en el traje como un pingüino.

—¿Qué tal me veo? —pregunto a Sebastián.

—Más decente —ríe.

Vuelco los ojos al cielo por su comentario.

—Mira esta noticia —me hace ver la pantalla de su celular—. Hay más casos del virus en el Perú.

—Es mejor que usemos mascarilla para estar prevenidos.

Ambos no le damos importancia al asunto.

—Tienes razón, porque quiero casarme con Emma —confieso, poniéndome la corbata.

—Bueno, ¿entonces te quedas con ese traje?

—Sí.

Realizo el pago en efectivo a la señorita de la caja y luego me empacan el traje, mientras mi amigo contesta una llamada. Diez minutos más tarde vamos camino a la salida. Todavía puedo sentir la tela suave entre los dedos, como si mi piel la estuviera memorizando. Desecho los malos pensamientos y me digo a mí mismo que en una semana Emma y yo seremos marido y mujer.

Dejo a mi amigo en su trabajo. Respiro hondo y salgo rumbo a la casa de mis padres. La cena familiar es una tradición en nuestro hogar desde cumpleaños, graduaciones, proyectos… y, ahora, mi boda.

Cuando llego, todos están sentados junto a la mesa cenando. El olor a pollo horneado se funde en mis fosas nasales.

—Cariño —dice mamá desde la cocina—. Te estábamos esperando.

Mi madre viste un delantal amarillo lleno de dibujitos de vegetales. Se ve tan hermosa.

—Disculpen, se me hizo tarde —confieso, rodeándola con un abrazo.

Ella huele a hogar. Entre el olor de comida y su perfume. Combinación perfecta.

—¿Y cómo te fue? —pregunta al separarnos.

—Bien. Ya tengo el traje para la boda.

—Qué bueno, cariño. Vas a ser el hombre más guapo de la fiesta.

Le regalo una sonrisa ladeada.

—Gael, ¿ya cenaste?

El tono de mi padre me intimida un poco.

—Aún no.

—Entonces toma asiento. Tengo algo que hablar contigo.

—Primero deja que coma algo el muchacho —interviene mamá.

Nos sentamos a la mesa para degustar las mejores recetas de mamá. Vierto la mayonesa al pollo y a las papas fritas. También pruebo la ensalada de repollo, pepinillo y lechuga.

—Sabes que no estoy de acuerdo con tu boda —empieza mi padre—. Pero como no puedo hacerte cambiar de opinión. No me queda más que darte mi bendición.

Mi madre se queda en silencio.

—Gracias por entender, papá.

Me limpio la boca con una servilleta.

—¿Ya compraste el anillo? —interroga mi padre.

—Aún no.

Levanto la vista del plato y miro a mamá.

—Tu madre tiene un regalo para ti —dice papá.

La anciana se pone de pie y va directo al cajón del librero. Rebusca dentro del mueble por varios segundos hasta que vuelve con una pequeña cajita de color negro de terciopelo. Una gran sonrisa está dibujada en su rostro.

—Esto me lo regaló tu padre —dice, mientras abre la caja—. Es nuestro anillo de bodas.

Un anillo hermoso brilla en sus manos, bañado de un color dorado escarchado. Está implacable. Parece un diamante.

Recuerdo que el anillo que le di a Emma cuando le propuse matrimonio me lo prestaron unos amigos para la ocasión. Ya sé, suena tonto.

—Quiero que se lo des a Emma —rompe en llanto.




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