(Domingo especial)
Chimbote, 15 de marzo de 2020
Emma
El sonido de mi celular me hace abrir los ojos con dificultad. Los rayos de sol apenas se cuelan por las grietas de la ventana. Me remuevo con pereza hasta alcanzar mi celular que se encuentra en el pequeño escritorio junto a la cama.
Veo en la pantalla del móvil el nombre de Isa.
—Hola —digo somnolienta.
—Emma, ¿te encuentras en casa?
—Si
—No salgas, por favor —ruega.
—¿Por qué? —cuestiono, mientras me pongo los zapatos.
—Es solo que mañana es tu boda y es mejor que descanses —se apresura en decir.
Me froto la cara con las manos y luego aparto el cabello que cae por mi frente.
—Tranquila, me quedaré en casa. Mi mamá y yo haremos un rico almuerzo; si quieres, puedes venir… —miro la pantalla del móvil—. ¿A las diez te parece?
—No puedo. Será otro día —me corta.
Frunzo el ceño confundida por el comportamiento de mi amiga. Ella nunca se negaría a un almuerzo de mamá. Isa y yo somos amigas desde que somos pequeñas e íbamos al mismo jardín. Fue difícil para ella vivir sola con su padre después de la muerte de su madre. Él es dueño del famoso hospital del centro. Eligió ser doctora como su padre y él ha sido su ejemplo a seguir.
En mi caso, perdí a mi padre a los ocho años, mi madre hizo lo imposible para sacarme adelante y convertirme en una profesional. Y lo ha logrado.
Me pongo de pie y salgo de mi habitación rumbo a la sala de mi casa, donde encuentro a mi mamá poniendo el desayuno en la mesa. Al notar mi presencia, me sonríe y me hace una seña para que me acerque.
—Te hice unos camotes tostados —murmura comiendo uno—. Siéntate.
—Gracias, Ma. Se ven deliciosos.
En la mesa hay avena y zumo de naranja. Todo se ve delicioso. Adoro a mamá.
—Mientras desayunas, voy a comprar las cosas para el almuerzo —avisa, pero la detengo—. ¿Qué pasa?
—Ma, no me gusta que salgas. Te dije ayer que compraras todo.
—Pero la tienda queda al costado, hija —me recuerda.
—Igual, mamá. Siéntate y yo voy en un rato. Recuerda que sufres del corazón.
—Okey —se rinde.
Nos ponemos a desayunar juntas. Me sirvo un poco más de jugo.
—¿Ya todo listo para mañana? —pregunta.
—Sí, en un rato llamaré a la organizadora.
Sirvo agua en un vaso de vidrio y se lo doy a mi mamá cuando veo que ya ha terminado su desayuno. Voy a la cocina por las aspirinas; las ubico junto a la alacena. Cuando regreso a la sala, mi madre ya está recogiendo las tazas y platos sucios. Le doy la pastilla y me aseguro de que se la tome. A veces es un poco quisquillosa para tomarse los medicamentos.
Cuando veo que se la toma, me voy a mi habitación a cambiarme de ropa. Abro mi armario y elijo unas prendas cómodas. Un pantalón de mezclilla y un polo de algodón. Decido usar las zapatillas de un día antes y los mismos lentes de toda la vida.
Observo mi habitación, que no es tan pequeña ni tan grande. Vivo con mi mamá y tenemos la casa propia. Cuando me case, pienso llevármela conmigo; Gael sabe eso y no se opone al respecto.
Regreso a la sala y ya no encuentro a mi progenitora; por un momento me preocupo, porque pienso que ha salido a la calle sin avisarme, pero escucho el ruido del agua en la cocina. Voy hacia ella y la encuentro lavando los platos; la ayudo para que de esa forma terminemos más rápido. Una vez terminado, nos sentamos en el sofá de la sala a mirar la televisión.
Recibo un mensaje de Gael, dándome los buenos días. Le envío muchos corazones; en el proceso se me escapa una risita. Lo cual, mi mamá se queja por no dejarle mirar su novela.
—Voy a comprar —aviso, poniendo mi celular a cargar.
—No olvides tu mascarilla, cariño.
—No te preocupes.
Me pongo la mascarilla, cojo mi monedero y salgo. Mi casa y otras más quedan encerradas por un muro muy largo, quedando un callejón. En el me encuentro a una vecina. No está usando mascarilla.
—Hola, Emita —me saluda la señora Laura.
Mantengo mi distancia.
—Buenos días, vecina.
—Tu mamá me comentó que mañana te casas.
—Sí, ¿le dio la invitación, verdad?
—Sí, gracias. Iré con mi esposo.
—Bueno, la espero. Cuídese mucho.
Ella asiente y luego la veo alejarse. La tienda queda muy cerca, así que solo camino unos cuantos pasos. La bodega solo funciona por la ventana de rejas, así que tengo que tocar la barra con la moneda y en unos instantes sale la vendedora.
—Buen día, doctora. ¿Qué desea llevar?
—Buen día, vecina. Quiero un kilo de pollo y salsa de tomate.
—Ok.
Cuando me da lo que pedí, lo hace con duda. Como si temiera acercarse a mí. No la culpo; como personal médico, estoy expuesta a tratar a los enfermos y eso equivale a contagiarme, pero gracias a Dios en el hospital no hemos tenido ningún caso.
—Gracias, vecina —digo al recibir y pagar la compra.
Regreso a la casa y me desinfecto las manos y las compras con alcohol. Limpio todo, incluido las llaves y el dinero que me dieron de vuelto.
Reviso mi WhatsApp, pero no encuentro ningún mensaje de Isa. Ella trabaja en el hospital de su padre, mientras que yo trabajo en el hospital norte de Chimbote.