(Recuerdos especiales)
Isabella
Mi mamá pone el pollo en la nevera. Me acerco para ver el interior.
—Genial, tienes verduras —digo cerrando la puerta.
—Ayer fui al mercado.
—Bueno, ahora empecemos a cocinar.
—Te enseñaré a hacer los mejores tallarines rojos que has comido jamás.
Me río.
—Yo estaré gustosa de aprender.
Nos mantenemos un buen rato cocinando. Mi madre me ayuda y sigo sus instrucciones. Preparo un jugo de maracuyá mientras mamá me hace preguntas sobre mi novio. Luego me explica la importancia de hacer bien la salsa. Rayo la zanahoria y el tomate. Ella se ve encantada mientras me enseña; es como si este fuera su escenario. Para darle un toque peruano, preparamos la huancaína.
Cuando terminamos, sirvo los platos y los llevo a la sala. Mamá se encarga de servir en los vasos de vidrio el jugo de maracuyá. Luego nos sentamos a degustar los tallarines rojos.
Miro a mi madre con admiración; gracias a ella conseguí convertirme en médico.
—Después de la boda, voy a continuar con mi trabajo en el hospital —comento.
—Hija, quisiera que tomes unas vacaciones —dice.
Tomo el cubierto y envuelvo una gran cantidad de fideos. Al llevármelos a la boca, cierro los ojos para disfrutar el sabor.
—Solo me dieron permiso mañana —me pongo seria para que no haya más cuestionamientos.
—Está bueno —se centra en su plato.
Mezclo la huancaína con mis tallarines; el picante le da un toque más original. Dejo el tenedor en el plato y cojo la cuchara para servirme la cancha. Mi mamá hace lo mismo; a ambas se nos forma una sonrisa de satisfacción.
—Delicioso —le doy la razón a la vez que bebo mi jugo.
Ella niega con la cabeza y me sirve más cancha.
El tiempo va pasando y se va haciendo tarde. Conversamos sobre la casa que alquilaremos con Gael después de la boda. Le comento que no tendré luna de miel, porque me tengo que reincorporar al trabajo. Aunque le disguste el tema del trabajo, en esta situación trato de convencerla lo más que puedo.
Voy a la cocina por mi segunda porción. Cuando regreso, encuentro la televisión encendida; las noticias de mediodía nos acompañan en el almuerzo. La periodista comenta que se han incrementado los contagios; eso me preocupa porque, si los casos llegan a incrementarse, los hospitales no podrán abastecerse por la falta de camas y oxígeno.
—Mamá, si tengo que atender a los pacientes Covid, lo voy a hacer —le hago saber.
Mamá deja su tenedor sobre el plato.
—Emma, mañana vas a casarte. Ya no eres solo tú.
No quiero tocar el tema, pero debo hacerlo, porque es posible que los hospitales colapsen. En Brasil la situación está grave.
—Me voy a casar, pero eso no significa que ya no pueda hacer lo que me gusta. Sé que él sabrá entender.
Me pone atención, pero tiene el ceño ligeramente fruncido.
—Tener un esposo tiene sus responsabilidades —se lleva el vaso a la boca.
—Voy a cumplir con mis responsabilidades —digo sincera.
Sé muy bien que tener un esposo conlleva sus responsabilidades. Gael es psicólogo y entiende perfectamente la situación de mi trabajo.
—Bueno, ni siquiera me he casado y ya estamos armando todo un lío. Quiero que mañana las dos la pasemos genial.
Mamá me observa, no muy bien convencida de la situación, pero aun así lo deja pasar.
—Debes darte un baño y relajarte. Una no se casa dos veces en su vida, así que disfruta cada momento.
Alzo el pulgar de acuerdo con ella.
☘☘☘
Después de darme un baño relajante, voy a mi habitación. Mi piel huele a arándanos y frambuesas. Peino mi cabello negro un largo instante. Me quedo mirando la caja de mi vestido de novia; por un momento imagino que me encuentro de blanco caminando hacia el altar. Ahí junto al cura está Gael esperando por mí.
Los pasos bruscos de mi madre me hacen salir de la ensoñación.
—Emma —dice mamá tocando la puerta—. ¿Ya terminaste de bañarte?
—Sí, puedes pasar.
Mi querida mamá ingresa luciendo un vestido azul con flores color rosa. En el brazo sostiene el álbum familiar. Ahí se encuentran las fotos de la boda de mis padres, mi niñez y mi graduación de secundaria.
—Quiero darte este regalo de bodas —dice suavemente—. No es la gran cosa, pero es lo único que tengo.
—Mamá, el mejor regalo es que estés conmigo, presente en mi boda.
Mis palabras causan algo en ella, porque en seguida se pone a llorar.
Abro el álbum y me encuentro con una foto donde se encuentran mi padre y yo siendo aún una bebé. Él está sonriendo, lleva un pantalón de mezclilla y una blusa celeste. En cuanto a mí, visto un vestido blanco.
—Lamento que él no esté para llevarte al altar —solloza.
Ahora es mi turno para soltar una lágrima.
Sé que él estará conmigo mañana. Caminará junto a mí sin dejarme caer.
—No tengo dudas —asegura.
Paso de página y me encuentro con la imagen del día de mi bautizo. Tengo una cara de disgusto; me supongo que no era tan paciente en ese instante. Cada página del álbum está llena de momentos memorables, pero a partir de las cinco hojas solo son de mamá y yo. Mi madre me va narrando cada momento, cada instante que ha sido plasmado en una hoja de papel. Sonrió al ver la foto de mi cumpleaños número quince; recuerdo que mamá nos preparó a Isa y a mí una torta de chocolate. Las últimas hojas después de mi graduación de la universidad están vacías.
—Ahora te toca llenar esas hojas —comenta mirándome a los ojos—. Llénalas con las fotos de tu boda, de tus hijos y tus nietos.
Asiento con un nudo en la garganta.
—Gracias, mamá —expreso.
Mis ojos se humedecen, pero no de la tristeza, sino al contrario, de la felicidad. Porque es un buen regalo, es un nuevo inicio.
—Bueno, termina de peinarte mientras yo hago tu sopa favorita —avisa.