(Virus)
Chimbote, 16 de marzo.
Emma
En el camino veo a través de la ventana de un taxi las tiendas abarrotadas. La gente se empujaba con desespero. Al llegar a mi trabajo, mi amiga me intercepta en la entrada; se supone que ella debería estar trabajando en el hospital de su padre.
—Hay varios pacientes confirmados con covid-19. Ten cuidado —dice Isabella de manera apresurada—. Hay varios casos en tu hospital.
—Es absurdo —continúo caminando a la zona de emergencias.
Ella me detiene del brazo y me susurra lo siguiente:
—Están sobornando a la prensa para que aún no se sepa.
Ahora es mi turno para llevarla del abrazo hacia una esquina para que nadie nos pueda escuchar.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
Asiente.
—Tienes que renunciar ahora, Emma.
Niego con la cabeza.
—¿Qué harás tú?
—No puedo renunciar. Mi padre no me lo permite.
Observo sus ojos angustiados.
—Si hay un virus, debemos enfrentarlo —digo.
—No puedes luchar contra algo invisible.
—Somos doctoras, Isa.
—No lo entiendes. Europa está al borde del colapso, y ellos cuentan con un buen equipamiento en salud. Imagínate nosotros, que no tenemos nada.
Un pinchazo me atraviesa completa.
—Hazlo por tu madre. Y lo siento por tu boda —pronuncia antes de alejarse.
Esta vez no voy detrás de ella. Oh, Dios. Esto tiene que ser un sueño.
Camino rápidamente hasta la dirección, pero mis pasos son lentos y dudosos; a lo lejos veo al doctor Jorge. Es un hombre alto y con mucha experiencia. Continúo caminando mientras que las demás enfermeras y pacientes cruzan por mi costado. Algunos usan mascarilla y otros no.
—¡Doctor! —grito para que me vea—. ¡Doctor, Jorge!
Él se detiene y voltea a verme. Llegó lo más rápido posible a su lado.
—¿Tenemos pacientes con covid? —pregunto, preocupada.
—Sí, pero ya los enviamos a cuarentena —saca su cubrebocas—. Lo siento por tu boda.
Le restó importancia.
—¿Cree que esto se complicará?
—No creo —pone su mano en mi hombro—. Lo tenemos controlado, Ruiz.
No es que no le crea, pero lo que dijo Isa me ha dejado consternada. Está actuando muy raro desde ayer.
—Reincorpórese al trabajo —dice último y empieza a alejarse.
Subo las gradas hacia mi consultorio en el segundo piso; una enfermera se encuentra ordenando algunos documentos. Me saluda al verme llegar. Dejo mi bolso a un lado del escritorio. Hay unos seis pacientes esperando. Empiezo a atenderlos, los examino, los receto y lleno sus historias clínicas.
Mi segundo paciente fue una señora anciana. Tenía problemas de diabetes y, por su edad, es complicado darle medicamento. Me cuenta que vive sola en Chimbote y que su hijo se encuentra en Europa y está muy preocupada por la situación del país. No ha recibido una llamada de él desde hace una semana.
Trato de animarla contándole que a veces se me olvida llamar a mi mamá y ese puede ser una razón de no haberla llamado, pero en el fondo yo también me siento un poco inquieta.
Algunos están alarmados y otros continúan con su vida normal.
Mi tercer paciente es una señora de 45 años con síntomas de la gripe o, en todo caso, del virus. No está usando mascarilla, por lo cual le ofrezco una al instante. La examino con mucho cuidado; tiene dolor corporal, fiebre, tos y dolor de cabeza. Según lo que me cuenta, es que no saborea sus alimentos y siente que su cuerpo se pone pesado y no puede a veces levantarse de su cama.
La envió a laboratorio para hacerse una prueba rápida, pero después de un rato regresa con la noticia de que el hospital aún no cuenta con las pruebas. Llamo al director solicitando las pruebas de manera urgente, lo cual me no recibo respuesta directa y los otros encargados me dicen que solo lo trate como un simple resfrío.
Los siguientes pacientes vienen por problemas estomacales, anemia e infecciones. Después de ellos, se van acumulando más en la fila.
Al día siguiente ingresa una adolescente. Su síntoma es solo tos seca. No tienen dolor ni molestias para respirar. Anoto en su historia clínica. Luego ingresa su pariente para consulta; es un señor mayor de aproximadamente sesenta años, sus síntomas son tos, fiebre y dolor muscular. Según los pacientes, viven en la misma casa.
Aprieto el bolígrafo cuando una idea llega a mi cabeza. Podría ser que a los más jóvenes el virus no les afecte tanto.
—Señorita, Vilma —llamo a la enfermera que se encuentra en la puerta.
—¿Qué pasa, doctora?
—Quiero una lista de los pacientes que he atendido esta semana con síntomas respiratorios —termino de anotar una receta—. Quiero saber si hay pacientes jóvenes con los mismos síntomas.
—Okey, doctora. ¿No le parece que los resfriados son por la temporada que estamos viviendo?
Niego.
—Es muy raro. Pídele al doctor Jorge las pruebas de Covid que ayer solicité.
—Está bien —dice antes de irse.
Es muy raro que no se hayan encontrado más pacientes en este hospital. Según lo que he visto en los pacientes, los síntomas son claros de este virus. Termino de escribir los documentos como de costumbre y luego me desinfecto las manos con alcohol, pero para más seguridad me lavo las manos con jabón líquido.
De regreso a mi consultorio, me encuentro con la doctora María.
—Amiga —intenta abrazarme, pero la detengo—. ¿No me digas que tú también crees que ese virus existe?
—Por supuesto que existe —respondo.
—Jorge dice lo contrario —exclama—. Lo siento por tu boda.
—No te preocupes. Ponte una mascarilla —le llamo la atención.