(Lo que callamos en marzo)
“En una época de engaño universal decir la verdad es un acto revolucionario” – George Owell.
17 de marzo del 2020
Me he levantado con un terrible dolor de cabeza. Ayer llegué muy tarde del hospital. La vida nos puede golpear y hacer caer muchas veces, pero depende de nosotros levantarnos otras veces más.
La música se reproduce en mi celular. La canción Titanium suena en la habitación. Me muevo inquieta buscando el collar que mi novio me regaló hace unos meses, pero no logro encontrarlo. Termino de recoger mi cabello en un moño, me pongo loción en el cuello y en las muñecas, pero en las últimas será en vano porque terminaré lavándome las manos o desinfectándome con alcohol.
El olor a margaritas es tan delicioso que me hace sentir como si estuviera en un cuento mágico o en una historia de fantasía. Cierro mi maleta, que está a punto de reventar por tanta ropa que puse. Sé que será difícil para mamá aceptar que me vaya de casa, pero no voy a arriesgarla a que se contamine por mi culpa. No voy a abandonarla.
Cojo mi celular y marco el número de la vecina. Después de dos timbradas, contesta.
—Hola, vecina. Buen día, ¿me puede pasar con su hija? —digo con el teléfono pegado a la oreja.
—Claro que sí, vecina —dice.
Por un momento no se oye nada.
—Buenos días, doctora, Emma —saluda la joven.
—Hola, te quería preguntar si podrías cuidar a mi mamá y ayudarle con las compras —empiezo—. Como sabes, trabajo en el hospital y no podré regresar a casa porque estaré en emergencia con pacientes de Covid.
—Está bien. Yo no salgo. Tengo mis clases de enfermería virtual y también cuidaré a mi mami.
—Genial. Te haré el depósito en un rato.
—Okey —dice, antes de cortar la llamada.
Escucho a mi madre desde el fondo de la habitación.
—No puedes dejarlo todo, Isabela, por el amor de Dios.
Ha oído la conversación.
—Es mi labor, madre —exploto—. Elegí la carrera para salvar vidas, no para esconderme en casa en los momentos que más me necesitan —continuó al borde de las lágrimas—. Yo quiero esto, mamá.
—No a cambio de tu vida —responde, aún afligida por la discusión—. Por favor, hija.
—Mamá, basta, ya está decidido.
Mi boda puede esperar. Esta es una prueba para ver si nuestro amor es lo suficientemente fuerte para vencer las barreras del destino.
—No voy a regresar a casa —le aviso—. No te quiero arriesgar, así que me quedaré en la casa que Gael alquila.
—Hija —me abraza—. Voy a rezar por ti todos los días.
—Gracias, Ma.
—Te quiero mucho, cariño.
—Yo igual.
—Toma esto —le doy el dinero—. Si necesitas más. Tengo en mi cajita de noche; tú sabes dónde está.
—Está bien.
—No salgas a la calle, por favor. No te acerques a nadie sin mascarilla. Te voy a llamar todos los días.
—¿Tú estarás bien?
—Sí. Ya le dije a la hija de la vecina Carmen que te esté monitoreando —le recuerdo que la chica está estudiando enfermería—. Ella está llevando sus clases de forma virtual.
—Está bien. Cuídate mucho, hija —se pone a llorar.
Mi prioridad siempre será ella.
Al separarnos, nuestros ojos quedan fijos los unos en los otros. Alza su mano derecha y la pone sobre mi frente, dándome la bendición. La volveré a ver en quince días.
Tomo mi maleta y salgo de la casa con la misión de salvar a las personas. No soy una heroína, pero pondré todas mis habilidades en curar a la gente. Al llegar a la esquina de mi casa, tomo el taxi y le pido al conductor que me lleve al hospital de la avenida donde trabaja mi amiga.
A medida que nos vamos acercando, veo un letrero grande cubriendo el hospital. Es un cartel publicitario. Bajo con mi maleta después de pagar. Camino solo un poco para llegar al hospital. Una vez dentro, veo dos personas hablando. Una de ellas es Emma vistiendo una bata blanca. La otra persona parece ser una compañera de trabajo, pues también viste de ese color y lleva una mascarilla puesta.
—Isa —digo, llamando su atención—. Al fin te encuentro.
La otra chica se percata de mi presencia. Se despide de Isa y desaparece escaleras arriba.
—Hola —saluda mi amiga—. Disculpa que no haya podido llamarte.
—No te preocupes. Sé que nuestra última conversación no fue la mejor.
—Hoy mi padre tiene una reunión con los proveedores de oxígeno —comenta—. Probablemente los precios estarán elevados. Intentaré persuadir a mi padre para que no cobre demasiado a los pacientes, pero creo que será en vano.
—No es justo que se cobre tanto a los pacientes —expreso.
—Estoy de acuerdo contigo, pero mi padre solo ve sus intereses económicos. Si por mí fuera, no estaría trabajando en estos momentos.
—No sabía que tu padre era esa clase de persona —digo—. Pensé que eras mi ejemplo a seguir.
Ella niega.
—Hay muchas cosas que no sabes de mi padre, Em.
—Pero parece una buena persona.
—A veces los monstruos se disfrazan de ángeles —vocifera.
Sus palabras me dejan pensando un breve momento.
—¿Y esas maletas? —inquiere—. ¿Te mudas?
—Sí —respondo—. Me mudo con Gael.
—¿Por qué? —quiere saber.
—Me asignaron los pacientes con covid —bajo la mirada—. Aún no tenemos muchos pacientes, pero algo me dice que pronto habrá más; por eso decidí mudarme. No quiero contagiar a mi mamá.
Alzo la vista para ver su reacción.
—No, Em. Tienes que renunciar. Puedes trabajar aquí.
—No voy a hacer eso, Isa.
—¿Y tu mamá qué dijo? —interroga—. ¿Con quién la dejaste?
—Por supuesto, que se negó. La va a cuidar mi vecina.
—Bueno, entiendo a tu madre, pero son tus decisiones, Em.
Isa comienza a llorar. Es raro porque ella no es mucho de mostrar sus emociones. Intenta acercarse, pero se detiene. Lo único que hace es sacar su mano hacia el frente y cerrarla en puño. Yo hago lo mismo y chocamos los puños.