Amor en Emergencias

Capítulo 8

(Atesorando lo poco que tenemos)

El amor es la alegría de que el otro exista” - Baruch Spinoza

20 de marzo del 2020

Mi novio se encuentra sentado en una silla ante su laptop, teniendo una reunión virtual con su paciente. Lo observo sin que él me note por un rato.

La forma en que puede conectar y empatizar con sus pacientes es increíble. Cuando estoy con él, me la paso horas hablando. Es una persona a la que le gusta escuchar y dar buenos consejos. Amo esa forma solidaria de él.

Gael es increíble.

Al terminar su charla, cierra su laptop y se quita los lentes.

—No te había notado —dice.

—Estaba viendo lo afortunada que soy al tenerte —expreso, sincera.

Se sonroja un poco y eso me parece de lo más tierno. Camina hacia mí, pero pongo una mano delante, separándonos.

—Eres maravilloso.

—Tú eres mi heroína, bonita —me abraza.

—Eres un exagerado —rio.

—Te amo.

Me da un beso corto.

—Nada de besos en pandemia —le recuerdo.

—Okey —alza sus manos en defensa.

Lo veo arreglar su ropa en su armario.

—¿Cómo te fue con tus pacientes? —interrogo.

—Bien. Todos están estresados —dice, mientras dobla su ropa—. Tengo una paciente con problemas mentales; la está pasando muy mal. Temo que le dé una recaída.

—¿Tiene familia?

—Sí. Dos hijos.

—Oh. ¿Qué harás?

La atmósfera entre los dos es única. Hay complicidad y comprensión entre los dos.

—Ven —palmea el sillón para que me siente a su lado. Hago lo que me pide y me toma la mano en el proceso—. Por más que trato de darle algún consejo, creo que no es suficiente para mis pacientes.

Acaricia la palma de mi mano y yo sonrío porque me da cosquillas. Sus ojos color miel me atraviesan completa, dejándome sin aliento. Su sonrisa torcida provoca un centenar de grillos revoloteando en mi estómago.

—Una palabra de apoyo en estos tiempos lo es todo —aseguro.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto, cariño —confieso, acariciando su mano.

Nos mantenemos conversando sobre cosas del trabajo. Gael me muestra lugares para poder pasar la luna de miel después del confinamiento. Todos ellos son hermosos y únicos. En cada uno de ellos hay paisajes y zonas turísticas que me gustaría conocer, pero hay una que más llama mi atención y es Chiclayo. Nunca he ido a ese lugar, pero me da curiosidad su museo arqueológico.

Después de seleccionar el lugar donde iremos a pasear, decidimos cocinar. Hacemos una competencia de quién hace las bolitas de cachanga más rápido, pero Gael en el proceso termina esparciendo toda la harina en el suelo. Intento ayudarle a limpiar, pero él me mancha la cara con la harina. Nos ponemos a jugar y terminamos repletos de harina como en un carnaval.

—¡Basta! —chillo.

Ríe a carcajadas mientras intento limpiarme la ropa.

—Yo que tú me vería en un espejo. Pareces Gastrin.

—¿Quién?

Él frunce el ceño.

—Ese fantasma blanco que sale en televisión.

—Ah, Gasparín —me corrige.

—Eso.

Vuelve a soltar otra carcajada. Cojo una esponja del ayudín y se la tiro, pero no le genera ningún dolor. Así que solo me conformo con rodar los ojos.

—Necesito una ducha —digo, tomando mi celular que, por suerte, está intacto de la guerra de harina.

—Ok. Ve tú primero, mientras limpio la cocina.

Asiento con la cabeza y me dirijo al baño. Estoy segura de que tardaré demasiado en lavar la ropa. Es mejor ponerla a remojar. Apenas meta mi cabeza en la ducha, mi pelo pareciera una mazamorra blanca.

Abro el grifo y el agua empieza a caer por mi cabello y, efectivamente, todo es un desastre. Lo lavo durante un largo rato y aun así continúan los restos de harinas. ¿En qué estábamos pensando en ponernos a jugar con harina?

Intento lavarme con champú, pero no logro ningún resultado. También agrego el acondicionador y no logro ningún efecto. Supongo que tardará días para volver a su normalidad. Me mantengo lavando mi cara, pero de un momento a otro se seca el agua.

¿Ahora, qué?

—¡Gael! —grito tratando de que me oiga.

—¿Qué? —escucho apenas su voz.

—Puedes fijarte si hay agua en el contenedor.

Escucho nuevamente su risa y de vuelta también yo sonrío.

—¿Te quedaste sin agua?

—Sí.

—Ok, espera que ahora lo soluciono.

Mientras espero, me lavo los dientes con la poca agua que hay en una tina cerca de la ducha. Poco a poco voy sintiendo frío. El aire de la noche se va escabullendo por las rejas de la puerta y la ventana del baño.

Si no muero con covid, creo que moriré congelada, pienso.

—Bonita, no hay agua —escucho decir a Gael detrás del baño.

¿Qué?

—¿Estás seguro?

—Sí —dice—. Utiliza el agua de la tina.

Resignada, intento hacer lo que se puede con el agua. Agradezco que el resto de mi cuerpo no tenga harina. Termino de secarme y me pongo el pijama. Una vez lista, salgo y encuentro a Gael en la cocina.

—Lo siento —dice.

—¿Por? —interrogo.

—Si no hubiese comenzado a jugar con harina, no te hubieras quedado sin agua.

Rio un poco.

—Tontito, sí terminé de bañarme —confieso.

Gael se encuentra vestido con otra ropa, pero su cabello continúa un poco blanco. Me acerco para desordenar su cabello en un nulo intento de limpiarlo.

—¿Qué estás cocinando? —pregunto.

—Arroz con leche —responde y me da un beso en la mejilla—. Con cachangas.

Los dos comenzamos a reírnos. Esta manera de complicidad entre dos personas que se cruzaron un día y después unirán la misma para la eternidad es lo mejor que Dios puso en la tierra.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 31.07.2026

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