(Caos)
"Cuando todo parezca ir contra ti, recuerda que el avión despega contra el viento, no con él." — Henry Ford.
4 de abril de 2020
El hospital se torna demasiado siniestro; es como un campo de batalla. Las voces y sirenas hacen ecos en las paredes del nosocomio; los pasillos están abarrotados. Apenas puedo cruzar por la puerta de emergencia.
Hay camas improvisadas por los pasillos; en cada una se encuentra un enfermo. El sonido de respiraciones y la tos seca llega a mis oídos. Vilma sostiene un papel con la lista de personas que llegaron esta mañana. Los que están tachados son los que acaban de fallecer.
—Estamos en crisis sanitaria —digo lo evidente que ven mis ojos—. Todo está saturado.
—Sí, doctora. Necesitamos oxígeno y más camas de UCI.
Vilma se coloca otra mascarilla sobre la que tiene puesta. En un momento ingresará a la zona de pacientes con covid. Debe estar prevenida y protegida. Su familia se encuentra en la sierra y eso le hace sentir tranquila, ya que por ahí los contagios no son muchos. Se encuentra sola en la ciudad, por lo que ha dedicado todo su tiempo a su labor como enfermera.
Atiendo a uno y otro paciente. La tos constante de los demás pacientes que aún pueden respirar por cuenta propia se escucha en el pasillo. Reviso primero a los que necesitan más atención.
Los síntomas se repiten en cada uno de ellos: tos, fiebre, dolor muscular. Aplico las pocas vacunas que aún quedan, pero no abastecerá a todos.
—Iré a sacar al paciente.
Asiento.
—Acaba de llegar una ambulancia —dice un enfermero—. Necesitamos trasladar al paciente.
Dentro de la habitación intentan reanimar al paciente; parece que ha entrado en shock.
—Doctora, Isabella, por favor, venga a ayudarnos —dice Vilma.
Cojo el overol azul que está en una bolsa y me lo pongo. Rápidamente ingreso a la habitación; allí está el paciente, entubado con cables por todos lados de la cama. Una máquina suena a su costado.
Los pacientes están sedados. Es como si solo su cuerpo permaneciera aquí; espero que pueda despertar. Una cúpula rodea su cuerpo.
La sonda está conectada para que pueda hacer sus necesidades. La piel de su cuerpo se está cubriendo de heridas debido a que el paciente permanece en una sola posición.
El doctor Jorge se hace cargo de las reanimaciones. El cuerpo del paciente se encuentra algo sombrío, opaco. Ha obtenido otro color. A un lado, otro personal de limpieza trapea el piso de la otra habitación con lejía y detergente.
Una vez que han logrado estabilizarlo, empezamos a llevarlo hacia la salida donde está la ambulancia. Hay una camilla envuelta en plástico transparente; esta ha sido hecha principalmente para trasladar pacientes covid. El doctor Jorge abre el cierre de la camilla especial; luego, con la ayuda de otros enfermeros, depositan cuidadosamente al paciente y luego lo suben en la ambulancia.
—Doctor, por favor, ¿me puede cambiar de equipo? —dice un enfermero.
El doctor niega.
—Entonces renuncio —anuncia—. Ni loco subo con un paciente covid a esa ambulancia.
—¡Ramiro! —grita el doctor Jorge, pero el joven no responde.
Lo veo alejarse fuera del hospital.
Siento un nudo en el estómago. Sé que es de valientes ir con un paciente entubado.
Una chica alza su mano para subir con otro paramédico. No hay otra opción, se deben tomar decisiones rápidas y arriesgadas. Los paramédicos van equipados con los aparatos de protección.
Después de terminar el trabajo, todo el equipo va hacia la zona de lavado para desinfectarnos. Nos sacamos las batas protectoras y mascarillas, luego las cambiamos por otras nuevas.
☘☘☘
A mitad de la noche, me mantengo despierta. Me apoyo contra el respaldo de la silla e intento tener la mente tranquila. Pienso en mi madre; seguramente se encuentra sin dormir rezando para que todo esto termine.
Debo mantenerme firme. Respiro hondo y me pongo de pie; es hora de otra revisión por la sala de emergencia.
Todo está lúgubre; las luces encendidas intentan pasar desapercibido este infierno. Nunca pensé que mi más amada pasión se vería de esta manera.
Las alarmas suenan y el personal vuelve al trabajo.
—Haremos una intervención —dice el doctor Wilson—. Todos rápido.
—Wilson, dame las características del paciente —digo.
—Paciente de setenta años, ingresada hace casi un mes.
La intervención consta de hacer un corte en el cuello. Para obtener la tráquea, en este nuevo orificio se colocará un dispositivo para que pueda respirar por ahí sin ayuda del ventilador.
Cuando está a punto de hacer el corte con el bisturí, su mano tiembla. El sudor comienza a decorar su frente.
—Ruiz, hazlo —susurra—. Tú puedes hacerlo.
—Está bien —acepto.
Comienzo a limpiar con un algodón la zona que voy a cortar. Cojo el bisturí y corto dos centímetros aproximadamente. Cuando estoy en la tráquea, encuentro el dispositivo y lo conecto por el orificio. Se tiene que ser muy cuidadoso para no cortar otras venas y afectar al paciente.
Wilson se encarga de lo demás, mientras yo miro cómo va su ritmo cardiaco.
Abro la puerta algo agotada. No miro atrás, solo me alejo de la zona en la que estuve hace un momento. En el pasillo me encuentro con Vilma, quien me guía a otra zona donde me necesitan.
—El paciente no puede respirar —dice agitada—. ¿Qué hacemos?
—Coloca al paciente boca abajo —recomiendo.
Ambas tenemos la respiración agitada. No debemos decaer ahora. Le acompaño y ella me guía hacia donde un señor se encuentra postrado; hace unos días estaba otro paciente en esta cama; posiblemente haya fallecido, por eso otro ocupó su lugar en tan poco tiempo.
—Voltéenlo despacio —expreso—. Cuidado con el cable.
Las enfermeras hacen exactamente lo que digo.