Amor en Emergencias

Capítulo 10

(Corazón de plástico)

“La ambición es el último refugio del fracaso” – Oscar Wilde

10 de abril de 2020

Una lágrima se me escapa en el instante que las enfermeras del turno noche me cuentan que el doctor Jorge se puso mal y tuvieron que traerlo de emergencia.

—¿Cómo está? —pregunto.

Silencio.

Nadie habla.

—¿Él está bien?

Vilma se coge el pecho y empieza a sollozar.

—Están decidiendo si entubarlo o no.

Desde que empecé a trabajar en este hospital, él mantuvo una relación profesional con el personal. Pocas personas lo conocían realmente. Aunque mi relación con él no era muy buena, soy incapaz de desearle algo malo.

—Voy a verlo —me adelanto en decir—. ¿Quién lo está atendiendo?

—No es necesario —escucho una voz detrás de mí—. Ya lo entubamos.

Me volteo y veo al doctor Javier. Él viste una bata blanca y lleva puesta mascarilla y guantes del mismo color.

—¿Por favor, pueden retirarse? —murmura el doctor Javier.

Todas las enfermeras están aturdidas.

—El doctor Jorge estaba bien. Ayer lo vi y hablamos. ¿Cómo puede estar pasando esto? —dice una enfermera, la cual no conozco—. Necesitamos saber si los que tuvimos contacto con él no estamos contagiados.

—La colega tiene razón —dice Vilma.

Más enfermeras dicen lo mismo.

El doctor Javier asiente.

—Haré un llamado al personal para hacerse la prueba —asegura—. Mantengan la calma, por favor.

Relamo mis labios y doy un suspiro agotada. Gracias a Dios no he tenido contacto con el doctor Jorge.

—Doctora Ruiz —me llama el doctor Javier—. ¿Me acompaña un momento a mi consultorio?

—Claro —acepto.

Hace varios meses que no veía a Javier por el hospital. Lo que supe fue que estaba trabajando en el hospital del centro junto a Isabella.

No tardamos mucho en llegar a su consultorio, que anteriormente era del doctor Jorge.

—Tranquila, muy temprano lo mandé a desinfectar —se refiere al consultorio—. Como sabes, estuve trabajando en el hospital del padre de tu amiga.

—¿Y eso qué tiene que ver con lo que me iba a decir?

—Te propongo un trato, Emma.

—¿Qué trato? —interrogo.

—Quiero que convenzas a los pacientes que vienen aquí para que se atiendan en el hospital de la avenida. Puedes decirles que aquí no tenemos los equipamientos necesarios para salvarlos.

—¿Qué?

—Es un gran negocio, Emma. Créeme que te llevarás una buena propina.

—No necesito su asqueroso dinero. ¿Cómo cree que voy a hacer semejante estupidez? —murmuró—. Nunca jugaría con la salud de mis pacientes.

Él ríe.

—No seas estúpida. Los hospitales privados como el de Isa están ganando una fortuna al vender oxígeno.

No aguanto más y le doy una cachetada. Mi palma impacta en su mejilla haciendo eco. Él se acaricia la zona afectada, pero no se acobarda; al contrario, continúa riendo.

—Eres un… —No encuentro la palabra adecuada—. Tienes el corazón de plástico.

Mi insulto no lo afecta en nada; veo sus ojos sin un brillo de pureza. Una vez escuché que los ojos son el espejo del alma. En sus ojos puedo ver la maldad.

—¡Doctora, Emma! —grita Vilma—. La necesitamos en zona UCI.

Le doy a Javier una última mirada, antes de salir corriendo con Vilma. Rápidamente nos desplazamos hacia la zona con pacientes con covid. Alrededor del paciente se encuentra un grupo de enfermeros, pero al verme se hacen a un costado para que pueda ingresar.

Oh, no.

Hay una anciana en la cama UCI entrando en shock. La maquinita que reproduce el sonido de su corazón se encuentra con rayas grandes.

Llega otra doctora. Juntas intentamos hacer algo para salvarla, pero desafortunadamente, la vamos perdiendo. Veo cómo la vida del paciente desaparece en un instante, su rostro frágil y un lunar en el cuello.

☘☘☘

Lanzo frustrada mi mascarilla en el tacho de basura y la cambio por una nueva. Este día ha sido pésimo. Hemos tenido más bajas que de costumbre.

No hay mascarillas, no hay oxígeno.

Me volteo para verme en el espejo de mi escritorio. Mi rostro está pálido, mi mirada ha perdido el brillo que lo caracterizaba.

¿Hasta cuándo podremos soportar?

No hay noche que pueda descansar.

Y no hay día que pueda avanzar.

Cojo mi bolso, lista para irme a casa. En la salida me encuentro con la verdadera cara de esta pandemia.

—Por favor, señor —dice una mujer al portero—. Necesito saber si mi madre está bien. Se llama Juana, tiene ochenta años. Hace una semana que no me han dicho nada.

La mujer se derrumba pidiendo consuelo para encontrar a su familiar.

—Señora, no tengo información de su familiar. Regrese mañana.

—¡Tengan piedad, señor! —grita la señora—. Estoy viniendo una semana completa.

—Señora, retírese o llamaré a seguridad —le dicen.

Continúo caminando, pero chocamos.

—Disculpe —inquiero.

—Doctora, por favor. Ayúdeme.

—Cálmese —murmuro—. Dígame cómo es su madre.

—Es anciana, es de piel blanca rubia y tiene un lunar en el cuello.

Aquí es donde siento que mi carrera es la más dura. Una cosa es ver al paciente morir y otra es tener que decir a un ser querido que su madre se ha ido.

Inhalo una, dos y tres.

—Su mamita ha fallecido esta mañana, señora —suelto—. Vaya a hacer los trámites de la defunción.

Ella trata de asimilar mis palabras. A un instante la veo desvanecerse.

—¡Ayuda! —gritó—. ¡Ayuda!

Los de seguridad vienen a ayudarme. Cargan a la señora y regresamos al hospital; la postran en una camilla. Le coloco un algodón con alcohol que poco a poco le ayuda a reaccionar. Primero parece desorientada, pero de a poco recuerda.

Espero hasta que se encuentre más tranquila, para por fin regresar a casa.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 31.07.2026

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