(Microsegundos)
“Al final del día seguiremos siendo humanos”
15 de abril del 2020
Apenas mi cuerpo cae al sofá, se rinde totalmente. Mi mente está devastada. Saco el celular de mi bolsillo y abro la aplicación de Spotify; la primera canción que se reproduce es "Yo te extrañaré" de Tercer Cielo. En mi mente se van reproduciendo las imágenes de las personas que vi morir esta mañana y el dolor de los familiares.
Las lágrimas se me escapan involuntariamente. Para ser médico se debe tener una fuerza de hierro, pero al final del día seguimos siendo humanos, sentimos las emociones como cualquier otro.
Sentimos la pérdida.
Escucho la puerta de la cocina abrirse y veo a Gael salir. Me observa como si buscara la manera de descifrarme. Él me conoce demasiado y, como psicólogo, puede saber que algo no está bien conmigo.
—¿Cómo estás, bonita? —pregunta y se sienta a mi lado en el sofá.
—Fatal —pronuncio—. Hoy día, vi morir a varios pacientes y no pude hacer nada.
Él me acaricia la espalda.
—Lo siento.
Me limpio las lágrimas con mi antebrazo. Creo que esta es una de las pocas veces que me he derrumbado. Todos estamos en un punto de quiebre en esta pandemia. No dudo que las enfermedades mentales sean las más comunes al final de todo esto.
—Es horrible —digo, sincera.
—¿Cómo está tu colega?
—¿El doctor, Jorge?
—Sí.
—Lo tuvieron que entubar —comento.
—¿Y su familia?
—Tiene un hijo en el extranjero. No puede viajar a verlo.
—Esto es muy jodido —dice, mientras me abraza.
Descanso mi cabeza sobre su pecho. Inhalando el aroma de su colonia. Tan varonil y atrapante. Si me dieran a elegir, mi paraíso sería quedarme en los brazos de Gael por toda una eternidad.
—Somos muy afortunados de tener a nuestra familia junto a nosotros. Muchos no lo son en estos momentos.
Me separo a regañadientes mientras mi novio me guía hacia la cocina. El aroma a pollo frito cubre el lugar. Gael tiene muchos talentos; además de ser un excelente psicólogo, es muy bueno en la cocina. De vez en cuando le hago bromas de que hubiese sido un chef.
Me lavo las manos en el pequeño caño de la cocina.
—¿Y tus papás? —le pregunto.
—En casa, renegando por no poder salir.
—Es mejor para ellos, sé que ahora es difícil aceptarlo, pero la cuarentena está reduciendo muertes; aunque no se crea —termina secarme las manos con una pequeña toalla.
—En parte, pero también gente pobre necesita comer. Te imaginas a la gente de la calle, cómo estará ahora.
Lo sé.
—Ellos fueron las primeras víctimas en llegar a los hospitales. Señores de la tercera edad abandonados. Otros con problemas mentales abandonados a su suerte.
Al ponerme a pensar en esa gente, se me escapan unas cuantas lágrimas. ¿Por qué podemos ser tan crueles? Nadie merece ser abandonado, ni dejado a su suerte. Cuántas personas estarán pasando por esto en este momento: madres con hijos hambrientos, niños sin hogar.
Es la peor guerra de la historia.
—¿Tienes algún sueño? —pregunta de repente.
Un nudo se instala en mi garganta.
—Sí.
Sus ojos brillan.
—¿Cuál es?
—Casarme contigo.
Su sonrisa se agranda y niega.
—Debes tener otro sueño además de ese —dice—. Dime, ¿qué más sueñas, bonita?
No lo pienso mucho, porque hay algo que he soñado también desde hace mucho. Recuerdo cuando le conté a Isa sobre mi sueño; soltó una carcajada y me dijo que mi sueño era un poco arriesgado.
—Sueño con tener un albergue para ayudar a los ancianos abandonados.
Sonríe.
—Eres increíble —se acaricia la mejilla—. ¿Ya te había dicho que eres mi heroína?
—Más de un millón de veces al infinito —confieso.
Se aparta de mí y saca un plato de la alacena. Mis ojos siguen todos sus movimientos. Me sirve la comida como todo un experto y apenas veo lo que preparo, quedo maravillada.
—¿Te gusta? —cuestiona—. ¿Qué turno te toca mañana?
—Todo el día —respondo haciendo una mueca.
Estoy exhausta con el trabajo, pero no puedo rendirme ahora que la gente me necesita. Muchos médicos han renunciado y otros se han contagiado de covid.
—Ya casi no nos vemos —se cruza los brazos.
No lo voy a negar. Últimamente he descuidado a mi novio y a mi madre.
—Te prometo que tomaré un descanso el fin de semana —comento, no lo veo muy seguro por lo que digo finalmente—. Lo prometo.
Él asiente. Continúo comiendo la deliciosa comida. Veo la porcelana del plato decorada en rosas de diferentes tamaños. Unas de color rojo y otras de color amarillo. Sin duda, nuestra gastronomía peruana es la mejor.
Gael enciende el televisor y vemos las noticias. Algunos hospitales han colapsado y otros pronto correrán la misma suerte. Los médicos piden ayuda al Estado, pero el gobierno parece no estar preparado para esta crisis sanitaria.
—¿Quieres un té? —pregunta Gael.
Amo el té. En especial el de cedrón.
—Sí —digo entusiasmada—. Quiero uno de cedrón.
Hace una mueca antes de responder.
—Solo hay de manzanilla.
—Está bien —mascullo—. Quiero uno de manzanilla.
Cuando he terminado de comer, recojo los platos y los llevo al fregadero. Unto un poco de crema en la esponja y broto la vajilla atrás y adelante. Luego, enjuago y seco con un mantel.
Veo a Gael con mi té en la mano. Estiro mi brazo para tomar la taza y darle giros al contenido con la pequeña cuchara. Doy sorbitos tratando de no quemarme.
—Está bueno —le hago saber.
—Lo preparé con mucho amor para ti —confiesa—. Tu mamá me llamó esta mañana.
Toso y casi volteo mi té en el proceso.
—¿Qué te dijo? —pregunto—. ¿Ella está bien?
Espero su respuesta, pero tarda en llegar. Eso me hace entrar en pánico.