(Emociones)
“El amor de una madre es paciente y perdona cuando todos los demás abandonan, no falla, no flaquea incluso cuando el corazón está roto” – Helen Rice.
15 de abril del 2020
Gael me observa con un largo momento. Achina los ojos y luego contesta mi pregunta.
—Sí —dice.
Dejo la taza en la mesa y centro mi mirada en mi novio, quien toma asiento cerca de mí. Estos días han sido muy complicados y olvidé totalmente llamar a mi mamá. Debe estar muy preocupada.
—Solo quería saber cómo estabas —comenta—. Le dije que estabas bien, pero tenías trabajo, por eso no la pudiste llamar.
Estuve ocupada, eso es cierto. Pero no es pretexto para no acordarme de ella.
Soy la mejor hija del mundo. Nótese mi sarcasmo.
—Voy a llamarla —digo cogiendo mi celular de mi bolso.
—Está bien. Hazlo —concuerda.
Admito que no fue una buena idea dejarla sola, pero ¿qué más podía hacer? Ella es un adulto mayor; puede fácilmente contagiarse. Gracias a Dios que Gael y yo aún no presentamos ningún síntoma.
Recuerdo cuando tenía diez años, mi madre sufrió un infarto. Yo era muy pequeña y no pude ayudarla. De no ser por las vecinas, quizá ya no la tendría conmigo. Desde ese momento decidí estudiar medicina para ayudarla.
Ella trabajaba día y noche para darme de comer. A veces vendíamos marcianos, anticuchos y papa rellena en la calle. Siempre estuvimos juntas en buenos y malos momentos. Es la primera vez que nos separamos.
Tenía como meta sacar siempre buenas calificaciones. Siempre fui la primera en mi clase. Y cuando estuve en la Universidad del Santa, también tuve el promedio más alto.
Todo lo hice por ella.
Marco el número de mi mamá y comienza a timbrar. Rápidamente me contesta.
—Emma —dice al otro lado de la línea—. ¿Hija?
Doy un suspiro de alivio al escuchar su voz.
—Hola, mamita. ¿Cómo estás?
Los sollozos no tardan en escucharse por parte de ella.
—Bien, hija. Estaba preocupada porque no llamabas.
—Lo siento —mi voz se rompe en momentos—. Tenía mucho trabajo. Ya sé que eso no es excusa, pero toda esta situación ha sido difícil.
—Te entiendo, hija. No te preocupes. ¿Cómo estás?
—Bien —digo—. Todos estamos bien.
—¿Dime que no estás atendiendo a los pacientes con covid?
—No —miento—. Me encargo de otras cosas. No te preocupes.
Cierro los ojos. Es la primera vez que le miento a mi mamá.
—Gael me dijo que está trabajando en casa —comenta.
—Sí —afirmo—. Él trabaja de forma remota.
—Me dijo que mañana irá a visitar a su amigo Sebastián.
Miro a Gael, que se encuentra sentado en la silla a unos metros de mí. Aún no me ha comentado eso. Supongo que lo hará después.
—Sí, mamá —respondo poniendo un mechón de cabello detrás de mi oreja.
—¿Sabes cómo está Isabella?
Presiono el celular más contra mi oreja. Hace muchos días que no sé nada de ella.
—No, pero debe estar bien. La llamaré después.
—Okey. Bueno, hija, hablamos otro día. Mi novela está a punto de empezar.
Suelto una carcajada por su comentario. Ella nunca cambiará. Su novela en primer plano, por supuesto.
—Está bien —digo—. Cuídate mucho.
—Okey —dice.
La llamada se termina. Volteo para ir hacia dónde está mi novio.
Ahora que lo detallo más, él se ve hermoso. Viste una charra de color marrón que hace resaltar sus ojos. Su rostro marcado le hace verse muy varonil.
Sonríe cuando nota que lo estoy observando. Este chico es demasiado guapo para su propio bien.
—¿Irás a visitar a Sebastián? —pregunto.
Él asiente.
—Últimamente le duele la cabeza. Debe ser el estrés, por eso voy a verlo en modo psicólogo —bromea.
Mi prometido, tan bueno como siempre.
—Okey —murmuro —. Iré a hacer un informe antes de dormir.