(Días oscuros)
“Las enfermedades no nos llegan de la nada. Se desarrollan a partir de pequeños pecados diarios contra la naturaleza. Cuando se hayan acumulado suficientes pecados, las enfermedades aparecerán de repente” – Hipócrates.
17 de abril del 2020
Nadie dice nada durante el desayuno. No he visto a Javier por ningún lado; aunque para nosotros ver la muerte es muy cotidiano, esta vez nos choca, porque se fue uno de nosotros.
—Viste que a Javier le temblaba la mano —escucho a una enfermera susurrar a otra.
La chica del costado asiente.
—Creo que corto demasiado profundo —responde.
Doy un sorbo a mi café, incómoda.
No digo nada al respecto. Vilma toma su café también en silencio. Usa sus auriculares, así que no está escuchando la conversación. Ella debe tener una mejor respuesta.
—Vilma —le hablo.
Ella enfoca sus ojos en mí y luego se quita los audífonos.
—¿Qué pasó, doctora?
—Respecto a la intervención —digo—. ¿Todo bien?
—Sí —responde.
Da un sorbo a su café y continúa escuchando música.
Terminamos de desayunar. Todos los médicos nos reunimos en la dirección del doctor Méndez. Me pregunto: ¿cuánto equipo de protección estaremos usando hasta el momento? Eso de ponerse los protectores y luego sacárselos es muy complicado. Es una ardua tarea que llevamos todos los días, pero de ese modo podemos protegernos y proteger a los demás.
Tenemos que subir unos grandes escalones hasta llegar a la sala de reuniones del director del hospital. Me encuentro con varios colegas que también usan sus armaduras, como yo llamo a los protectores faciales.
Estamos en una batalla y esta es real. Y no sabemos si tendrá caducidad.
Una vez adentro del complejo, me coloco a tres metros de distancia. Los demás hacen lo mismo.
—Buenos días —saluda cordialmente el doctor Méndez.
—Buenos días —respondemos todos al unísono.
El doctor también lleva un casco de protección.
—Queridos colegas, lamento informarles que el día de hoy falleció el doctor Jorge —pronuncia nuestro jefe—. Además, tenemos diez trabajadores de la salud internados en el hospital privado del centro.
Todos empiezan a murmurar.
—Les pido que mantengan la calma y sigan los protocolos para reducir los contagios. Eso era todo; continúen con sus labores.
De a poco comenzamos a retirarnos. Veo las cisternas de agua llegar al hospital. Hombres totalmente forrados de blanco limpian el lugar con lejía y detergente.
Es como si en el aire se respirara la muerte.
Me pongo nuevamente la bata y voy a UCI. Más pacientes van llegando. Presentan problemas para respirar. Los derivamos primero a sacarse una placa para poder observar cómo se encuentran sus pulmones.
Estos son los llamados pulmones azules. O también llamado fibrosis.
Hoy día habrá mucho trabajo de certificados de defunción.
La respuesta inflamatoria desproporcionada del SARS-CoV-2 como resultado la dificultad para respirar y la inmunotrombosis.
—Este paciente ya no respira —digo mirando el monitor.
La enfermera asignada a mi cargo. Realiza las anotaciones.
Primero se desconectan los aparatos que se encuentran adheridos al paciente; después despego el esparadrapo colocado a la boca donde se encuentra el tubo mecánico; luego, con mucho cuidado, se retira el tubo. En este caso, el paciente no tiene signos vitales, por lo que no se le puede decir que respire profundamente para retirar el tubo.
Todos estos instrumentos los coloco en una bolsa de plástico para ser desechados. No podemos ponerlos a otro paciente porque ya se encuentran contaminados. Pido al personal de limpieza que ingrese a la habitación para desinfectar todo. Cambio las sábanas, la almohada y los equipos de venoclisis.
Esperamos diez minutos para que todo seque en la habitación y luego coloco a otro paciente que necesite una entubación. Ingresan a mi nuevo paciente en una camilla, lo depositan en la cama UCI y después me encargo de conectar la bolsa de suero con el catéter venoso que sirve para hidratar al paciente o también la administración de medicamentos.
Antes de intubar al paciente, se debe preparar el tubo, la succión y el personal. Es importante que la preoxigenación esté al 100%. Luego la evaluación de la vía aérea y, por último, la sedación.
El paciente tiene 40 años de edad, presenta problemas al respirar. Pesa 75 kilogramos fue derivado desde la posta clínica la Unión.
Aparentemente se infectó en el trabajo.
Al salir de la zona Covid veo que los demás enfermeros han implementado más camas en el pasillo. Hay tanques de oxígeno. Este equipo médico que puede ser tanto portátil como fijo, y está hecho típicamente de acero o aluminio. Este dispositivo guarda oxígeno comprimido, con un nivel de pureza superior al 93% para fines médicos, destinado a pacientes que padecen dificultades para respirar o baja oxigenación. Contiene un cilindro, un regulador de presión, un manómetro y una cánula o mascarilla, y es fundamental para recibir tratamientos ya sea en el hogar o en centros hospitalarios.
Una anciana se encuentra en una silla de ruedas por falta de camas. Han improvisado unas camas mientras esperan ser atendidos. Parece un campo de guerra. Y nuestro enemigo, alguien invisible, pero que hiere lo más fuerte posible.
En cada puerta del hospital se encuentra seguridad, desinfectando a los pacientes con alcohol.
Me dirijo nuevamente a UCI a revisar a los pacientes intubados. El ambiente es sombrío, mortal y angustiante. Reina el silencio. La incertidumbre lleva la corona.
Voraz. Implacable.
No se necesita un villano en esta historia. La vida misma es el villano.