“Incompleto”
Continúo leyendo el historial clínico, donde dice que la paciente tiene problemas para soplar y comer sus alimentos. Y algo más importante: ya se ha realizado la endoscopía, pero del mismo modo no hay ningún indicio de lesión en el tórax.
—¿Qué opinas? —pregunta Mariños expectante.
—¿Ya hiciste una ecografía de las partes blandas del cuello?
—Aún no —alude.
—¿Cuántos años tiene tu paciente?
—Diecinueve —declara.
Frunzo el ceño un momento. Es demasiado joven.
—¿Tiene hijos? —cuestiono, porque a veces después del parto suele presentarse algún problema debido al medicamento administrado.
Él niega.
—Solicita que se haga la ecografía. Puede que tenga quiste.
—Eso es lo mismo que estaba pensando —explica y voltea los ojos—. El doctor que la atendió anteriormente alega que es un problema psicológico.
Niego.
—Es una tontería. No podemos asegurar nada hasta que se hayan realizado hasta los últimos estudios.
Si la paciente sostiene que le duele, es porque le duele; de lo contrario, no se sometería a diferentes estudios para encontrar una solución. Mariños es un doctor muy perspicaz. Él siempre busca las alternativas para sus pacientes. No se deben dejar engañar por su juventud, porque es un gran doctor que siempre busca las opiniones de expertos para llegar a una conclusión. A sus treinta y cinco años tiene dos hermosas hijas que acuden a la academia del Santa.
Mariños asiente con la cabeza.
—Agradezco tu opinión.
—De nada. Cuéntame cuando tengas los resultados —finalizo.
Dos pacientes caminan por el medio del pasillo.
Se oyen los quejidos en el camino, lo que aumenta la atmósfera tenebrosa. Habiendo salido del pasillo, el doctor Mariños se sorprende al ver a toda la gente acomodada en el suelo. La gente está conectada a los balones de oxígeno y al suero intravenoso. Por sus ropas, uno puede asumir que llevan días sin aseo.
Una vez más me encuentro en el baño lavando mis manos, tratando de limpiar con el agua aquello que no se ve, ni se siente. Trazo círculos formando hondas ondas en la palma de mi mano. Considero que una de las consecuencias de esta pandemia podría ser los trastornos obsesivos como el lavado de manos; las personas que se encuentren mentalmente vulnerables pueden ser las primeras víctimas.
Aun con los pensamientos en otra parte, intento aterrizar en un lugar más cercano. A veces luchamos contra nuestra propia mente. Una sensación se extiende en mi pecho y me hace sentir melancólica.
Cuando termino de enjuagarme las manos, me las seco con el papel toalla que hay a un costado. Saco mi móvil del bolsillo de mi bata y reviso algún mensaje. Pienso en Isa, quien no me ha llamado desde hace días. ¿Se encontrará bien?
Mis manos pican contra la pantalla del teléfono. En un santiamén me encuentro escribiéndole un texto.
Hola, ¿cómo estás?
La respuesta no tarda en llegar.
Bien. ¿Tú cómo estás?
Sonrió al saber que ella se encuentra bien.
Igual bien. Tecleo rápidamente.
Por un momento me quedo viendo mi reflejo en el espejo del baño. Mi móvil vuelve a sonar.
Hace un rato llamé a saludar a tu mami. Ella siempre me alegra las mañanas.
Ella es un amor.
Estoy de acuerdo. Te escribo más tarde, acaban de llegar algunos pacientes.
Está bien. Guardo el celular nuevamente en mi bolsillo.
Salgo de los servicios higiénicos y me dirijo a atender a los pacientes que llegan de a poco. Veo a una anciana acompañada de su familiar ingresar a un nosocomio Me coloco otra mascarilla más el protector facial. Cambio una vez más el protector corporal y me acerco a atenderlos.
A una distancia prudente la observo. Sus manos tienen llagas; las heridas parecen muy dolorosas, porque incluso sangran.
—Mi madre tuvo una caída. ¿Me la puede atender, por favor?
Muevo la cabeza asintiendo.
No soy la encargada de atender este tipo de heridas. Así que busco a las enfermeras, pero no las encuentro por ningún lado.
—Lleve a su mamita por la entrada dos —recomiendo—. Aquí estamos atendiendo solo a las personas con covid. Es muy peligroso exponer a un adulto mayor.
—Los de la puerta dos nos dicen lo mismo —dice la señora muy enojada.
Una enfermera llega corriendo para atender a la señora.
—Lo siento —se disculpa la enfermera—. Por favor. Hubo un error de coordinación.
—No puede haber ese tipo de errores —le digo.
La enfermera levanta la mirada para decir algo, pero quedan atoradas cuando me ve a los ojos. Sin decir nada, se da la vuelta y se va acompañada de la anciana y su hija.
Solo puedo verlas desaparecer en la distancia por la puerta dos.
Considero que debemos implementar una carpa para realizar ahí los descartes de Covid. De esa forma evitamos que se aglomeren las personas sanas y las contagiadas.
Tenemos que hacerlo.
Vamos a reducir el contagio; eso depende de nosotros.
Siento que alguien pronuncia mi nombre a mi costado. Me volteo; mi grande es mi sorpresa al encontrar a mi vecina conectada al suero.
—Emma —trata de hablar, pero se dificulta—. Me puede poner algo para el dolor.
Me pongo de cuclillas para revisar su pulso y la fiebre.
—Dígame dónde le duele —pregunto.
—Aquí —pronuncia débilmente—. Mi pecho.
Tiene un poco de fiebre.
—¿Puede respirar?
—Sí —dice.
Por lo que veo, podría ser que ha tosido demasiado y sus pulmones se encuentran muy débiles.
—Voy a llevarte a hacer una placa —le aviso.
La pobre señora asiente. Se pone de pie lentamente y va dando pequeños pasos. No tardamos mucho en llegar, ya que el laboratorio se encuentra cerca. Veo el letrero que lleva con letras plateadas el nombre de “Rayos X” y a un costado está dibujada una calavera como alerta de riesgo por las ondas térmicas.