Gael
—¿Cómo te sientes? —pregunto a la paciente que se encuentra al otro lado del Zoom—. Has realizado las técnicas de respiración.
La joven se muestra dubitativa. Tanto en esta como en las anteriores sesiones baja la mirada antes de responder. La siento algo nerviosa.
—Sí, pero siento que sirven de nada.
—¿Por qué piensas eso? —vuelvo a cuestionarle.
Evita mirarme a los ojos. Ahí está nuevamente esa sensación que parece que retrocede a nuestra primera reunión. Sé que es difícil para ella llevar la terapia con un hombre, después de todo lo que ha pasado.
—Porque cuando tengo una crisis, me olvido totalmente de respirar lento.
—Ahí está el problema —digo—. No lo has intentado.
El acoso escolar tiende a provocar gran daño en la víctima. Valeria tiene apenas quince años y ha soportado el bullying desde los siete años. Ella piensa que la pandemia ha sido favorable para alejarse de ese círculo dañino que es su centro educativo.
—Cada vez cierro los ojos y me duermo, sueño con ellos. Siento los golpes y los insultos —especifica—. Los veo claramente. No puedo respirar lento en mi sueño.
No pasó desapercibida la manera irónica al pronunciar lo último.
—Puedes encontrar algo que te haga feliz, que sea más fuerte que el daño que te han causado. La vida solo ocurre una vez. No la malgastes con esos tipos amargados con su propia existencia.
—Usted habla como un viejo.
Rio por lo que acaba de decir, porque no soy tan viejo.
—Puedes hacer de esta cuarentena una oportunidad —digo. Ella me observa con cara aburrida—. Una oportunidad de encontrarte a ti misma. Tal vez hay algo que no sabes aún de ti.
Ella rueda los ojos.
Sonrió al ver que poco a poco se está soltando y muestra, aunque sea una emoción. Durante estas cinco sesiones he podido comprobar que siente miedo por mostrarse como es, pero cuando le das confianza, muestra sus colores.
—Lo único que me he dado cuenta es que odio tener a mi hermano todo el día en casa —dramatiza y hace un puchero—. Su música me tiene sorda. Apenas he podido conectarme a la sesión.
Ahí está. Una oración más larga que la otra.
Vamos bien.
—¿Qué más es lo que odias?
—Odio… odio sentirme miserable —se rompe—. Odio sentirme horrible mientras ellos se encuentran felices de la vida.
Sé que se refiere a sus agresores.
—Tú eres la única que decide cómo sentirse —expreso—. No vivas del pasado cuando tienes un hermoso presente. Ellos no están ahora aquí.
Las lágrimas caen por sus mejillas. Sus ojos se vuelven rojos. Intenta limpiarse con las mangas de su chompa. La vulnerabilidad se muestra en su manera de actuar. Algunas acciones de los demás pueden romper y hacer estragos hasta en el alma más pura.
—¿Y cómo va la relación con tu hermano? —cuestiono.
Deja atrás un sollozo antes de contestar:
—Nada bien —confiesa—. No puedo evitar sentirme insegura y nerviosa cuando hablamos; lo mismo pasa con los demás hombres que conozco.
El rechazo por el sexo opuesto es como un mantra que usa para protegerse. El sentimiento de ser herida nuevamente por personas masculinas es el que más se refleja.
Recuerdo que, en la primera sesión de terapia, solo dijo dos palabras. Buenos días y gracias. Toda la terapia se mantuvo callada y temerosa. Sus padres me pidieron mucha paciencia, y cómo no tener paciencia, cuando es mi trabajo oír y escuchar a mis pacientes.
Siempre busco que ellos se encuentren cómodos. Y no los fuerzo a hablar de lo que no quieren. Como médico de la salud mental, sé que ellos deben soltarse naturalmente.
—Iremos poco a poco —le recomiendo, mientras hago las anotaciones—. ¿Recuerdas cuando iniciamos la terapia?
—Sí.
—No hablaste casi nada. A veces se necesita empezar de cero. Necesito que practiques tus técnicas de respiración. ¿Ok?
—Ok.
Ahí están nuevamente esos monosílabos.
—Para la siguiente terapia quiero que busques una canción que te identifique. Que hable de todo lo que has hecho hasta ahora.
—¿Cualquier canción? —pregunta.
Asiento con un leve movimiento de cabeza.
—La que tú quieras —reviso la hora en mi laptop antes de decir—. Que tengas un buen día, nos vemos mañana.
Termino el zoom y cierro la laptop.
Relleno el cuaderno con los avances de mi paciente. Falta media hora para mi siguiente reunión. Me recuesto en el espaldar de la silla para relajarme un momento. Redirecciono el mouse de mi laptop y lo dirijo a la aplicación de Spotify. Me ubico en la columna izquierda para elegir los álbumes guardados, como el de Tokio Hotel - Monsoon. Automatic y Love Who Loves You Back.
Bostezo mientras miro mi entorno dentro de la casa.
Sigo sentado frente a la pantalla, programo la próxima reunión y le envío el enlace a mi paciente. Mi celular suena en la mesa. Acabo de recibir un mensaje de Sebastián.
—Hola, Gael, ¿cómo estás? —pregunta—. ¿Vendrás hoy a mi casa?
Masajeo mis sienes y entrecierro los ojos.
—Sí, en una hora te parece.
—Está bien —Sebastián suena cansado.
—¿Cómo sigues?
—Un poco mejor. No debí tomar gaseosa helada —responde; yo suelto una carcajada—. Tomaré un té de jengibre.
—Deberías llamar a Isabella, ella puede recetarte algo —lo molesto.
Él se ríe.
—Joder. No he sabido nada de esa chica desde que empezó la cuarentena.
—Debe estar muy ocupada en su trabajo. Emma no tiene tiempo ni para dormir —musito y me siento triste por los médicos—. Al menos déjale un mensaje al WhatsApp.
—Lo he hecho, pero no me responde. De verdad no entiendo a las mujeres. Cuando las hablas, no responden y cuando no les hablas, ¿por qué no lo haces?
—Dale su tiempo —Intento defenderla—. Pronto te responderá.