Amor en Emergencias

Capítulo 17

(Nombrar lo que duele)

Gael

Pasa media hora y por fin puedo iniciar la reunión en Zoom. Veo cómo el participante me pide unirse a la reunión. Mi paciente es una madre soltera. Hablé con ella hace una semana, tiene problemas de deudas y se ha hundido en la depresión.

—Buenos días, señora Rocío, ¿puede encender su cámara? —pido.

La señora se tarda unos instantes; le indico que se ubique a su izquierda, donde se encuentran el icono de la cámara y el audio.

—No lo escucho, doctor —dice—. Tengo interferencia.

—Encienda su cámara, por favor —vuelvo a repetir—. ¿Me escucho?

—Sí.

La conectividad en el Perú deja mucho que desear. Yo mismo a veces quiero destrozar el celular o la laptop cuando tengo interferencia. Cosas de Latinoamérica. Después de un momento logro ver su rostro en la pantalla.

—Este internet me estresa —la veo rodar los ojos—. A veces quiero tirar el aparato.

—Calma —sonrió—. No hay por qué enojarnos con un objeto.

—Ay, si doctor.

—Dígame, ¿cómo se ha sentido estos días? ¿Qué tal su semana?

Ella suspira.

A través de la pantalla analizo sus expresiones. Intenta dibujar una sonrisa en su rostro, que apenas llega a sus labios. Cuando habla, veo que tensa los músculos. Sus párpados están ligeramente cerrados, tiene unas ojeras grandes que la hacen parecer cansada y enferma.

Según me había comentado, tiene dolores de cabeza, problemas gastrointestinales y tensión muscular. Hasta ahora ha venido en pie, pero temo que se derrumbe si no obtiene el apoyo necesario. Necesita dejar ese aspecto descuidado.

—Sobrellevando lo que más puedo con los gastos —susurra—. No sé hasta cuándo me dure el dinero que tengo ahorrado. Si la pandemia continúa, no sé qué haré.

—Siempre debe mantener su actitud positiva.

—Si no fuese porque está brindando campañas de terapia gratuitas, no podría pagarle.

Al menos me alegra poder ayudar a algunas personas. Mi campaña busca apoyar a las personas que necesiten un apoyo psicológico. Quisiera ayudar más, pero también tengo un trabajo que me ocupa mucho tiempo.

—No se preocupe. El día de hoy vamos a trabajar con el enfoque integral que se centra en usted y vamos a combinarlo con el soporte emocional para la búsqueda de soluciones. ¿Está bien? —explico. Ella asiente mientras continuo —: Siempre habrá soluciones. Si usted se deprime, lo único que va a ocasionar es que se enferme. Y dígame, ¿qué va a pasar con sus hijos?

Hay un pleno silencio por un momento. Espero a que voluntariamente me dé una respuesta.

—Mis hijos van a sufrir. Solo me tienen a mí.

—Exacto —muevo mi cabeza en acuerdo—. Usted no está sola.

—Tiene razón —concuerda.

—¿Qué tal si organiza su tiempo ahora que está en casa y se pone a ver videos en internet sobre algún emprendimiento desde casa? ¿Qué le gusta preparar?

—Puedo preparar comida —dice.

—Excelente.

Mis dedos acarician las teclas de la laptop, siento el frío bajo ellas. Es una sensación extraña. Están heladas. Es algo contradictorio porque el ambiente se siente cálido. Luego continúo escribiendo las mejoras del paciente, como sus ganas por superar su depresión y la forma resiliente en que se está comportando. Me levanto un momento de mi silla y voy a encender el aire acondicionado.

Oh, se siente tan bien refrescarse.

Miro por la ventana el cielo; es algo raro, se encuentra nublado, pero hace un calor espantoso. A veces me sorprende el clima. El aire acaricia mi nuca y me siento en calma.

—Puedo preparar chocolates —habla la señora—. Y lo puedo vender a mis vecinos.

—Qué buena idea —digo, entusiasmado. Los ojos marrones de la señora se muestran felices.

—¿Usted cree que funcione? —pregunta.

—Por supuesto —respondo—. Puedes comunicar a tus vecinos por internet, sin salir de casa.

Sonríe.

—¿Y si no me compran? —sigue preguntando.

—Si no lo intentas, ¿cómo lo sabrás?

Me lanza una mirada incrédula.

—Es que no quiero ilusionarme —explica—. Y luego fracasar.

—Para todo negocio hay que tomar riesgo. Pero nada cuesta en intentarlo y, si fallas, debes continuar.

Sus gestos se suavizan. Una sonrisa se plasma en su rostro cansado, pero esta vez sí parece real.

—Gracias. —Me sonríe.

—Voy a enseñarte un video sobre la residencia.

—Claro.

Echo un vistazo a mi laptop, pongo el video en maximizar y doy clic en reproducir. El video inicia mostrando un jarrón de cerámica; tiene flores estampadas por toda la vuelta, pero hay grietas decoradas con algo brillante como el oro. Se explica que en la cultura japonesa hay un arte llamado kintsugi que se originó en el siglo XV, cuando un japonés envió su taza rota a ser reparada hasta China. Cuando regresó, el señor se molestó al ver que no fue el resultado que quería.

Esto originó que los artífices intentaran buscar una solución que fuera agradable ante la vista humana. Es así como se creó esta tradición de reparación de las piezas rotas con un barniz único hecho de polvo de oro. Como resultado se dan piezas hermosas, con las grietas adornadas en dorado, volviéndose únicas.

El mensaje del kintsugi va más allá de lo material. Podemos decir que este arte se asemeja a la vida humana. Como seres humanos podemos sufrir daños emocionales, que nos han dejado una huella. En lugar de tratar de esconderlas, podemos mostrarlas y aceptar que esas cicatrices forman parte de nuestra historia. De ese modo, darnos cuenta de que tenemos mucho valor por lo que hemos superado.

Todos tenemos una historia digna de ser contada.

Después de haber atravesado tanto. Estamos de pie, y tenemos mucho más valor. Nos hemos transformado en algo valioso.

—Dígame, ¿qué le ha parecido el video? —la miro con curiosidad.

—Increíble —responde.

Su respuesta me agrada. Creo que ha comprendido el mensaje.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 22.08.2026

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