Amor en Emergencias

Capítulo 18

(Sombras)

Gael

—Desde ese día mantengo a mis hijos con el sudor de mi frente —dice—. Los hombres solo buscan divertirse con las mujeres y, una vez que lo hacen, las desechan. Sin ofender.

Niego con la cabeza, restándole importancia.

—No se preocupe. Lo que dice es muy cierto.

La señora asiente ante mi respuesta.

—¿Entonces, dejará que las cosas que ha vivido la afecten? —vuelvo al tema—. ¿O será una mujer resiliente?

Sonríe.

—Seré resiliente.

—Muy bien —digo—. Dese un abrazo muy fuerte a usted misma.

—Gracias —susurra.

La señora se retira del Zoom Anoto en mi libreta las cosas positivas de la sesión. Sé que ella ha reflexionado mucho el día de hoy. Cierro la laptop.

Apago el aire acondicionado. Me meto en el baño y me doy una ducha. Gracias a Dios, el día de hoy sí hay agua. Recuerdo mi pequeño juego de harina con Emma y sonrío ¿Qué estará haciendo en este momento? Ya empiezo a extrañarla.

Espero alguna reacción de cuerpo cuando el agua cae sobre mi piel, pero no siento nada. El agua está tibia debido al sol. Vierto el champú en la palma de mi mano y froto mi cabello hasta convertirlo en espuma. Siento un dolor en el ojo porque se me ha metido un poco de champú en el ojo Me enjuago rápidamente y salgo del baño envuelto en una toalla.

Doy un bostezo y estiro manos como si estuviera recién despertando. Busco en mi ropero mi ropa, elijo unos jeans negros y un polo blanco. Me echo un poco de perfume y ya.

Busco mi celular. Agarro mi billetera, me pongo la mascarilla, tomo las llaves de cómoda y salgo de la casa.

Planeo quedarme con Sebastián toda la tarde. Mientras espero a que el taxi llegue, reviso las redes sociales y solo veo noticias del país. Las cifras de fallecidos aumentan, los hospitales están colapsando. Emma ya me había contado que no hay suficientes balones de oxígeno. También las camas UCI son las requeridas. La gente se muere y el gobierno no hace nada.

Nuestro Perú no estaba preparado para esto.

Nadie lo estaba.

Tardó un montón para que el taxi llegue. Por esta avenida es muy complicado conseguir taxi. Mejor decido caminar hacia la otra cuadra. Algunos niños se encuentran jugando a la pelota en la calle. Me parece raro que las patrullas no se encuentren merodeando el lugar. Supongo que tienen una hora específica.

Como suponía, por esta avenida sí pasan los autos. Detengo a uno y me subo en él. El chofer me saluda cordialmente y emprende la marcha.

Cuando estamos en el centro, veo todo vacío. Solo las farmacias se encuentran abiertas. Pago mi pasaje, que es de diez soles, y luego bajo del auto.

Cruzo las calles vacías y entro en la farmacia. Lo primero que veo es que han implementado las zonas para colocarse a tres metros de distancia. Una chica envuelta en una bata blanca me da la bienvenida. Es muy joven. Supongo que están contratando personas menos en riesgo para atender en las boticas.

—¿En qué puedo atenderlo, guapo? —me pregunta. No pasó desapercibido su tono coqueto.

No le restó importancia.

—Me da un blíster de paracetamol y otro de ibuprofeno.

—Claro, lo que tú pidas.

La veo teclear la computadora y lanzarme algunas miradas.

—Son veinte soles, aquí tiene —coloca el medicamento a un lado del mostrador—. También tiene mi número; puede llamarme si se siente mal.

Me guiña un ojo.

—Gracias por las pastillas —digo—. En cuanto a esto —le devuelvo su número—. No creo que lo necesite.

La señorita me lanza una mirada mortal.

Saco el billete de veinte soles de mi billetera, lo coloco en el mostrador y me doy la vuelta para retirarme. No soy el tipo de hombre que acepta ese tipo de insinuación y mucho menos cuando estoy a punto de casarme.

Camino una cuadra más por Gálvez con el celular en la mano. Me detengo frente a un edificio muy elegante. Respiro hondo antes de tocar el timbre. Pasan como cinco minutos hasta que soy recibido por una mujer que ronda los treinta años. Lleva puesto un cubrebocas.

—Busco a Sebastián Cardozo —digo—. Vive en este departamento.

La mujer me observa de pies a cabeza.

—¿Quién lo busca?

—Su amigo. Él me está esperando.

Me lanza otra mirada. ¿Tengo algo en la cara?

—Pase —se hace a un lado—. Tercer piso.

Subo escaleras arriba, seguida de la mujer. Por medio del camino, volteo para ver si la mujer se ha quedado en el segundo piso, pero no. Continúa detrás de mí.

Llego al tercero con la respiración agitada. Me planto en frente de la puerta de mi amigo y doy golpecitos para que me abra.

Escucho a alguien carraspear y me volteo para encontrarme con la misma señora. Da un paso adelante acercándose más y yo retrocedo por instinto.

Ahora ya no son golpecitos. Estoy chancando la puerta de mi amigo.

—Vivo en el cuarto piso —pronuncia la mujer, señalando las escaleras—. ¿Me puede dejar pasar?

Evidentemente, estoy interponiéndome en su camino. Me hago a un lado y la dejo pasar.

—Lo siento —me disculpo.

A veces soy muy distraído.

La mujer sube rápidamente las escaleras. Cuando vuelvo a mirar otra vez detrás de ella, ya no está.

—Hombre, me vas a romper la puerta —dice Sebastián, abriendo la puerta.

Se hace a un lado para que pueda pasar. Él lleva puesto un pijama color azul y no tiene buen aspecto.

—Pensé que no abrirías —respondo—. Tu vecina de piso me estaba mirando raro.

Se frota los ojos y luego estalla a carcajadas. En el proceso se coge el estómago sintiendo el dolor.

—¿Quién no te vería raro si te echaste todo el frasco de perfume? —se tumba en el sofá—. Pensé que estaban fumigando el piso —se burla.

—Ja ja ja —resalto las palabras—. Chistoso.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 22.08.2026

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