Amor en Emergencias

Capítulo 19

(Consecuencias)

—Almuerza y tómate esta pastilla —le digo a Sebastián.

Él pone mala cara.

—Estás medicándome —se queja—. ¿Estás seguro de que debo tomar otra pastilla?

Trato de alcanzarlo, pero él se cubre con la frazada como un niño pequeño.

—Sí —digo, seguro—. Ya tómate la pastilla; no sabes qué disgusto me llevo conseguirla.

Parece que mis palabras lo han interesado, porque al instante se destapa. Me observa curioso desde el sillón.

—¿Qué pasó?

—Una chica me estaba coqueteando.

—Oh... ¿Y qué hiciste?

—La corte al instante. Estoy comprometido con Emma y la amo.

Rueda los ojos.

—Aburrido —dice en medio de la tos.

—¿Qué esperabas?

—Bueno, si la chica estaba que se te insinuaba, la hubieses seguido la corriente —murmura más calmado—. Un desliz lo tiene cualquiera.

Al escucharlo decir eso. Planto el vaso sobre la mesa de forma brusca. El sonido me asusta tanto a él como a mí.

—Era broma —dice, rápidamente—. Respira… lento.

Frunzo el ceño con desagrado.

—¡Ya para tu broma, Sebastián! —exclamo molesto—. Cuando estés verdaderamente enamorado, te darás cuenta de que no puedes mirar a otras mujeres.

Agarro otra vez el vaso con agua y le doy para que tome el medicamento. A regañadientes bebe el líquido de un solo trago. Comienza a toser y le doy el papel higiénico para que se limpie.

—¿Sabes algo de Isa? —pregunta de pronto—. ¿Se ha comunicado con Emma?

Se acerca a mi lado para tomar el control remoto.

—No —mi voz suena seria—. No me ha dicho nada.

Su mirada cambia.

—Estoy preocupado.

Mira a otro lado.

—Ey, bro. —Si tanto te gusta, ¿por qué no la llamas? —espetó—. Somos nosotros los que damos los primeros pasos en la relación.

Los ojos de Sebastián permanecen en la televisión. Sé que él no está acostumbrado a las relaciones formales y por eso puede sentirse nervioso.

—Solo somos amigos —dice—. Solo me preocupo porque somos amigos. Eso es todo.

El primer paso es la negación. Aunque no quiera admitirlo, a Isa le gusta.

—Bueno, ¿entonces por qué no llamas a tu amiga?

—No. —Dice tajante—. Mejor llámale tú, bro.

Me río sin poder evitarlo.

—Está bien.

Tomo su celular y marcó el número de Isabella. A la segunda timbrada responde. Me giro hacia mi amigo, le doy el celular; primero se niega, pero después no le queda otra que responder.

—Ho-la, Isa —tartamudea por los nervios.

Intento no reírme, pero la escena es demasiado graciosa.

—Te llamaba para preguntarte qué pastilla puedo tomar —pronuncia a través de la llamada—. Estoy un poco enfermo con gripe. Eso es todo.

Ruedo los ojos. ¿Es en serio?

—Gracias, pero no es covid, no te alarmes. Ayer tomé una gaseosa helada.

—Pregúntale cómo está ella, cretino —le digo.

—¿Cómo estás tú?

Palmeó su hombro.

—Me alegra mucho —prosigue y yo rió—. Ten cuidado con los pacientes.

Me voy a la cocina para que él pueda conversar mejor. Una vez adentro, veo el desorden; los platos por todos lados están sucios, unos cubiertos están por la mesa y otros por la silla.

Realmente hace falta una limpieza.

Me apoyo en la encimera para lavar los platos. No me molesta en lo absoluto limpiar. Incluso disfruto cocinar. Mi madre me enseñó que no tiene nada de malo hacer los quehaceres del hogar. Eso no me hace menos hombre. No entiendo por qué hay tanto machismo.

Me seco las manos con el mantel limpio que se encuentra colgado. Saco mi celular de mi bolsillo y marco el número de mi mamá. No tarda mucho en responder.

—Hola, cariño —dice muy alegre—. ¿Cómo estás?

Sonrió al escuchar su voz.

—Estoy bien, mamá. ¿Tú cómo estás?

Ella suspira y escucho que conversa con alguien.

—Muy bien —digo—. Te llamaba para saludarles.

Bostezo mientras seco las tazas.

—Tu padre y yo estamos muy bien, hijo. ¿Cómo está, Emma?

—Ella está bien. Está afrontando su trabajo; sabes que es complicado.

Algo se instala en mi garganta. Siento un poco de mi miedo por mi novia, temor a que se contagie. Pienso que el estar con una persona y formar un hogar no significa que dejemos nuestros sueños; nadie debe cambiar sus sueños por otra persona. La otra mitad debe aceptarte tal como eres.

—Deberías decirle a Emma que renuncie —comenta mamá—. Está poniendo en riesgo su vida y la tuya.

—Mamá, no voy a obligarla a hacer lo que no quiere—explico—. Ella decidió ser enfermera y ayudar a la gente y eso es lo que está haciendo. La necesitan.

—Tú también la necesitas —pronuncia mamá de vuelta.

Nunca voy a forzar a Emma a hacer cosas que ella no quiera. Que nos casemos no significa que ya no podrá hacer las cosas que quiere. El matrimonio no es una condena.



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En el texto hay: romance, pandemia mundial, doctora y psicólogo

Editado: 22.08.2026

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