(Fiebre de vida)
Gael
Hay muchas personas en el mundo que, cuando se casan, dejan sus sueños atrás para vivir la vida de esposos. Yo creo que eso está mal, porque teniendo una familia todavía se puede tener metas.
—Lo siento, mamá, pero sabes lo que pienso al respecto.
Mamá emite un gruñido.
—Bueno, tenía que intentarlo —dice.
Enjuago el último plato y voy por las cucharas.
—¿Cómo va papá? —pregunto.
Hace días mi padre estuvo mal del tobillo. Se cayó en las escaleras; solo fue una torcedura. Me alegra que no haya pasado a mayores. No le comenté nada a mi novia para no preocuparla. Es suficiente lo que vive cada día en ese hospital.
—Ya está mejor —comenta—. Cada noche le hago sus flotaciones para las articulaciones.
—Qué bueno. —¿Qué estás cocinando? —inquiero.
Mi amigo ingresa a la cocina para tomar un vaso de agua; luego se retira.
—Ají de gallina —dice—. Tu papá quiere comer eso hace días.
Ya me imagino cómo quedará su almuerzo; mamá es una excelente cocinera. Estoy muy contento de haber aprendido todo de ella.
—Qué rico —expreso, terminando de lavar las cucharas.
—¿Cómo están tus amigos? —me pregunta mamá.
—Bien —respondo—. Estoy en la casa de Sebastián.
Escucho el suspiro de mamá a través del celular.
—Dales mis saludos y dile que se cuide mucho. Ese joven es tan encantador.
Mi mamá no suele ser tan dulce con todos, pero parece que Sebastián le cae de maravilla. Me causa un poco de gracia porque aún no lo conoce del todo. No sé si le parecerá tan encantador al saber que es todo un donjuán con las chicas.
—¿Ustedes qué comerán? —inquiere, cambiando de tema.
Me tocó la cabeza, pensando. Creo que mi amigo pedirá un delivery. No me agrada la idea, pero no estoy de humor para cocinar.
Así que solo me queda esperar.
Sé que esta tormenta pasará.
Un poco más, resiste, me digo a mí mismo.
—Pediremos el almuerzo —declaro.
Sé que a mamá no le gusta que haga eso.
—Hijo… no sabes cómo pueden preparar la comida en la calle —comenta.
—Solo por única vez. No creo que moriré por comer una vez del delivery.
Puedo imaginar cómo entrecierra los ojos.
—La comida chatarra no es saludable, Gael —dice, molesta. Me escucha reír y responde. Prepárate algo en casa, niño malcriado.
Hace mucho tiempo mamá no me llamaba por ese nombre. Suele emplearlo cuando está molesta; sé que debo cambiar de conversación.
—Okey, ma. ¿Cómo está el perro de la vecina?
Sé que eso le hará reír.
—Gael, la vecina no tiene ningún perro —murmura—. Vete a hacer el almuerzo.
Bajo mis hombros en rendición.
—Okey, mamá.
—Cuídate, cariño. Te amo.
—Yo igual —le digo.
Escucho un sonoro beso a través del celular y luego la llamada termina. Doy un suspiro, negando con la cabeza. Mamá siempre ha sido la mejor; a pesar de tantos años, tiene un matrimonio ejemplar. Quiero tener la misma dedicación para hacer florecer el mío.
Hoy en día las relaciones son fugaces, poco estables y nada sinceras. Parece que las relaciones serias están en peligro de extinción. Quedan pocas que realmente demuestren su amor con respeto, confianza y comunicación, donde ambos se apoyen.
Una relación en pareja debe tener comunicación donde ambos respeten sus diferencias. Ambos deben cultivar valores y tener una visión para su crecimiento, ya que de ello dependerá el futuro de un hogar. Los cimientos deben ser sólidos para soportar el peso de la vida, en las buenas y en las malas.
El “sí, acepto” debe decirse con seguridad, porque es para siempre.
Con esos claros pensamientos regreso a la sala, donde se encuentra mi amigo. Se encuentra acostado en el sofá. Ya ha terminado su llamada con Isabella. No intento formular alguna interrogante sobre la llamada, porque ese tema no es de mi incumbencia.
—Tiene los ojos más bonitos que he visto…
—¿Qué?
—Isa.
Sebastián suspira desde el sofá. Mantiene los ojos puestos en el techo.
—Estás enamorado de ella, aunque me lo quieras negar.
Casi olvido que mi amigo nunca ha tenido una relación seria. Él es joven, ingeniero civil, bien parecido. Pero, intolerante a las relaciones. Por otro lado, Isa, una doctora muy dedicada a su trabajo, yo diría que excesiva en su trabajo; aunque, según había escuchado de Emma, a ella nunca le había gustado estudiar esa profesión.
—Claro que no. No exageres, soy un hombre libre.
Eh, ahí. Otra vez la negación.
—Tengo hambre —cambia el tema—. ¿Qué quieres comer?
Niego con la cabeza.
—Ay, amigo. A veces solo se presenta una oportunidad de amar en la vida —le regaño—. Así que aprovéchala.
Rueda los ojos.
—Lo que tú digas, pero primero quiero comer.
Empieza a toser y se cubre la boca con el antebrazo.
—Estás fatal —digo.
—Pues, gracias —responde.
Toma su teléfono de la pequeña mesa frente a nosotros y pide la comida. Resultó que la señora que me abrió esta mañana es quien cocina para la gente del edificio.
La verdad, cocina muy bien; su lomo saltado estuvo muy bueno.
Después de almorzar, nos mantenemos mirando futbol en la televisión. Las horas parecen pasar lentamente; así es como se siente estar en cautiverio. Ahora entiendo a los animales que son capturados.
Debemos sacar provecho de este encierro. Ver de manera positiva la situación. Algunas personas se están dedicando a retomar lo que habían dejado por el trabajo; los estudiantes universitarios han cambiado de modalidad. Ahora están conectados para sus clases virtuales. Los músicos salen a las calles para pedir algunas monedas; todo se ha detenido.
Muchos han dejado sus trabajos y otros han buscado la manera de salir adelante. En este momento es cuando te preguntas: ¿Tener todo el dinero del mundo puede salvarte?